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LAS TRECE COLONIAS

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En 1761 Gran Bretaña adoptó una nueva medida para luchar contra el contrabando por el que sus colonos americanos burlaban sistemáticamente las absurdas leyes con las que la metrópoli trataba de restringir el comercio y la productividad de las colonias. En realidad la medida no era nueva, pero hacía una década que no se ponía en práctica. Eran los llamados mandatos de asistencia, unas órdenes de busca generales con las cuales un funcionario de aduanas tenía derecho a entrar en cualquier lugar en busca de artículos de contrabando, sin especificar el lugar, la naturaleza de los artículos ni evidencia alguna que justificara el registro. Estas leyes serían ilegales en la propia Gran Bretaña, donde estaba sólidamente asentado el principio de que nadie podía entrar por la fuerza en un domicilio privado sin una orden judicial emitida por razones específicas. Esto causó un gran revuelo, especialmente en Massachusetts, donde el contrabando era el pan de cada día. El 24 de febrero, James Otis, hijo de un prestigioso juez de la colonia, propugnó la desobediencia ante los mandatos de asistencia, argumentando que ni el rey ni el Parlamento estaban legitimados a emitir leyes que contravinieran los derechos naturales de los hombres, derechos que constituían una constitución no escrita.

El rey Fernando VI de España se había obstinado en permanecer neutral en la guerra entre Francia y Gran Bretaña, pero el rey Luis XV aprovechó el cambio de monarca español para concertar el Tercer pacto de familia con Carlos III de España y sus hermanos, el rey Fernando I de Dos Sicilias y el duque Felipe de Parma. El pacto fue firmado en París el 15 de agosto. Los motivos de España para apoyar a Francia contra Gran Bretaña eran que muchos barcos comerciales españoles eran apresados con frecuencia por corsarios británicos, así como que los británicos estaban multiplicando sus asentamientos en Centroamérica (ahora estaban penetrando en Honduras). Además, España reivindicaba su derecho a la pesca en Terranova y aspiraba a recuperar Gibraltar.

Cuando a Gran Bretaña llegaron meros rumores de la alianza franco-española, Pitt propuso extender preventivamente la guerra contra España, pero el rey y la mayoría de los ministros se opusieron a ello. Pitt dimitió y Jorge III aprovechó para sustituirlo por el conde de Bute, lo que supuso el retorno de los tories al poder. En la India, sir Eyre Coote se apoderó de Pondichery. Mientras tanto, un general del ejército del rajá de Mysore llamado Haydar Alí, tras obtener una serie de victorias frente a los afganos, logró hacerse con el poder, reuniendo bajo su gobierno la mitad del territorio de Mysore.

Tres años atrás, el impresor John Walter había fundado en Londres un periódico al que llamó Daily Universal Register, y que ahora cambiaba su nombre por The Times, nombre que conserva hasta la actualidad.

Cuando se confirmó la firma del Tercer pacto de familia, Gran Bretaña no tuvo más opción que declarar la guerra a España, y así lo hizo el 2 de enero de 1762. El duque de Newcastle, opuesto también a los planes pacifistas del rey Jorge III, dimitió de su cargo de primer ministro, aunque prosiguió su actividad política desde la oposición.

En San Petersburgo murió la zarina Isabel, que, de acuerdo con sus disposiciones, fue sucedida por su sobrino Carlos Pedro Ulrico, que el 5 de enero fue coronado como el zar Pedro III. Hijo de padre alemán, educado en la cultura alemana, de religión luterana, no tardó en demostrar ostentosamente su desprecio hacia las tradiciones rusas, y una de sus primeras decisiones fue retirar las tropas rusas de Silesia, donde combatían aliadas con austríacos y franceses contra el rey Federico II de Prusia, por el que el nuevo zar sentía una gran admiración.

El rey Carlos III de España nombró fiscal de lo civil en el Consejo de Castilla a Pedro Rodríguez Campomanes y Pérez, lo que le concedía amplios poderes en cuestiones económicas. Había publicado varios trabajos, muchos de ellos sobre temas históricos, que le habían valido el ingreso en la Real Academia de Historia.

Carlos III ordenó a su pintor de cámara, Rafael Antón Mengs, que inspeccionara las colecciones reales de pintura y quemara los cuadros que mostraran desnudos. Sin embargo, Mengs las pudo salvar convenciendo al marqués de Esquilache de tales obras serían muy útiles para el estudio de sus discípulos, y las guardó en su casa hasta que pasó el peligro.

