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EL MUNDO AL FINAL DEL SIGLO XVI

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Con el siglo XVI, los historiadores dan por terminado el Renacimiento europeo. La cultura clásica, que había costado dos siglos de recuperar, ya estaba sólidamente asimilada, e incluso en vías de superación. En Europa se estaban formando los mejores intelectuales del mundo, que ya apenas podían compararse con los de ninguna otra cultura coetánea o anterior.

Entre las mentes más brillantes de la época se encontraban el danés Tycho Brahe y el alemán Johannes Kepler. Sus caracteres eran muy distintos, pero se complementaban a la perfección. Kepler se dejaba llevar por las teorías más imaginativas, mientras que Brahe era un minucioso observador que había recopilado valiosísimos datos durante treinta y ocho años. Una vez le dijo a su ayudante: No construyáis una cosmografía fundada en abstractas especulaciones; basadla en los sólidos cimientos de la observación y desde allí ascended gradualmente para averiguar las causas. Entre ambos estaban compilando y analizando los datos de Brahe con la intención de contrastar sus dispares teorías cosmológicas.

Más pintorescas aún que las de Kepler eran las teorías de Giordano Bruno, y lo peor era que, además de pintorescas, eran descaradamente heréticas. Llevaba algunos años instalado en Venecia, pero una discusión con su protector hizo que éste lo entregara a la Santa Inquisición en 1600. que lo llevó a Roma y lo torturó para convencerlo de que su concepción de un universo infinito era herética. Como Bruno no juzgó concluyentes esos argumentos, acabó siendo condenado a morir en la hoguera. Sus últimas palabras, antes de que el fuego acabara con su vida, fueron: Las edades futuras no me negarán que he vencido, porque no he tenido miedo de morir... prefiero una muerte honrosa que una vida de cobarde. Y es que, aun hoy en día, no hay indicios que auguren un final definitivo de la Edad Media.

Galileo Galilei había mantenido algún contacto con Giordano Bruno. Ese año tuvo una hija, Virginia, fruto de su relación con la veneciana Maria Gamba, con la que no llegó a casarse, probablemente por falta de recursos económicos.

William Gilbert, el médico de la reina Isabel I de Inglaterra, publicó un tratado titulado De magnete, en el que describía sus experiencias sobre electrostática y magnetismo. Distinguió entre cuerpos idioeléctricos (aislantes) y aneléctricos (conductores), construyó el primer electroscopio, es decir, un aparato para detectar cargas eléctricas, descubrió la imantación por influencia, observó que la imantación del hierro desaparece cuando se calienta al rojo vivo, comprobó que el polo norte magnético no coincide exactamente con el astronómico (es decir, que las brújulas no apuntan exactamente al norte geográfico) y fue el primero en considerar que la Tierra es un gran imán. Siguiendo esta idea, construyó una esfera imantada y estudió el campo magnético que producía. Nunca nadie antes que él había llevado tan lejos los métodos experimentales.

En el terreno artístico, en Inglaterra triunfaba la enigmática figura de William Shakespeare, del cual no se conserva ninguna carta o escrito personal. Su existencia (cuestionada en más de una ocasión por algunos historiadores) sólo está atestiguada por diversos documentos legales y por referencias de sus contemporáneos. Los retratos que se le atribuyen son dudosos. Si su creación ha pasado a la posteridad, no ha sido precisamente por sus esfuerzos. Era reacio a publicar sus obras, tal vez porque pensaba que restarían público a las representaciones de su compañía. Sólo unas pocas de sus obras vieron la imprenta en vida del autor, y en muchos casos gracias a ediciones piratas.

Puede decirse que Shakespeare nunca ideó un argumento original. Sus dramas se basan siempre en hechos históricos, en leyendas o en obras de otros autores. Su originalidad consiste en que supo dotar a sus obras de un dinamismo, una imaginación, una retórica, una poesía, una grandiosidad y, sobre todo, de una trascendencia nunca igualada. Entre sus últimos éxitos se encontraba el drama Julio César, inspirado en las Vidas paralelas, de Plutarco, sobre todo en la de Bruto, que es el auténtico protagonista. Ahora estaba trabajando en Hamlet, al parecer, basada en el Fratricidio castigado, de Thomas Kyd, que a su vez se basaba en una antigua leyenda danesa. Con Hamlet se abre un nuevo periodo en la obra de Shakespeare, el de las grandes tragedias y las comedias amargas.

