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MARTÍN LUTERO

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La subida al trono del rey Enrique VIII de Inglaterra había cambiado la fortuna de Thomas More, que, de mantenerse discretamente distanciado de la política, pasó a ocupar en 1515 un cargo de embajador. Por la misma época, el rey nombró lord canciller a Thomas Wolsey, al que el Papa acababa de nombrar cardenal por influencia del monarca inglés. Desde ese momento fue el auténtico director de la política de su país.

Tiziano acabó varios cuadros, a cuál más perfecto, entre los que destacan Mujer ante el espejo, Amor sagrado y amor profano, Flora, y Salomé.

Miguel Ángel terminó la pieza principal que esculpiría para el sepulcro del Papa Julio II: su impresionante Moisés. de más de dos metros de alto, pero, en vistas de que su proyecto de sepulcro no era recibido con interés, lo dejó inacabado y marchó a Florencia.

El 31 de marzo el Papa León X promulgó una bula por la que concedía la indulgencia (esto es, el perdón de los pecados) a todos los fieles que contribuyeran económicamente a la construcción de la catedral de San Pedro.

Ese año murieron:

El 13 de septiembre, Trivulzio el Grande, al frente del ejército Francés, derrotaba en Marignano a los mercenarios suizos al servicio de la Santa Liga, tras lo cual, los franceses ocuparon de nuevo el Milanesado. (El duque, Maximiliano Sforza, cedió sus estados al rey Francisco I a cambio de una pensión, y se retiró a Francia.) Se firmó entonces la Paz perpetua, por la que los suizos se comprometían a no luchar contra Francia y a abastecerla de soldados. El Papa León X también firmó dicha paz, lo que suponía la disolución de la Liga (o, por lo menos, que dejaba de ser santa).

El 8 de octubre zarpó Juan Díaz de Solís, dispuesto a encontrar un paso a las Indias por el oeste.

Una tempestad desvió hacia el norte un barco capitaneado por Juan de Bermúdez, que encontró así unas islas relativamente cercanas a la costa norteamericana que desde entonces se llaman islas Bermudas.

En diciembre, el rey Francisco I de Francia se entrevistó personalmente en Bolonia con el Papa León X, para discutir sobre las atribuciones de cada uno de ellos en lo tocante a la Iglesia de Francia.

Leonardo da Vinci aceptó la invitación de Francisco I para trasladarse a Francia, donde se dedicó principalmente a hacer estudios arquitectónicos para los castillos reales.

El 25 de enero de 1516 murió el rey Fernando el Católico. Se dijo que como consecuencia de haber ingerido un bebedizo a base de criadillas de toro. (Tiene su lógica: el Católico estaba bastante interesado en dejar un heredero varón, tenía entonces sesenta y cuatro años, mientras que su esposa, Germana de Foix, tenía 28...)

Su testamento nombraba heredera a su hija Juana, y gobernador a su nieto Carlos, que permanecía en Flandes, camino de cumplir los dieciséis años, educado bajo la tutela de su tía Margarita. Al día siguiente, siguiendo las disposiciones del rey, el cardenal Cisneros asumió de nuevo la regencia. Los disturbios no se hicieron esperar. Buena parte de la nobleza castellana consideró que era el momento de reclamar antiguos privilegios perdidos, y el octogenario cardenal no tenía intención de tolerar muchos cambios. Surgieron brotes revolucionarios en numerosas ciudades, pleitos entre nobles, ligas nobiliarias, etc. Algunos nobles se mostraron partidarios de que la corona pasara a Fernando, el hermano menor de Carlos, que se había educado en Castilla.

En un tiempo mínimo, Cisneros reunió una milicia urbana de unos treinta mil hombres (la Gente de Ordenanza) y, con no poca habilidad, fue poniendo en vereda a los revoltosos. Se cuenta que una comisión de nobles le exigió que justificase en virtud de qué poder gobernaba, y Cisneros abrió el balcón, señaló a sus guardias y dijo "éstos son mis poderes". Una versión más elaborada de la anécdota añade que los guardias estaban junto a cañones dispuestos para ser disparados.