El 5 de mayo, el zar Pedro III de Rusia firmó una alianza con el rey Federico II de Prusia. Este cambio de bando salvó al rey prusiano del descalabro militar. En política interior, el zar trató de ganarse a la nobleza aboliendo la obligación de servir al Estado, y al conjunto de la población reduciendo los impuestos sobre la sal y concediendo la libertad religiosa a los viejos creyentes. Por otra parte, se enemistó con el clero al secularizar sus bienes y redujo los privilegios de los altos dignatarios del senado y de la guardia. También fue muy impopular su decisión de imponer oficiales prusianos en el ejército. Sus enemigos fueron agrupándose alrededor de su esposa Catalina que, aunque era alemana, había adoptado las costumbres rusas desde su llegada al país. El zar advirtió el complot, y planeó encerrarla en un convento, pero ella fingió lealtad para evitar el divorcio. Finalmente, la mañana del 9 de julio, Alexei Orlov, el amante de Catalina, la condujo al cuarto de la Guardia, donde los oficiales la proclamaron zarina y la escoltaron hasta la catedral de Kazán, donde fue coronada como Catalina II de Rusia. Poco antes, los guardias habían asaltado el palacio de Peterhof, donde Pedro III firmó su abdicación sin oponer resistencia. Fue encerrado y unos días más tarde fue asesinado por los oficiales de su guardia.

Ese año murió también Estanislao Poniatowski, el primer ministro polaco, padre y tocayo del embajador polaco en San Petersburgo, uno de los más leales partidarios y antiguo amante de la zarina Catalina II.

En Kuwait murió el jeque Sabah I, que fue sucedido (por elección) por su hijo menor, Abdullah I Al-Sabah.

En agosto la flota británica había arrebatado a España Florida, Cuba y algunas de las antillas menores, como la isla de Granada.

El año anterior se había producido una quiebra financiera que llevó a los tribunales a un tal Antoine de La Valette, que era jesuita. No es que esto fuera relevante en el asunto, pero el parlamento de París lo aprovechó para arremeter contra toda la Compañía de Jesús. La cámara estimó que ciertas reglas de los jesuitas eran incompatibles con las leyes del reino, por lo que pidió examinar con detalle todas las constituciones de la orden. El 6 de agosto emitió un fallo que declaraba a la Compañía "inadmisible por su naturaleza en cualquier estado civilizado" y, en consecuencia, ordenó su expulsión. (No es difícil comprender cómo llegaron los parlamentarios a esa conclusión, teniendo en cuenta que leyeron los escritos de san Ignacio de Loyola.) El rey Luis XV se opuso a ello y trató de mediar en el conflicto.

En octubre la flota británica se apoderó de Manila. El único éxito español fue que, con la excusa de que Portugal era aliado británico, el gobernador de Buenos Aires, Pedro de Cevallos Cortés y Calderón, tomó la ciudad de Sacramento, a pesar de que el año anterior España había reconocido una vez más la soberanía portuguesa sobre ella.

Incapaz de retener sus posesiones en América, Francia firmó el 3 de noviembre el tratado de Fontainebleau, por el que cedía a España todas sus posesiones al oeste del Mississippi. De este modo evitaba que cayeran en manos británicas, pues España podía defenderlas desde sus otras colonias americanas.

Jean Jacques Rousseau publicó sus dos obras más importantes: El contrato social, o Principios del derecho político y Emilio, o De la educación. En el primero se retracta de la condena a la sociedad y de la exaltación de la vida salvaje que había presentado en su Discurso sobre el origen de la desigualdad, pues ahora elogia la vida política y acepta como un bien la socidad. Su tesis es que la organización social es un contrato por el que los individuos renuncian a algunos de sus derechos naturales a cambio de un sistema legal que concilie la libertad y la igualdad entre los hombres. Para garantizar el correcto funcionamiento del sistema político, insta a imitar a los antiguos romanos y convertir la política casi en una religión. En el Emilio, Rousseau describe un modelo de educación de un joven basado en la razón y en la Naturaleza. La consecuencia de estas obras fue que tuvo que huir a Suiza para evitar la cárcel.

Diderot escribió la novela El sobrino de Rameau, cuyo protagonista es Jean-François Rameau, sobrino del músico Jean-Philippe Rameau, que es presentado como un músico bohemio al que Diderot conoce en un café de París, el cual le sirve como pretexto para diversas disquisiciones satíricas, pedagógicas, filosóficas, artísticas y literarias.

El marqués de Mirabeau publicó su Filosofía rural.

David Hume publicó el sexto y último volumen de su Historia de Inglaterra. La obra había sido prohibida por la Iglesia Católica el año anterior.

Olivier Goldsmith consiguió cierta popularidad con The citizen of the world, inspirado en las Cartas Persas de Montesquieu.

En el segundo volumen de las Mélanges de Turin, Lagrange expuso un profundo estudio sobre la propagación del sonido con importantes contribuciones a la teoría de las cuerdas vibrantes, aplicando una técnica completamente distinta a la que Euler había empleado, que le llevó, naturalmente, a la misma solución.