El auge del teatro isabelino no tenía parangón en Europa. Shakespeare era su exponente más destacado, pero había muchos más dramaturgos y poetas de éxito. Ben Jonson estrenaba Las fiestas de Cintia. El año anterior, George Chapman, que parece ser el "poeta rival" al que Shakespeare alude en sus Sonetos, había publicado una de sus mejores comedias: All fooles. Un joven de veintiocho años llamado Thomas Dekker estrenaba las comedias Old Fortunatus y The shoemaker's holiday. Thomas Heywood compuso el drama histórico Eduardo IV.

En Francia destacaba como poeta François de Malherbe. Había gozado de la protección de un hijo natural del rey Enrique II, luego había tratado sin éxito de conseguir la del rey Enrique III con un poema de imitación italiana titulado Las lágrimas de san Pedro. Ahora terminaba uno de sus poemas más representativos: la Consolación al señor Du Périer sobre la muerte de su hija.

También en España estaba en auge el teatro. Lope de Vega había descubierto un filón en este género, y componía comedias en verso a una velocidad pasmosa, que poco a poco lo estaban convirtiendo en uno de los autores más celebrados. Como poeta, uno de los más afamados era Luis de Góngora. Componía con igual talento romances y letrillas de carácter popular y poemas más cultos de estilo petrarquista. En éstos últimos iba introduciendo de forma gradual elementos cada vez más sofisticados, audaces e innovadores en cuanto a léxico, sintaxis, alusiones mitológicas, etc. De este año es su canción Qué de invidiosos montes levantados, sobre un tema inspirado en Petrarca y en Torcuato Tasso, donde este nuevo estilo no hace sino asomar levemente, aunque ya encontramos algunos atrevimientos sintácticos, como estos acusativos griegos: "Desnuda el brazo, el pecho descubierta...", que, aunque ya aparecen, por ejemplo, en la poesía de fray Luis de León, no dejaban de ser chocantes para el lector medio.

Sin embargo, España estaba a la retaguardia de la cultura europea. Aunque las disposiciones de Felipe II sobre la prohibición de estudiar en el extranjero se habían suavizado, la rígida censura eclesiástica desalentaba cualquier intento de pensamiento innovador y, aunque en España florecieran los artistas y los humanistas, el progreso científico y filosófico estaba estancado.

Tampoco iba bien la economía. En los últimos años, una epidemia de peste se había extendido por el país, de norte a sur, y había menguado en un 15% la población. La falta de mano de obra había incrementado los salarios en un 30%. España había construido un inmenso imperio que recientemente se había duplicado con la anexión de Portugal, pero el poderío económico español se basaba fundamentalmente en el comercio con las Indias Orientales y en la explotación de los recursos americanos. El primero había sido fructífero mientras España y Portugal conservaron el monopolio, pero ahora otras potencias estaban interfiriendo: los armadores ingleses fundaron la Compañía de las Indias Orientales, los corsarios ingleses saqueaban impunemente los barcos y los puertos españoles (ese año intentaron sin éxito apoderarse de Jamaica), mientras que los neerlandeses habían llegado a las Molucas por primera vez el año anterior, dispuestos a arrebatarle a España su papel de intermediaria. (A decir verdad, había sido España quien había cerrado el mercado oriental a los Países Bajos.)

Respecto a las riquezas de América, consistían esencialmente en la explotación de la mano de obra indígena (o de esclavos negros traídos de África) en cultivos o en minería. Debido a sus ricas minas de plata, Potosí se había convertido en la mayor ciudad del Nuevo Mundo. Pero los metales preciosos y la abundancia de productos que llegaban a España sólo contribuían a aumentar una inflación cada vez más desenfrenada y, por otra parte, apenas bastaban para financiar los enormes gastos de la corte, gastos militares en tiempos de Felipe II y ahora, con Felipe III, lujos y toda clase de derroches. La ineptitud de Felipe II había sido sucedida por el desinterés de Felipe III y la ambición de su valido, el duque de Lerma, cuya firma tenía el mismo valor que la del monarca, y que no tenía otro objetivo de Estado que el enriquecimiento personal. El valido supo sacar partido hasta de sus enfermedades, ya que instauró la costumbre de hacerse regalar joyas para "alegrar" la sangre y predisponerla a las sangrías, según él. Felipe III acallaba sus esporádicos remordimientos de conciencia por desatender sus deberes como rey recluyéndose unos días en algún convento para hacer penitencia hasta que se le pasara la inquietud.