Un embajador francés protestó por la reciente anexión de Navarra a Castilla: "Os digo, señor cardenal, que mi rey está dispuesto a apoderarse de Navarra y de toda Castilla". Cisneros, sin inmutarse, lo llevó a la estancia donde se guardaba el tesoro real, mandó que acuchillaran algunos sacos para que se desparramara el oro y, señalando al cordón de su hábito franciscano dijo: "Decid a vuestro rey que con este dinero y este cordón, si él trata de venir a Navarra, iré yo a darle la batalla a París". Ciertamente, el derrocado Juan III de Navarra trató de recuperar nuevamente su reino con el apoyo francés, pero murió en el intento. Dejó un hijo de trece años, al que los partidarios de su padre llamaron Enrique II de Navarra.

Menos éxito tuvo Cisneros en el norte de África. Ante las incursiones castellanas, los musulmanes habían reclamado la ayuda de piratas turcos. Ese años dos hermanos, llamados Baba Aruy y Jayr al-Din, se establecieron en Argel, desde donde rechazaron una expedición dirigida por Diego de Vera que intentó tomar la ciudad.

El príncipe Carlos envió como embajador a su preceptor, Adrian Floriszoon, también conocido como Adriano de Utrecht. Hubo presiones para que Cisneros le cediera la regencia, pero el cardenal no transigió. Insistió en que, en cuanto Carlos llegara a Castilla, él mismo le traspasaría los poderes.

Entre todos estos asuntos, Cisneros todavía encontraba tiempo para patrocinar la llamada Biblia políglota complutense (Complutum es el nombre latino de Alcalá de Henares, en cuya universidad se estaba realizando el proyecto, desde hacía ya catorce años). Consistía en una versión crítica de los textos arameos, hebreos, griegos y latinos de la Biblia. En la parte en hebreo y arameo colaboraron los judíos conversos Alfonso de Alcalá, Pablo Coronel y Alfonso de Zamora, en la parte griega, el cretense Demetrio Lucas, Hernán Núñez y Antonio de Nebrija. Éste último intervino también en la corrección de la Vulgata. Ese mismo año publicó su Tertia quinquagena, en la que estudiaba cincuenta pasajes dudosos de la Biblia. Cisneros trataba ahora de convencer a Erasmo de Rotterdam para que se incorporara al proyecto, pero éste, que también había recibido ofertas de Francia e Inglaterra, las rechazó todas.

A la sazón, Erasmo estaba en Basilea, donde editó su Nuevo Testamento en griego, con notas y traducción latina. La obra causó gran revuelo, pues Erasmo aprovechaba cualquier pasaje para despotricar en sus notas contra la Iglesia y los teólogos. También dio a la imprenta una edición de las Cartas de san Jerónimo que, salpicadas de citas en griego y en hebreo, habían llegado tan corrompidas a través de los manuscritos medievales que, para adivinar su sentido, era imprescindible la formidable erudición de Erasmo. Éste dedicó ambas obras al Papa León X, y el Papa, no sólo aceptó la dedicatoria, sino que lo dispensó de vestir el hábito de su orden y lo desvinculó del monasterio de Steyn. La curia romana perdonaba todas las impertinencias a condición de que vinieran de un helenista. Erasmo también terminó ese año la Institutio principis Christiani para Carlos de Austria, de quien había sido nombrado consejero.

Thomas More publicó su libro De optimo rei publicae statu, deque noua insula Utopia, más brevemente conocido por Utopía. Hoy es una palabra castellana, pero fue él quien la acuñó (en su versión latina, cuya etimología griega significa "en ninguna parte"). En la primera parte de la obra, More critica la sociedad inglesa de su época: el despotismo de las monarquías, el servilismo de los cortesanos, lo absurdo de las conquistas y del lujo, la injusticia de los nobles y religiosos, etc. En la segunda parte, en lugar de proponer reformas, las relata como si ya estuvieran aplicadas en una  isla lejana. En Utopía, la igualdad entre las gentes era total, el dinero había sido abolido, la nobleza, suprimida, y las riquezas eran propiedad del estado. Seis horas diarias de trabajo obligatorio bastaban para que reinase la prosperidad. Había que levantarse a las cuatro de la madrugada y acostarse a las ocho de la tarde. El gobierno se hallaba en manos del príncipe Utopus, sometido al pueblo. Las muchachas se casaban a partir de los dieciocho años y los muchachos a partir de los veintidós. Los matrimonios tenían que concertarse por amor y el adulterio se castigaba con la muerte, pero los cónyuges descontentos podían divorciarse. Los esposos compartían tareas y ambos tenían la misma autoridad sobre los hijos. Los utopianos tenían el deber de practicar su religión, pero el fanatismo y la intolerancia estaban proscritos. No podemos dejar de citar este pasaje:

Ya dije que se esmeran en la atención a los enfermos. No escatiman nada que pueda contribuir a su curación, trátese de medicinas o de alimentos. Consuelan a los enfermos incurables, visitándolos con frecuencia, charlando con ellos, prestándoles, en fin, toda clase de cuidados. Pero cuando a estos males incurables se añaden sufrimientos atroces, entonces los magistrados y los sacerdotes se presentan al paciente para exhortarle. Tratan de hacerle ver que está ya privado de los bienes y funciones vitales; que está sobreviviendo a su propia muerte; que es una carga para sí mismo y para los demás. Es inútil, por tanto, obstinarse en dejarse devorar por más tiempo por el mal y la infección que le corroen. Y puesto que la vida es un puro tormento, no debe dudar en aceptar la muerte. Armado de esperanza, debe abandonar esta vida cruel como se huye de una prisión o del suplicio. Que no dude, en fin, liberarse a sí mismo, o  permitir que le liberen otros. Será una muestra de sabiduría seguir estos consejos, ya que la muerte no le apartará de las dulzuras de la vida, sino del suplicio. Siguiendo los consejos de los sacerdotes, como intérpretes de la divinidad, incluso realizan una obra piadosa y santa. Los que se dejan convencer ponen fin a sus días, dejando de comer. O se les da un  soporífero, muriendo sin darse cuenta de ello. Pero no eliminan a nadie contra su voluntad, ni por ello le privan de los cuidados que le venían dispensando. Este tipo de eutanasia se considera como una muerte honorable.

Es triste pensar que hace quinientos años un hombre llegó a reconocer tan lúcidamente a la eutanasia como un derecho de los hombres y que casi todos los países que hoy se tienen por modernos y avanzados siguen considerándola un delito. Y es que la Edad Media no acaba de acabar.

El conde Baltasar de Castiglione terminó, aunque no publicó, su libro El cortesano. En él traza la imagen ideal del perfecto caballero renacentista: ha de ser polifacético, tan diestro en las armas como en las artes y las ciencias. La perfección exige calma y mesura en todos los momentos de la vida.

Ludovico Ariosto pasó al servicio de Alfonso de Este, el marido de Lucrecia Borgia. Publicó entonces su Orlando furioso, continuación del Orlando inamorato de Boiardo. Está escrito en verso, en cuarenta cantos. Su asunto principal es la locura de Orlando, debido al desdén de su amada Angélica, que se enamora de un joven sarraceno llamado Medoro. Recupera la cordura gracias a Astolfo, que, montado en su hipogrifo, cabalga hasta la Luna, donde encuentra la razón de Orlando y la guarda en una botella cuyo contenido hace respirar a Orlando. Mientras Boiardo se ceñía a la tradición caballeresca medieval, Ariosto busca sólo un pretexto para tejer mil aventuras fantásticas narradas con un toque de ironía.

En Marignano, el ejército suizo estuvo acompañado de un cura, viejo amigo de Erasmo de Rotterdam, llamado Huldrych Zwingli, más fácilmente conocido como Ulrico Zuinglio, que se reveló manifiestamente antifrancés y, de vuelta en Suiza, organizó una campaña contraria a que la Confederación suministrara mercenarios a Francia. Para entretenerlo, fue nombrado capellán del santuario mariano de Einsiedeln, donde se dedicó a combatir las prácticas supersticiosas.

El sultán otomano Selim I invadió Siria y Palestina como principio de una campaña contra los mamelucos de Egipto. Éstos eran suníes, pero no lo suficientemente devotos. El 15 de junio obtuvo una primer victoria significativa en Marj Dabik, pero los mamelucos se lo pusieron más difícil que los persas. Combatían y, aunque normalmente eran derrotados, los supervivientes se volvían a organizar y seguían ofreciendo resistencia.