El monje Paisij de Hilendar, publicó (en versión manuscrita) una Historia de los eslavos búlgaros, que fue una de las primeras semillas que hicieron despertar el nacionalismo búlgaro contra los griegos y los otomanos. Paisij exhortaba a los búlgaros a retomar la lucha, y a que recordaran su glorioso pasado, su lengua y su raza.

Carlo Goldoni estrenó La baruffe chiozzotte, que destaca por el verismo con que refleja la sociedad veneciana de la época.

Gluck estrenó en Viena la ópera italiana Orfeo y Eurídice.

Johann Christian Bach se trasladó a Gran Bretaña, donde le había precedido la fama obtenida por la representación de varias de sus óperas. Su hermano Karl Philipp Emanuel publicó La verdadera manera de tocar el piano, que tuvo gran influencia en su época.

El violinista y compositor Leopold Mozart tenía un hijo bautizado como Johannes Chrisostomus Wolfgang Theophilus Mozart, que a sus seis años de edad ya era capaz de componer piezas para clave. Ese año salió por primera vez de Salzburgo, su ciudad natal, para visitar Viena con sus padres y su hermana Maria Anna, de once años, que ya destacaba como pianista precoz.

En enero de 1763, una flota británico-portuguesa que pretendía recuperar la ciudad de Sacramento fue rechazada por los españoles. Sin embargo, los británicos no necesitaban su flota para recuperarla: El 10 de febrero, Gran Bretaña, Francia y España firmaron el tratado de París que puso fin a la guerra que, puesto que oficialmente había empezado en 1756, es recordada como la guerra de los Siete años. Francia cedía a Gran Bretaña todas sus colonias americanas, es decir, Canadá, la parte de Luisiana al este del Mississippi, pues la parte occidental se la había cedido a España el año anterior y las islas de Dominica, San Vicente, Tobago y Granada. También renunciaba a sus posesiones en Senegal (excepto un islote), y en la India (donde sólo conservaba cinco factorías). España cedía a Gran Bretaña la Florida (entendiendo que abarcaba todas sus posesiones norteamericanas al este del Mississippi) y devolvía a Portugal la colonia de Sacramento. Por otra parte, Gran Bretaña devolvía a España Cuba y Filipinas, y a Francia las islas de Guadalupe, Martinica y algunas más. Por otra parte, Francia se reservaba el derecho de pesca en Terranova. España confió el gobierno de Luisiana al marino y científico Antonio de Ulloa.

El 15 de febrero Austria y Prusia firmaron el tratado de Hubertusburg, por el que ambas potencias conservaban los dominios que ya poseían antes de la guerra. En particular, Prusia conservaba Silesia. El rey Federico II de Prusia ofreció a D'Alembert la presidencia de la Academia de Berlín, para disgusto de Euler, que se oponía rotundamente. En una carta a Lagrange escribía:

D'Alembert ha tratado de socavarla [mi solución al problema de las cuerdas vibrantes] mediante varias argucias, y por el único motivo de que no la obtuvo él mismo, [...] Cree que puede engañar con su elocuencia al lector inexperto. [...] Quería publicar en nuestra revista, no una prueba, sino la mera afirmación de que mi solución es incorrecta. [...] Teniendo esto en cuenta, comprenderá qué escándalo supondría que llegara a ser nuestro presidente.

Lagrange estaba de visita en París, donde presentó un trabajo para el concurso anual de la Academia de Ciencias, sobre el movimiento de balanceo de la Luna, que hace que la cara visible no sea siempre exactamente la misma, sino que presenta pequeñas oscilaciones. Tenía pensado visitar Londres, pero una grave enfermedad lo retuvo en París más tiempo de lo previsto.

Francia decidió fortificar la Martinica, y envió una expedición para construir allí un fuerte llamado Fort Bourbon bajo la dirección de un ingeniero llamado Charles Augustin de Coulomb.

Unos años atrás, James Watt había construido una máquina de vapor, pero no funcionó como él había esperado, y se había puesto a estudiar todo lo publicado al respecto. Se enteró de que la universidad de Glasgow disponía de una máquina de Newcomen, pero que estaba en Londres pendiente de reparación. Watt logró que la universidad la trajera de nuevo para que él mismo la reparara.

María Teresa de Austria, frustrado su intento de recuperar Silesia, procedió a recuperar sus estados del desgaste de la guerra y prepararlos para evitar un eventual ataque prusiano en el futuro. Aunque más bien conservadora, se la puede considerar como déspota ilustrada: confeccionó un catastro para racionalizar y simplificar los impuestos, reorganizó el ejército instituyendo el reclutamiento obligatorio, simplificó los organismos de gobierno central y debilitó los gobiernos locales, persiguió a judíos y protestantes y trató de supeditar el clero a su control, debilitando la influencia de Roma.