La expansión colonial española no había terminado: la zona de mayor actividad era a la sazón Nuevo México, desde donde Juan de Oñate y sus colonos estaban explorando vastas regiones del suroeste de Norteamérica. El navegante Pedro Fernández de Quirós tenía un proyecto muy original: al igual que muchos geógrafos, estaba firmemente convencido de la existencia de un continente austral desconocido hasta entonces. Había intentado convencer al virrey del Perú para que le financiara una expedición, pero, al no obtener resultados, ahora estaba en Roma, presentando su idea al Papa Clemente VIII, quien le dio una carta de recomendación para el rey Felipe III.

Ese año murió el duque de Osuna, que fue sucedido por su hijo Pedro Téllez-Girón, de veintiséis años, que no tardó en ser desterrado de Sevilla por su vida disipada y escandalosa.

Portugal no acababa de asimilar su anexión a España. En el país había surgido un curioso movimiento conocido como sebastianismo, consistente en la creencia en que el rey Sebastián no había muerto en África, sino que se había salvado y un día volvería a reclamar su corona. Al parecer el sebastianismo surgió como una modificación de unos romances de principios de siglo que auguraban la llegada de un príncipe portador de felicidad y gloria para el pueblo portugués. El caso fue que de vez en cuando surgía alguien que afirmaba ser el rey Sebastián, incitaba a la rebelión y terminaba con la cabeza separada del cuerpo.

Por lo demás, los portugueses seguían con sus "negocios" en África. Recientemente habían descubierto el Imperio de Monomotapa, localizado en una meseta situada cerca de la costa de Mozambique, pero convenientemente aislada de ella. Los comerciantes trataban de convencer al rey para que les confiara la explotación de sus minas, pero, de momento, lo máximo que habían conseguido, es que el rey les permitiera trabajar a su servicio como funcionarios y recaudadores de impuestos.

Inglaterra estaba siguiendo una trayectoria opuesta a la de España, reflejo de la personalidad de la reina Isabel I, totalmente opuesta a la del que había sido su adversario, Felipe II: Mientras éste había logrado enemistarse con buena parte de sus súbditos, por razones políticas o religiosas, Isabel I se había esforzado por cohesionarlos a todos y hacerse querer; mientras Felipe II había arruinado al estado en guerras absurdas, Isabel I había evitado los enfrentamientos durante todo el tiempo que le fue posible, ahorrando y enriqueciendo su país. Cuando la guerra ya no pudo evitarse, la supremacía inglesa sobre España era rotunda, y el conflicto sólo redundó en beneficios para Inglaterra, ya que ahora los corsarios ingleses se consideraban legitimados para emprender cualquier acción contra España, y lo hacían provechosamente.

En abril, un navegante inglés llamado William Adams fue apresado en Japón y enviado a Osaka, donde el shogun Tokugawa Ieyasu lo tomó como consejero, con el propósito de crear una marina moderna.

En los últimos años, sólo una mancha deslucía los éxitos de su reinado: la rebelión irlandesa. El año anterior, el conde de Essex había firmado una tregua con Hugh O'Neill para poder así regresar a Inglaterra a justificarse ante la reina por sus repetidos fracasos. Isabel I juzgó irresponsable su conducta y lo despojó de todos sus cargos. Luego envió un poderoso ejército a Irlanda y O'Neill tuvo que retroceder. Los irlandeses contaban con alguna ayuda de España, pero resultó ineficaz.

Isabel I, a sus sesenta y siete años, seguía siendo la reina virgen, y con ella se extinguía la dinastía Tudor. Había designado como heredero al rey Jacobo VI de Escocia, el hijo de María Estuardo, que tenía ahora treinta y cuatro años y había sido capaz de restaurar la autoridad real en su país, muy deteriorada desde hacía varias generaciones. Incluso había logrado imponerse sobre la Iglesia Presbiteriana escocesa.