Pánfilo de Narváez había sometido ya la totalidad de la isla de Cuba, y recibió como pago numerosas encomiendas. Luego, el gobernador, Diego de Velázquez, lo envió a Castilla como procurador suyo. Cuando regresó, lo hizo con el cargo de contador, es decir, de representante de la Hacienda Real.

Por su parte, Gonzalo Fernández de Oviedo fue enviado por Pedrarias Dávila para informar del estado de Castilla del Oro. Al morir Fernando, consideró oportuno dirigirse a Bruselas a presentar su informe al príncipe Carlos, pero éste dijo que hablara con Cisneros. De nuevo en castilla coincidió con Bartolomé de Las Casas, que había logrado entrevistarse con Fernando el Católico poco antes de que muriera, pero el monarca agonizante no estaba en condiciones de atender a las denuncias del eclesiástico. Luego volvió a empezar las gestiones para conseguir una audiencia con Cisneros. Empezó entonces una pugna entre Las Casas y Fernández de Oviedo, que no tardó en convertirse en enemistad personal. Fernández de Oviedo desconfiaba de los remedios evangélicos propuestos por Las Casas, y era partidario de la formación de una organización militar, tal vez la orden de Santiago, que se encargara de la conquista y el gobierno de las Indias.

La expedición de Juan Díaz de Solís bordeó la costa americana hasta que encontró un gran estuario al que llamó Mar Dulce (aunque no era el mismo al que Colón había llamado así, mucho más al norte). Aunque ya había sido visitado por varias expediciones anteriores, Díaz de Solís decidió explorarlo y se adentró en el río Paraná, al que durante un tiempo se llamó río de Solís. Desembarcó junto con algunos de sus compañeros y la pequeña comitiva fue invitada a un banquete por los indios charrúa, ... en calidad de menú del día. El resto de la tripulación contempló desde el barco cómo los antropófagos devoraban a su capitán, tras lo cual la expedición emprendió el viaje de regreso.

El 13 de agosto, el rey Francisco I de Francia firmó con Carlos de Austria el tratado de Noyon, por el que Francisco reconocía a Carlos como rey de Nápoles a cambio de que éste lo reconociera como duque de Milán. Por esta época Venecia había recuperado todos los territorios que poseía antes de la intervención de la Liga de Cambrai. El 18 de agosto firmó con el Papa León X el concordato de Bolonia, por el que el Papa cedía al rey todos los derechos sobre el clero católico francés. A cambio, Francisco I reconocía la superioridad del Papa sobre los concilios y aceptaba el pago de la anata o tributo anual a Roma.

Los portugueses establecieron un acuerdo comercial con el rey Naresuen de Siam. Tras un largo periodo de disturbios, el trono de Camboya fue ocupado por Ang Chan, que trató de combatir la hegemonía siamesa.

Ese año murieron:

Por esta época empezaba a destacar un joven pintor alemán, de diecinueve años. Había nacido en Augsburgo, pero desde el año anterior residía en Basilea. Se llamaba Hans Holbein, conocido como el Joven, para distinguirlo de su padre, Hans Holbein el Viejo, también pintor. El estilo de su padre era todavía algo primitivo, pero Hans el Joven estaba aprendiendo las nuevas técnicas. Ese año realizó su primer encargo importante: el Díptico de los esposos Meyer.

Diego de Velázquez, el gobernador de Cuba, envió una expedición hacia el oeste bajo el mando de Francisco Hernández de Córdoba, que partió de La Habana el 8 de febrero de 1517 y llegó hasta la península que llamó Yucatán, donde tomó contacto con la civilización maya. (Cuando un exporador daba nombre a un lugar, una región o un accidente geográfico basándose en algún nombre indígena, el resultado podía variar desde una mera deformación del topónimo original hasta algo que no tuviera nada que ver. Por ejemplo, se ha conjeturado que "Yucatán" es una deformación de una expresión maya que significa "no te entendemos"). En su viaje de retorno, Velázquez navegó hasta Florida, desde allí volvió a La Habana y murió poco después en Sancti Spiritus. En su expedición había participado también Bernal Díaz del Castillo, que de Castilla del Oro había pasado a Cuba, ya que era pariente del gobernador.