En esta línea, un obispo alemán llamado Johann Nikolaus von Hontheim, aunque firmaba sus escritos como Justinus Febronius, publicó un tratado en el que propugnaba una amplia autonomía de los obispos respecto de Roma, y defendía la supremacía del concilio sobre el Papa. Su doctrina, conocida como febronianismo, adquirió cierta popularidad entre los católicos alemanes, convirtiéndose en el análogo alemán al galicanismo francés.

En España, el marqués de Esquilache estableció un "pase regio", por el que los documentos pontificios debían obtener una autorización real para ser admitidos.

Evidentemente, Gran Bretaña había sido la gran vencedora de la guerra. Como potencia naval era invencible, y ahora era la dueña de la tercera parte de Norteamérica, donde su única competidora era una España cada vez más débil.


El rey Jorge III trató de atribuirse el mérito de la victoria, pero no consiguió el favor de la opinión pública. Por una parte, William Pitt denunció el tratado de París como una traición, pues argüía que, si el primer ministro Bute no hubiera tenido tanta prisa por firmar la paz, los beneficios habrían sido aún mayores. La intransigencia de Pitt hizo que la mayoría del partido whig le diera la espalda, pero, aún así, logró que el rey se viera obligado a cesar a Bute en abril, que fue sucedido por George Grenville, apoyado por la facción whig hostil a Pitt. Aunque Pitt se abstuvo de atacar directamente al monarca, no sucedió lo mismo con el parlamentario John Wilkes, que el año anterior había fundado una publicación llamada North Briton, desde la que lanzaba ataques mordaces contra el gobierno. Ese año publicó un artículo en el que censuraba al propio rey Jorge III, a raíz de lo cual fue detenido, junto con otras personas, en un proceso de dudosa legalidad, por lo que todos fueron puestos en libertad al poco tiempo.

La población del territorio británico de Norteamérica estaba distribuida de forma muy irregular. La zona de Canadá estaba poco poblada, y gran parte de sus habitantes era de origen francés; la costa oriental la ocupaban trece colonias: Massachusetts, New Hampshire, Rode Island, Connecticut, Nueva York, Nueva Jersey, Pennsylvania, Delaware, Maryland, Virginia, Carolina del Norte, Carolina del Sur y Georgia. Contaban en total con 1.250.000 colonos aproximadamente, a los que había que sumar unos 250.000 esclavos negros. No eran, desde luego, las únicas colonias británicas en Norteamérica: al norte estaba Nueva Escocia y al sur Florida, pero ésta había sido española hasta ese mismo año y Nueva Escocia había sido francesa hasta hacía relativamente poco tiempo. Aunque ya estaba bastante asimilada, su población recordaba todavía las guerras contra Nueva Inglaterra. El caso era que, por unas u otras razones, los demás asentamientos británicos en Norteamérica no mantenían con las trece colonias los mismos vínculos que éstas mantenían entre sí.

El territorio situado al oeste de los montes Apalaches era "el salvaje Oeste", un territorio virgen que los soldados franceses habían dejado vacío al evacuarlo, donde "vacío", como es natural, ha de entenderse como "poblado únicamente por indios". Los indios no estaban nada satisfechos con la forma en que había terminado el enfrentamiento entre franceses y británicos: los franceses eran pocos y se interesaban principalmente por el comercio de pieles, y trataban a los indios más o menos en pie de igualdad; por el contrario, los británicos eran muchos y aspiraban a ocupar con granjas todo el territorio que caía en sus manos; para ellos, los indios no eran más que un estorbo y no ocultaban su conciencia de ser partícipes de la cultura europea, mientras que los indios eran unos espantajos salvajes. Y, por si los indios no fueran lo suficientemente perspicaces para comprender que esto era así, los franceses, antes de retirarse, se ocuparon de hacérselo ver claramente.

Por ello, un jefe indio llamado Pontiac, nacido en el territorio de Ohio y que había luchado junto a los franceses, organizó una confederación de las tribus que habitaban entre los Apalaches y el Mississippi, y en mayo inició una serie de ataques por sorpresa contra varios puestos avanzados británicos. Ocho fuertes de la región de los grandes lagos fueron tomados y arrasados. El 7 de mayo el propio Pontiac dirigió un ataque contra Detroit, pero la ciudad se dispuso a resistir el asedio.

Las doctrinas fisiocráticas opuestas al mercantilismo estaban empezando a influir en el gobierno francés. El 27 de mayo, una declaración real instauró la libre circulación de granos, harinas y hortalizas. La medida fue muy mal acogida. Se acusó al gobierno de que pretendía favorecr a los monopolios y a los especuladores y en varias ciudades se produjeron revueltas. (En esencia, se quejaban de que algunos productos importados de otras ciudades se vendían más baratos que los productos locales.)