También Francia seguía un camino ascendente. El rey Enrique IV había descubierto lo que la reina Isabel I tuvo claro desde el primer momento y Felipe II nunca llegó a comprender: que, en cuestiones de religión, un rey ha no ha de preocuparse por complacer a Dios, sino a sus súbditos. Con una habilidad que Felipe II nunca tuvo, había logrado resolver los conflictos religiosos en Francia y, ahora, con una habilidad que Felipe III nunca adquiriría, estaba entregado a convertir su país en una gran potencia:

Para evitar corrupciones y malversaciones, adjuntó lugartenientes generales a los gobernadores de provincias, a los que enviaba con frecuencia comisarios de inspección. No quiso nombrar ningún primer ministro, sino que se rodeó de buenos consejeros. Entre ellos destacaba Maximilien de Béthune, el barón de Rosny, un protestante que escapó de la matanza de san Bartolomé, combatió junto a Enrique IV cuando sólo era rey de Navarra y desempeñó un papel decisivo en la promulgación del edicto de Nantes. Una vez convertido en rey de Francia, Enrique IV lo puso al frente de los asuntos económicos, y el barón resultó ser un excelente administrador, un contable meticuloso y ahorrativo que reorganizó los impuestos, redujo los cargos públicos y así saneó las cuentas del reino. Sin embargo, no dudó en realizar las inversiones necesarias para reactivar la economía: mejoró los transportes restaurando y construyendo carreteras y puentes, acondicionó ríos y canales, incrementó la vigilancia de los transportes. Por otra parte, reunió un considerable arsenal y emprendió la construcción de una línea de fortificaciones.

Otro consejero de Enrique IV fue su ayuda de cámara, Barthélemy de Laffemas, que le recomendó la promulgación de leyes encaminadas a reducir la exportación de materias primas y la importación de productos manufacturados. Además, impulsó la elaboración de productos de lujo, a menudo con la colaboración de artesanos extranjeros. Así prosperaron las tapicerías de los Gobelinos, las armas de París, los paños de Reims y Provins, los encajes de Senlis, la cristalería de Melun, etc. La consigna de Laffemas fue Producir francés.

El año anterior, Enrique IV había llamado a Olivier de Serres, un hugonote que explotaba moreras y gusanos de seda, que ahora publicaba un Tratado de agricultura, colección de consejos e informaciones para administrar bien una explotación. Gracias a la difusión que le dio el rey, el libro tuvo mucho éxito. Más adelante publicó un librito sobre La recolección de la seda.

Con la Paz de Augsburgo, Alemania había encontrado también un equilibrio religioso basado en el principio cuius regio, eius religio, segun el cual cada territorio profesaba la religión de su príncipe. Hacía ya casi doscientos años que los emperadores eran elegidos en la casa de Austria, y el papel de los príncipes electores se había reducido a un mero formalismo, ya que siempre elegían al rey de romanos designado por el propio emperador. Sin embargo, el protestantismo les había dado nueva relevancia. En efecto, los Austrias, aunque tolerantes con el protestantismo (por necesidad), eran católicos, pero los príncipes electores de Brandeburgo y Sajonia eran luteranos, y el del Palatinado era calvinista. El cuarto elector laico era el rey de Bohemia (el propio emperador y, tras su muerte, su heredero), luego, junto con los tres arzobispos electores, formaba una mayoría católica de cuatro contra tres que bastaba para mantener el título imperial en la casa de Austria, pero si se perdía el electorado de Bohemia...


El emperador Rodolfo II estaba retirado en Praga por sus problemas de salud, pero su hermano, el archiduque Matías, ejercía sobre los díscolos príncipes alemanes toda la autoridad que podía esperarse que ejerciera un emperador. Por otra parte, Matías estaba realizando muchos progresos en la lucha contra los turcos en Hungría, lo que le confería bastante prestigio.