En abril, el sultán Selim I entró en El Cairo convertido ya en el dueño de Egipto. No se interesó por las pirámides ni otros monumentos faraónicos. Sólo visitó mezquitas, donde oró postrado sobre las losas del pavimento, rechazando los tapices que le habían preparado. En Egipto encontró a un supuesto descendiente de los abasíes que llevaba el título de Califa. Se llamaba Al-Mutawakkil, y pretendía descender de un tío del profeta. No conocemos los profundos argumentos teológicos que Selim I debió de exponerle, pero el Califa acabó cediéndole su título. Selim I fue el primer Califa que no era (o pretendía ser) descendiente de Mahoma o de sus familiares. Ni siquiera era árabe. Poco después se apoderaba también de Medina, La Meca y de toda la costa árabe del mar Rojo hasta el Yemen.

En la India murió el sultán de Delhi, Sikander Lodi, que fue sucedido por su hijo Ibrahim Lodi.

Hans Holbein marchó a Lucerna con su padre para decorar los interiores y las fachadas de la casa del burgomaestre Hertenstein.

El humanista alemán Johannes Reuchlin publicó su De arte cabbalistica, en la que defendía una vez más la cábala judía.

Finalmente se terminó la impresión de la Biblia políglota complutense. Su último tomo incluía un vocabulario hebreo y arameo y una gramática hebrea. Fue imprimida por Arnao Guillén de Brocar, con tipos griegos y hebreos fundidos ex profeso.

El 19 de septiembre el príncipe Carlos de Austria desembarcó en Asturias. Tenía diecisiete años y no sabía hablar castellano. Desde allí se dirigió a Tordesillas, para visitar a su madre.

El Papa León X clausuró el V concilio de Letrán sin llegar a ninguna resolución relevante. La economía de la Iglesia era especialmente pintoresca en esta época. Los obispados proporcionaban cuantiosas rentas a sus titulares, por lo que el Papa podía cobrar grandes sumas por otorgarlos, o incluso usar nombramientos como compensación por un servicio. También los altos cargos en el Vaticano se cotizaban muy bien, pues los puestos eran inamovibles e incluso podían ser revendidos por sus poseedores a otros que los pagaban con sobreprecio. El Papa Julio II creó un colegio de cien escribientes, a los que cobró un total de 14.000 ducados por su empleo; León X nombró sesenta chambelanes y ciento cuarenta escuderos, a los que cobró 202.000 ducados.

El alemán Johann Burchard, obispo de Orta, autor de la crónica pontificia de la época, explica que obtuvo su empleo de maestro de ceremonias pagando 450 ducados, incluidos todos los gastos, lo que quiere decir propinas. Había ofrecido en vano al Papa Julio II la suma de 2.000 ducados por una plaza de escribiente, pero logró otra de corrector de escrituras por 2.040 ducados. En la práctica, esto era como una inversión bancaria: se "depositaba" el dinero en el Vaticano y se iba recuperando poco a poco, de modo que al cabo de unos años, cuando se había recuperado el capital invertido, los salarios siguientes eran intereses. La situación se repetía a menor escala en los obispados más importantes.

Evidentemente, tales desembolsos generaban expectativas aún mayores. Últimamente había varios cardenales que consideraban insuficientes sus beneficios y estaban adoptando una política hostil contra el Papa. León X llegó a encarcelar al cardenal Alfonso Petrucci, bajo la acusación de intentar envenenarlo.

Las arcas pontificias tenían más fuentes de ingresos. Los años jubilares Roma se llenaba de peregrinos a los que era fácil sacarles el dinero. El resto del tiempo, estaban las indulgencias (si pagas, irás al cielo). Los dominicos, dirigidos por Johannes Tetzel, estaban predicando por Alemania la indulgencia que recientemente había concedido León X a quienes financiaran la construcción de la catedral de San Pedro.