El año anterior había muerto el príncipe de Esterházy, pero su sucesor, conocido como Nicolás el Magnífico, mantuvo a Joseph Haydn a su servicio, quien ahora estrenaba su ópera Acis y Galatea. Haydn tenía un hermano menor, llamado Michael, que ese año entró al servicio del príncipe arzobispo de Salzburgo, para quien trabajaba también Leopold Mozart, aunque actualmente la familia Mozart se encontraba de visita en Viena y, en junio, inició un largo viaje por Europa.

Fort Pitt fue atacado por los indios, y una partida de quinientos soldados acudió en su defensa, bajo la dirección del coronel Henry Bouquet. El 2 de agosto, Bouquet se encontró con un ejército indio en Bushy Run, a unos cuarenta kilómetros de Fort Pitt, y se libró un combate que duró dos días. Aunque con muchas bajas, los británicos derrotaron a los indios y el 10 de agosto Fort Pitt fue liberado del asedio.

Ese año murió el rey Federico Augusto II de Polonia. Como príncipe elector de Sajonia, fue sucedido por su hijo Federico Cristián, pero éste murió poco después, y fue sucedido a su vez por su hijo Federico Augusto III, de once años, bajo la tutela de su tío. Sin embargo, la zarina Catalina II de Rusia logró que la nobleza polaca eligiera como rey a su ex-amante Estanislao II Poniatowski.

Catalina II devolvió el ducado de Curlandia a Ernest Johann Biron, desterrado por Isabel la Clemente. La zarina estaba decidida a que Rusia fuera admitida entre las grandes potencias europeas y quiso dar la imagen de un estado moderno e ilustrado. Ese año entabló correspondencia con Voltaire y propuso a D'Alembert que se convirtiera en el tutor de su hijo Pablo, de diez años, pero D'Alembert rechazó la oferta. Tampoco aceptó Diderot su invitación para visitar Rusia, debida en este caso a su empeño en llevar a término la edición de la Enciclopedia. 

El 7 de octubre, una proclama real estableció una línea, a lo largo de los montes Apalaches, al oeste de la cual los colonos británicos en América tenían prohibido establecerse. El territorio sería ocupado exclusivamente por los indios. Esto hizo que muchos de los aliados de Pontiac abanonaran la lucha. En noviembre, Pontiac se vio obligado a abandonar el asedio de Detroit, pese a lo cual continuó la guerra con los hombres que le seguían siendo fieles.

La línea de la proclama no había surgido por un repentino interés británico por el bienestar de los indios, sino más bien porque el territorio que el tratado de París había puesto en principio a disposición de los colonos tenía una superficie mucho mayor que la de Gran Bretaña, y si éstos se expandían sin restricciones, llegaría el día en que las colonias serían más poderosas que la metrópoli, y se volverían ingobernables. Para los colonos, la proclama era intolerable. ¿De qué les había servido expulsar a los franceses si ahora tenían que entregar a los indios el territorio conquistado? Precisamente, la guerra había estallado por el interés de las colonias de expandirse sobre territorios reclamados por los franceses. En la práctica, los colonos hicieron caso omiso de la proclama, como hacían caso omiso de las proibiciones que convertían en contrabando lo que perfectamente podría haber sido un negocio honrado bajo una legislación racional.

La tensión entre Gran Bretaña y sus colonias americanas aumentó aún más cuando llegó a los tribunales de Virginia una antigua disputa: Desde hacía un siglo, era habitual en Virginia pagar a los clérigos con tabaco, pero en 1755 hubo mala cosecha y el precio del tabaco se triplicó, de modo que si los clérigos recibían la cantidad (fija) de tabaco que constituía su salario, estaban recibiendo el triple de dinero. Por ello, la asamblea de Virginia aprobó ese año que se pagara a los clérigos en metálico, según el precio habitual del tabaco, y no el excepcional de ese año. El clero se opuso y en 1759 el caso llegó al gobierno británico, el cual restableció el pago en tabaco. Sin embargo, los virginianos hicieron lo habitual con las decisiones británicas: no hicieron caso alguno y siguieron pagando a los clérigos en metálico. Ahora un clérigo llevaba el caso de nuevo a los tribunales de Virginia. Contra la demanda actuó un abogado llamado Patrick Henry, el cual, en un elocuente discurso pronunciado el 1 de diciembre, no entró en la cuestión de si la decisión de la asamblea Virginia era justa o injusta, sino que se centró en la cuestión de si el gobierno británico podía anular sin más contemplaciones una decisión de la asamblea. Henry defendió que no podía, pues ello suponía una violación del derecho natural, y consiguió que, aunque el tribunal diera la razón al demandante (para no desafiar abiertamente al gobierno británico), le otorgara la irrisoria suma de un penique por daños y perjuicios. Poco después, Henry fue admitido como miembro de la asamblea de Virginia.

David Hume fue nombrado secretario de embajada en París, y al llegar a Francia se encontró con grandes muestras de reconocimiento hacia su trabajo, fue presentado y adulado en la corte, y trabó amistad con las figuras más relevantes de la cultura francesa: Diderot, D'Alembert, Buffon, Helvetius, Rousseau, etc.