También Suiza mantenía un equilibrio religioso, sólo que algo más precario. Ginebra era la Roma del protestantismo, y ejercía una fuerte influencia sobre los cantones protestantes, con los que había entablado una sólida alianza. pero, en la Confederación Helvética había también cantones católicos en los que la Contrarreforma había actuado con eficiencia. Pese a ello, los suizos eran conscientes de lo que les había costado conquistar su independencia y lo difícil que era para una pequeña agrupación de ciudades escapar de las ambiciones de las potencias europeas. Por ello, en un caso insólito en la historia de la humanidad, ambas partes se abstuvieron de llamar aliados exteriores en contra de la facción opuesta. Por esta época Suiza mantenía una tradicional alianza con Francia que quedó consolidada tras el equilibrado final de las guerras de religión francesas.

El Papado no tenía ya el poder político y la influencia que había ostentado en la Edad Media, pero tampoco era la vergüenza que había llegado a ser durante el Renacimiento. Clemente VIII, continuando la labor contrarreformista de sus antecesores, estaba devolviendo a la Iglesia Católica la dignidad perdida, y ahora ya parecía que Dios tuviera algo que ver con ella.

En Roma, Caravaggio había conseguido su primer encargo de destino público: las pinturas de la capilla Contarelli, en la iglesia de San Luis de los Franceses. Los tres óleos que pintó para la ocasión, entre los que destaca El martirio de san Mateo, lo convirtieron en el centro de atención del mundo artístico romano. En los años siguientes, no cesaron de llegarle nuevos encargos.

Entre los mecenas italianos de la época destacaba el duque de Mantua, Vincenzo Gonzaga. El año anterior había realizado un viaje a Flandes, y entre su séquito figuraba un viola y cantante de treinta y dos años llamado Claudio Monteverdi. Allí descubrió la obra de los grandes maestros de la canción polifónica.

La zona más candente de Europa era la de los Países Bajos. Oficialmente, España nunca había reconocido la independencia de las Provincias Unidas. Los Países Bajos Españoles, en cambio, sí que eran nominalmente independientes, bajo la soberanía de Alberto de Austria e Isabel Clara Eugenia, la hermana de Felipe III de España. Sin embargo, su "independencia" requería el apoyo constante del ejército español. A mediados de junio, Mauricio de Nassau desembarcó en Sas de Gante y amenazó Nieuwpoort. El archiduque Alberto acudió en su defensa al frente de un pequeño ejército y se dispuso a atacar unas dunas donde Mauricio había tomado posiciones. La marea y la artillería de la flota neerlandesa obligaron a la caballería española a replegarse precipitadamente sobre el centro, causando el desconcierto y la derrota. Luis de Velasco, que dirigía la retaguardia española pudo refugiarse en Nieuwpoort y defender la plaza. El enfrentamiento fue conocido como la batalla de las dunas. Fue el primer desastre grave que los españoles sufrieron en los Países Bajos.

Después de Mauricio de Nassau, una de las principales personalidades de las Provincias Unidas era Johan van Oldenbarnevelt, que había sido confidente de Guillermo de Orange y luego uno de los principales diplomáticos neerlandeses, artífice de las alianzas con Francia e Inglaterra. Últimamente, las fricciones entre ambos iban en aumento. Mauricio de Nassau acusó a van Oldenbarnevelt de no haberle prestado el apoyo necesario en el sitio de Nieuwpoort.

Polonia y Suecia estaban en guerra. Teóricamente, el rey de Polonia, Segismundo III Vasa, católico, era también rey de Suecia, pero su tío Carlos de Sudermania, protestante, proclamado regente de Suecia, gobernaba el país. El año anterior, Segismundo III había tratado de invadir Suecia, y ahora era Carlos el que enviaba un ejército a Polonia con mejor fortuna. Mientras tanto, Dinamarca, bajo el reinado de Cristián IV, que también era rey de Noruega, se había convertido en la principal potencia comercial del Báltico.

Rusia parecía incapaz de salir del atraso al que la había condenado el yugo mongol. El campesinado vivía en la miseria y tendía a emigrar hacia las estepas siberianas, uniéndose a los cosacos, por lo que el zar Borís Godunov promulgó leyes que restringían el derecho de desplazamiento y autorizó a los terratenientes a perseguir durante cuatro años a los campesinos fugitivos.