Criticar con más o menos descaro la corrupción de la Iglesia era el panem nostrum quotidianum para amplios sectores sociales, desde las clases más humildes hasta humanistas, literatos y los propios religiosos. Había que hacerlo con tiento, no fuera uno a ser declarado hereje, pero había un amplio margen de movimiento, ya que criticar la corrupción no era herejía. Pero ese año, alguien se atrevió a criticar, no la corrupción de la doctrina de la Iglesia, sino la propia doctrina. Era un fraile agustino de treinta y cuatro años. No uno cualquiera, ya que dos años atrás había sido nombrado vicario general de los agustinos de Alemania. Desde hacía cuatro años era profesor de teología en la universidad de Wittemberg. Enseñaba filosofía, teología y exégesis bíblica. Se llamaba Martin Luther, aunque es más conocido como Martín Lutero. Al parecer, Lutero había pasado recientemente por una crisis de angustia obsesionado por el problema de lo que debe hacer un cristiano para lograr la salvación. Cuando, tras profundas reflexiones teológicas, encontró una respuesta que le satisfizo, encontró insufrible que los enviados del Papa fueran por ahí diciendo que lo único necesario para salvarse era pagar cierta suma de dinero.

El 31 de octubre clavó en la puerta de la iglesia del castillo de Wittemberg un documento en latín con noventa y cinco tesis contra el principio y la práctica de las indulgencias, tesis que se aprestaba a defender en singular combate dialéctico contra cualquiera que aceptara el desafío. Un tanto desordenadamente, las tesis de Lutero venían a decir:

El año anterior, Lutero ya hablaba en sus clases de "nuestra teología", para distinguirla de la doctrina oficial, y días antes de hacerlas públicas, ya había enviado sus tesis a distintas autoridades y amigos, en especial al arzobispo de Maguncia (y, por lo tanto, príncipe elector) que, desde el año anterior era Alberto de Hohenzollern, hermano del príncipe elector de Brandeburgo, Joaquín I Néstor.

El cardenal Cisneros debía acudir a Tordesillas para encontrarse con el príncipe Carlos de Austria, pero murió durante el viaje, el 8 de noviembre. Diez días después, el 18 de noviembre, Carlos entró solemnemente en Valladolid. El hecho de que Juana la Loca siguiera con vida hacía que Carlos no pudiera considerarse rey. Oficialmente, la reina legítima era Juana, y era necesario que las cortes admitieran su incapacidad para que su hijo pudiera sentarse en el trono. No menos trascendencia tenía el hecho de que Carlos, aun siendo reconocido como rey, no podría disponer de ningún dinero sin la debida aprobación de las cortes.

De todos modos, el príncipe Carlos gobernaba ahora interinamente de acuerdo con las disposiciones del difunto cardenal Cisneros. Con él había llegado una camarilla de cortesanos flamencos dispuestos a repartirse el país. Así, al frente del arzobispado de Toledo, en sustitución de Cisneros, Carlos puso a un joven de dieciséis años, sobrino y tocayo de uno de sus preceptores, Guillermo de Groy. Como inquisidor general, también en sustitución de Cisneros, nombró a Adriano de Utrecht. Uno de sus amigos, Jean Sauvage, recibió el título de gran canciller, todo esto entre la obvia indignación de los castellanos.

Carlos atendió también una serie de denuncias contra la actuación de Pedrarias Dávila en Castilla del Oro, denuncias que Cisneros no había tenido en consideración, y decretó el nombramiento de un nuevo gobernador, Lope de Sosa. Las noticias del posible cambio de gobernador habían llegado a Castilla del Oro meses antes de que se produjera realmente. Vasco Núñez de Balboa se encontraba el la costa del mar del Sur, donde acababa de construir unos barcos para explorarlo, pero, al enterarse del posible cambio, decidió regresar a Acla, al parecer con la intención de ayudar a su suegro en caso de que tuviera problemas con su sustituto y las acusaciones que pesaban sobre él. Sin embargo, Pedrarias temió que Balboa pudiera declarar en su contra y por ello envió a Francisco Pizarro para que lo apresara, bajo la acusación de conspirar contra el rey. Fue juzgado y condenado a muerte antes de que acabara el año. Finalmente, el cambio de gobernador no llegó a producirse, ya que Sosa murió antes de llegar a La Antigua y Pedrarias siguió como gobernador interino.

A principios de diciembre, toda Europa conocía ya las tesis de Lutero, que se habían convertido en la comidilla del momento. En Italia, Gian Pietro Carafa, el obispo de Chieti, y un clérigo llamado Cayetano de Thiene, fundaron el oratorio de Amor divino, con la intención de reformar el clero.

Selim I
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