En París murió el novelista Marivaux.

Voltaire publicó una de sus obras más significativas: el Tratado sobre la tolerancia, en el que, partiendo de la denuncia de un abuso de la justicia, por el que un anciano llamado Jean Calas había sido condenado a muerte el año anterior, acusado del asesinato de su hijo sin más pruebas que el hecho de ser protestante, condena la intolerancia religiosa y da evidencias de que es posible (e incluso útil y beneficioso, además de justo) que las distintas concepciones de la religión se toleren mutuamente y vivan en paz. Voltaire argumenta que la intolerancia era prácticamente desconocida por los antiguos, y que fue "inventada" por los cristianos (no por Jesucristo, sino por las distintas sectas cristianas que, desde que fueron "legalizadas" por Constantino, trataron de aniquilarse unas a otras) y que han sido los cristianos quienes la han hecho pervivir hasta nuestros días. (Obviamente, Voltaire habla de "sus días", pero hoy podemos decir igualmente "hasta nuestros días", añadiendo, para ser justos, que los musulmanes han superado mil veces a los cristianos en materia de generar fanatismo e intolerancia.) Voltaire cita una máxima romana:

Deorum ofensae, diis curae          (De las ofensas a los dioses se han de ocupar los dioses)

y es una vergüenza para la humanidad que haya tantos creyentes actuales que no la tengan asimilada, creyentes que se creen legitimados a prohibir en nombre de Dios —el dios que sea— el divorcio, el aborto, la eutanasia, el adulterio, la homosexualidad, o simplemente que una mujer pueda vestir como estime oportuno, o que pueda votar o tener licencia para conducir un automóvil.

En 1764, el Papa Clemente XIII condenó el febronianismo.

El rey Luis XV de Francia, exasperado por las presiones de Clemente XIII, renunció a su intento de salvar a la Compañía de Jesús y aprobó la decisión del Parlamento que exigía su expulsión. Para hacerse una idea de los motivos subyacentes, es interesente leer la entrada Jesuitas u orgullo del Diccionario filosófico portátil o la razón en orden alfabético, una versión personal de la Enciclopedia que Voltaire publicó ese mismo año en la que trata diversos temas de carácter histórico, filosófico y social. (Nótese que esta entrada fue incluida o modificada más adelante, pues hace referencia a sucesos que aún no habían tenido lugar, como la expulsión de los jesuitas de España.) Se trata de un punto de vista muy particular, pero da una idea de la imagen que tenían de los jesuitas los intelectuales de la época (y Voltaire era de los moderados).

Francia encontró una modesta forma de resarcirse de sus pérdidas en la guerra de los Siete años anexionándose la isla de Córcega. Aprovechando que había estado apoyando la rebelión corsa contra Génova, ahora obligó a la república genovesa a firmar el tratado de Compiègne, por el que le cedía la isla. Pasquale Paoli y los rebeldes corsos pasaron así de luchar contra Génova a luchar contra Francia.

Un tal Charles Palissot de Montenoy publicó La Dunciade ou La guerre des sots, un poema que ridiculizaba a los enciclopedistas.

D'Alembert visitó al rey Federico II de Prusia, y éste le reiteró su ofrecimiento de la presidencia de la Academia de Berlín. Sin embargo, D'Alembert la rehusó y le sugirió que nombrara a Euler en su lugar.

La guerra de los Siete años había dejado al gobierno británico una importante deuda, y el primer ministro, Grenville, estaba estudiando cómo incrementar la recaudación de impuestos. Dado que la guerra se había orientado principalmente a defender los intereses de las colonias norteamericanas frente a la amenaza francesa, parecía razonable pedir a éstas que contribuyeran a financiar en parte los gastos de la guera. Por ello, el 5 de abril el Parlamento aprobó la Ley del azúcar, que aumentaba los aranceles sobre el azúcar, el vino, el café y los textiles. El 19 de abril se aprobó la Ley de la moneda, que prohibía a las colonias emitir papel moneda (para evitar que éstas pagaran impuestos con una moneda devaluada). Como de costumbre, estas medidas tuvieron poco efecto, pues la mayor parte del comercio con las colonias se efectuaba clandestinamente y no pagaba impuestos. Otra cosa es que las nuevas leyes contribuyeron a aumentar el desprecio de los colonos hacia la legislación británica. Los colonos también estaban molestos porque, apenas hubo terminado la guerra, el Parlamento aprobó la instalación permanente de 10.000 soldados regulares en las colonias. Era un ejército mucho más numeroso de lo necesario, teniendo en cuenta que los franceses habían abandonado el continente. Estaba claro que su finalidad era corregir la tradicional indisciplina de las colonias.