Tras haber anulado su matrimonio con Margarita de Valois, la intención de Enrique IV de Francia era casarse con su amante, Gabrielle d'Estrées, con la que tenía un hijo llamado César, pero la opinión pública no veía con buenos ojos que Francia tuviera un delfín bastardo. El asunto se resolvió con la repentina muerte de Gabrielle, y entonces el rey se prendó de Henriette d'Entragues, que tuvo un hijo en julio, pero murió a los pocos días de nacer.

En agosto, una facción de la nobleza japonesa se rebeló contra el shogun Tokugawa Ieyasu, iniciando unas hostilidades que terminaron el 21 de octubre, cuando Ieyasu obtuvo una rotunda victoria en Sekigahara. Después hizo ejecutar a los principales sublevados, entre los que se encontraba el general Konishi Yukinaga, el que había dirigido la campaña japonesa en Corea.

El Imperio Otomano llevaba ya un tiempo en la dinámica en la que España acababa de entrar: los sultanes, sin nada ni nadie que cuestionara su autoridad absoluta, no mostraban ningún interés por la política y se entregaban a una vida de lujo y placer, confiando el gobierno a visires que se sucedían más o menos rápidamente según su mayor o menor ineficacia o corrupción. El sultán actual era Mehmet III, y sus generales tenían que hacer frente a los austríacos, al príncipe de Valaquia, Miguel el Bravo, a los persas y, al mismo tiempo, sofocar insurrecciones en Constantinopla y en Asia.


El sha de Persia, Abbas I, con un ejército integrado principalmente por georgianos y armenios, estaba expandiendo sus fronteras hacia el noreste, a costa de los uzbekos, a los que el año anterior les había conquistado los territorios de Mashad y Harat. Al tiempo que pacificaba algunas provincias rebeldes, de tanto en tanto pacificaba también su familia cegando o asesinando a varios de sus hermanos e hijos.

Al norte de la India, el gran mogol Akbar, partiendo del principio de que, si no tomaba la iniciativa de conquistar los reinos vecinos, éstos caerían en la tentación de atacarle primero, había extendido su imperio dotándolo de salidas al mar tanto por el este como por el oeste, lo que revitalizó el comercio.

China seguía bajo la dinastía Ming, la que ya hacía más de dos siglos que había librado al país del gobierno mongol. En las últimas décadas los ejércitos chinos habían ocupado amplias regiones al norte de la Gran Muralla, imponiendo la soberanía imperial a diversos pueblos turcos y mongoles. También estaban interviniendo en Vietnam y en el Tíbet. El emperador actual era Wanli, cuya autoridad estaba ensombrecida por la de los todopoderosos eunucos.

El jesuita Matteo Ricci seguía en China. El año anterior se había instalado en Nankín, donde fue muy bien recibido. Estaba tratando de gestionar que se le permitiera visitar Pekín, ya que los extranjeros tenían prohibido el acceso a la ciudad. Con sus estudios geográficos sobre el país, Ricci trataba de probar que China era ciertamente el país que Marco Polo llamaba Catay en su libro. Esto no estaba claro en Europa debido a que Marco Polo había llegado a China por tierra, y ahora había sido "redescubierta" por mar.

Los jesuitas Antonio de Monserrat y Pedro Páez habían sido rescatados tras seis años de esclavitud. Fueron llevados a Goa gravemente enfermos. El primero murió, mientras que Páez se recuperó después de ocho meses de convalecencia.

En el sureste asiático, a lo largo del siglo que ahora terminaba se habían producido y resuelto muchos conflictos entre los distintos reinos de la zona. La parte occidental se había unido en el reino de Birmania, pero la mayor potencia de la zona era el reino de Siam, que unos años antes había derrotado a los birmanos y ahora disputaba a Vietnam la supremacía sobre Camboya. Con la derrota de los birmanos, el reino de Lan Xang, que estaba bajo su dominio, pasó a un estado de anarquía.

Finalmente, el rey Enrique IV de Francia se avino a escuchar también a sus consejeros en cuestiones matrimoniales, y en diciembre se casó con María de Médicis, sobrina del gran duque Toscana, Fernando I, que aportó una sustanciosa dote. No obstante, este matrimonio no puso fin a los devaneos amorosos del monarca.

Enrique IV de Francia
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