Pero los planes de Grenville iban más allá y ya había anunciado el proyecto de establecer una Ley de timbres, es decir, una ley que exigiera que todo documento público, para tener validez, hubiera de llevar un sello por el que había que pagar una cierta cantidad al Estado, en proporción a la importancia del documento. Hasta los periódicos, los anuncios, los juegos de cartas, los almanaques, etc. tendrían que tener su timbre, so pena de una cuantiosa multa. Ya hacía tiempo que Francia había promulgado una ley de timbres, pero en Gran Bretaña era algo novedoso y, obviamente, impopular.

También fue muy impopular otra acción de Grenville, quien, decidido a perseguir a John Wilkes por sus críticas al rey Jorge III, lo acusó de obscenidad. Wilkes huyó a Francia y fue expulsado de la cámara de los Comunes. Sin embargo, la opinión pública lo convirtió en un símbolo de la lucha contra los abusos de la monarquía.

El escritor Samuel Johnson fundó el Club literario de Londres juntamente con algunos amigos, entre ellos Olivier Goldsmith y el pintor Joshua Reynolds. Goldsmith publicaba ese año The traveller, un largo y denso poema filosófico.

En Londres, Johann Christian Bach fundó una de las primeras asociaciones de conciertos de abono: los Bach-Abel concerts.

El año anterior Gluck había emprendido un nuevo viaje a Italia, donde estrenó su ópera El encuentro imprevisto o Los peregrinos de la Meca.

España, al igual que Gran Bretaña, reforzó su presencia militar en América. Ese año se instalaron dos regimientos regulares de tropas españolas en México, relegando a un segundo plano las milicias de voluntarios locales. El virrey de México era a la sazón el marqués de Cruillas, pero ese año fue enviado como visitador general José de Gálvez, que disponía de plenos poderes y se convirtió en la auténtica autoridad del virreinato. Reformó el aparato administrativo y expulsó a los criollos (los nativos) de los puestos de responsabilidad, sustituyéndolos por funcionarios llegados de España.

Desde principios de siglo, las islas Falkland habían sido frecuentadas por balleneros franceses procedentes de Saint-Malo, por lo que los franceses se referían a ellas como islas Malouines, de donde procede el nombre de islas Malvinas. Permanecieron deshabitadas hasta la llegada del navegante francés Louis Antoine de Bougainville, quien fundó Port Louis en la Malvina Oriental.

Ese año murieron:

La zarina Catalina II dividió Siberia en dos regiones: Siberia occidental, con capital en Tobolsk, y Siberia oriental, con capital en Irkutsk. Ese año estableció en el convento Smolnii de San Petersburgo un establecimiento para la educación de las jóvenes de la nobleza. Doscientas pensionistas estudiaban allí desde los seis hasta los dieciocho años. Catalina II controlaba personalmente los programas y la pedagogía. La enseñanza se impartía en francés y comprendía las materias siguientes: ruso, aritmética, lenguas extranjeras, historia, geografía, instrucción religiosa y economía doméstica.

En septiembre, un ejército ruso entró en Varsovia y aseguró que Estanislao II fuera reconocido como rey. Este apoyo ruso lo volvió impopular entre sus compatriotas.

El nabab bengalí Siray al-Dawla no se había resignado todavía a la dominación inglesa y había pedido ayuda al gran mogol Sha Alam. No obstante, los británicos los derrotaron en Buxar el 22 de octubre. La alarma provocada por la amenaza de Sha Alam había hecho que Robert Clive fuera enviado de nuevo a Bengala en calidad de gobernador. Llegó poco después de la victoria británica y, ya en 1765, obtuvo del gran mogol un tratado por el que concedía a la Compañía británica de las Indias Orientales el derecho a recaudar impuestos, así como la soberanía sobre Bengala y otros territorios. Desde ese momento, el sultanato de Delhi no fue más que un títere británico.

Los británicos fundaron Port Egmont en la Malvina Occidental.

El 22 de marzo, el Parlamento británico aprobó la Ley de Timbres. A finales del año anterior había llegado a Londres Benjamin Franklin. El propósito de su viaje era abogar por que la colonia de Pennsylvania fuera convertida en colonia real, y dejara de ser oficialmente una propiedad privada de la famila Penn. Tuvo ocasión de hablar en el Parlamento contra la Ley de Timbres, pero cuando fue aprobada consideró que debía ser acatada, como cualquier otra ley. No opinaban así sus compatriotas. James Otis resumió su opinión en una frase que se hizo popular: El impuesto sin representación es tiranía. Quería decir que la cuestión no era si la Ley de Timbres era justa o injusta en sí misma, sino que lo injusto era que los americanos tuvieran que pagar un impuesto aprobado sin que nadie los hubiera consultado. La población de las trece colonias era la tercera parte de la población de Gran Bretaña, y su representación en el parlamento era nula.

El 15 de mayo, el Parlamento británico aprobó la Ley de Acuartelamiento, que establecía que los soldados británicos podían ser instalados en casas particulares si se consideraba necesario. La ley había sido sugerida por Thomas Gage, que había acompañado a Braddock en el frustrado ataque a Fort Duquesne y, aunque no se había distinguido particularmente durante la guerra de los Siete años, a su término fue puesto al frente de todas las fuerzas británicas en América. Era evidente que la Ley de Acuartelamiento pretendía ser un instrumento de coacción: nada mejor para acallar una voz discrepante que instalarle en su casa uno o varios soldados que, además de causar las molestias propias de un invitado indeseable, podían denunciar cualquier acción sospechosa que detectaran en su anfitrión.

El 29 de mayo, la Asamblea de Virginia se reunió para discutir sobre la Ley de Timbres y para proponer ciertas resoluciones en defensa del derecho de Virginia a elaborar sus propias leyes. En el transcurso del debate, Patrick Henry se levantó y empezó a decir: "César tuvo su Bruto, Carlos I su Cronwell y Jorge III..." En este punto, los más conservadores, entendiendo que iba a amenazar de muerte al rey, le gritaron: ¡Traición, traición!, pero Henry acabó su frase: "... y Jorge III puede beneficiarse con su ejemplo." Luego añadió: "Si esto es traición, sacad el mayor provecho de ello", y abandonó la sala. Las resoluciones no fueron aprobadas, pero se publicaron en la prensa.

En las grandes ciudades de las trece colonias hubo tumultos. Se colgó en efigie a los funcionarios reales, y se amenazó a quienes parecían dispuestos a acatar la Ley de Timbres. Más de uno recibió una paliza.

El 8 de junio, James Otis empezó a enviar cartas a todas las colonias proponiendo una reunión en Nueva York para establecer medidas conjuntas contra la Ley de Timbres.

Casi un millar de comerciantes de Boston, Nueva York y Filadelfia organizaron un boicot a los productos británicos. Los tribunales anunciaron estar dispuestos a cerrar antes que poner timbres a sus documentos. Se convirtió en una cuestión de patriotismo consumir únicamente productos americanos y rehusar los artículos importados.

Entre los más radicales detractores de la Ley de Timbres estaba Samuel Adams, cuya vida había sido un fracaso hasta que fue uno de los primeros en descubrir que quien no sirve para nada puede aprovechar —al menos— para político radical. (Desde entonces hasta nuestros días, muchos más han hecho el mismo descubrimiento.) Organizó tumultos y fundó en Massachusetts la organización llamada "Hijos de la Libertad", una especie de protonazis que amenazaban a todo aquel que comprase timbres o comerciase con Gran Bretaña, destrozaban negocios, untaban con alquitrán y pegaban plumas a quienes consideraban especialmente subversivos, etc. Incluso llegaron a saquear la casa del gobernador e incendiaron la de Thomas Hutchinson, uno de sus consejeros, porque creyeron (erróneamente) que había aprobado la Ley de Timbres.

Samuel Adams tenía un primo llamado John Adams, un brillante abogado que combatió la Ley de Timbres de forma civilizada, escribiendo eruditos, pero eficaces, artículos contra ella.

Del 7 al 25 de octubre se reunió en Nueva York el Congreso sobre la Ley de Timbres, al que acudieron representantes de nueve colonias, y las otras cinco estuvieron austentes porque no tuvieron tiempo de designar delegados. En el congreso destacó John Dickinson, de Pennsylvania, que redactó una declaración aprobada por el Congreso para ser presentada al rey y al Parlamento, en la que negaban el derecho a establecer ningún impuesto sin el consentimiento de las autoridades coloniales.

En el Parlamento británico se oían también voces que apoyaban a las colonias. Una de ellas fue la de William Pitt, pero había otras, como la de Isaac Barre y Edmund Burke, que defendió el derecho de los colonos a disfrutar de las garantías británicas contra la arbitrariedad del monarca. Finalmente, Grenville tuvo que abandonar el gobierno y fue sustituido por Charles Watson Wentworth, el marqués de Rockingham, líder del partido whig en la cámara de los lores, que nombró a Burke su secretario particular y se mostró dispuesto a abolir la Ley de Timbres.

Todo esto sucedió antes de que la Ley de Timbres entrara en vigor, pues la fecha designada para ello era el 1 de noviembre, y los esfuerzos que se hicieron a partir de esa fecha para ponerla en práctica costaron más que lo que se consiguió recaudar.

En Marruecos se fundó el puerto de Mogador, para concentrar el comercio con Europa. El rey Muhammad ibn Abd Allah había firmado tratados comerciales con las principales potencias europeas, que se hicieron conceder fuertes privilegios (ese mismo año renovaba el tratado con Gran Bretaña).

El año anterior Japón había sufrido una nueva y sangrienta revuelta de campesinos, y ahora estallaba otra más.

La guerra de los Siete años
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