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EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA

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El 17 de abril de 1492, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón firmaron las Capitulaciones de Santa Fe, por las que se comprometían a financiar una expedición a las Indias por Occidente capitaneada por don Cristóbal Colón, que recibía, con carácter hereditario, los títulos de Almirante de la Mar Océana, gobernador y virrey de todas las tierras que descubriese, así como el derecho a la décima parte de todos los beneficios que generaran sus descubrimientos, entre otras muchas prerrogativas.

Los franciscanos de la Rábida presentaron a Colón a Martín Alonso Yáñez Pinzón, un navegante de Palos, adinerado, que tenía ciertas obligaciones para con la corona castellana, probablemente debido a algunas actividades pasadas de piratería. Poco antes había estado en Roma, visitando a un amigo cosmógrafo que servía al Papa Inocencio VIII, el cual le había informado de que "aún había tierras por descubrir". Esto había impresionado a Martín, que ahora acogía con entusiasmo el proyecto de Colón.

Fueron contratadas dos carabelas del puerto de Palos, la Pinta y la Niña, a las que se unió una nao, la Gallega, rebautizada como la Santa María, construida en unos astilleros cántabros y que era propiedad de Juan de la Cosa, un navegante experimentado que había participado en numerosas expediciones a la costa occidental de África. Se acordó que Colón iría al mando de la Santa María, en la que embarcó también Juan de la Cosa como maestre (el segundo oficial). La Pinta quedó bajo las órdenes de Martín Alonso Pizón, que llevó como maestre a su hermano Francisco, mientras que un tercer hermano, Vicente, iría al frente de la Niña.

La tripulación de la Santa María constaba de un centenar de hombres, mientras que las dos carabelas llevaban unos veinticinco cada una. Todos eran originarios de la costa andaluza, excepto tres italianos, un portugués y unos diez vascos y gallegos llegados con la Santa María. También embarcaron el escribano Rodrigo de Escobedo, el veedor real Rodrigo Sánchez de Segovia, así como un intérprete conocedor del árabe y el hebreo. Además, Colón llevaba unas credenciales para entregar al gran kan.

La expedición partió del puerto de Palos el 3 de agosto, media hora antes del alba, con rumbo a las Canarias, que, según los cálculos de Colón, se encontraban en la misma latitud que Cipango. El 9 de agosto llegaron a Gran Canaria, donde se reparó el timón de la Pinta y se cambió el velamen de la Niña.

Ese mismo mes murió el Papa Inocencio VIII, y fue sucedido por el cardenal Rodrigo Borja, que adoptó el nombre de Alejandro VI. Por esta época, media Roma vivía del Vaticano. Con motivo de la investidura de Alejandro VI, los romanos levantaron un arco de triunfo en el que se leía la inscripción:

La Roma de los césares fue grande, ésta de los Papas lo es más; aquéllos eran emperadores, éstos son dioses.

La rama italiana de la familia Borja había adaptado su apellido a la ortografía italiana, por lo que es más conocidda como la familia Borgia (que en italiano se pronuncia igual que Borja en catalán). No obstante, Alejandro VI y sus hijos, César, Juan, la joven Lucrecia, que tenía entonces doce años, y Jofre, de once, seguían hablando entre ellos en catalán, como lo atestigua su correspondencia. César aún no había cumplido los veinte años, pero su padre lo ascendió de obispo de Pamplona a arzobispo de Valencia, y lo nombró cardenal. A su vez, Juan, el duque de Gandía, fue nombrado duque de Benevento y capitán general de los ejércitos papales. La madre de todos ellos, Vanozza Catanei, no fue nunca admitida en el Vaticano. La amante del Papa era ahora Giulia Farnesio, la institutriz de Lucrecia, que pertenecía a una familia aristocrática, aunque arruinada. Tras mudarse al Vaticano, Alejandro VI encargó al Pinturicchio la decoración de seis salas correspondientes a sus aposentos personales.

El 6 de septiembre Colón reanudó su travesía y, después de navegar tres días con vientos desfavorables, sus tres naves dejaron atrás las Canarias y se adentraron en el océano. Delante iba la Pinta, que era la más rápida de las tres.

Colón calculaba día a día la distancia recorrida y anotaba todo en su diario personal, mientras que en el diario oficial anotaba cifras menores, que eran las que comunicaba a la tripulación por si las Indias estuvieran un poco más lejos de lo que él había predicho. No obstante, sus estimaciones eran bastante pobres y sucede que las cifras oficiales teóricamente falseadas eran más aproximadas que las que el Almirante de la Mar Océana tenía por ciertas. Tuvo la suerte de contar con condiciones atmosféricas propicias, pues el mar estuvo en calma durante todo el viaje y los vientos fueron favorables.

A finales de mes los vientos fueron más flojos y la tripulación empezó a ponerse nerviosa. Cada vez había más voces que sugerían dar media vuelta. Colón recurrió a mil y una tretas para convencer a sus hombres de que todo iba bien. Una vez recogió un cangrejo del mar y explicó que era síntoma de que la tierra estaba cerca, pues los cangrejos nunca se alejan mucho de la costa (dato zoológico conocido por todos menos por los propios cangrejos). Empleó el mismo truco con las ballenas y llamó descaradamente vencejos y golondrinas a las gaviotas que se divisaban en el cielo. Un día, la tripulación vio aterrada cómo la brújula se volvía loca y giraba sin cesar. Colón explicó que ello se debía a una aproximación anómala, pero no peligrosa, de la estrella polar, pero algunos marineros, hartos ya de tanta tomadura de pelo, decidieron echarlo por la borda y regresar. La situación se resolvió en gran parte por la habilidad de los hermanos Pinzón.

El 6 de octubre Martín Alonso Pinzón propuso cambiar el rumbo hacia el sur, pero Colón, de acuerdo con sus cálculos, se negó a ello. En ese momento la Pinta dio a la Santa María la señal convenida para indicar el avistamiento de tierra, pero fue un error. La tensión en los barcos iba en aumento.

El 8 de octubre divisaron una bandada de aves que se dirigía hacia el sur, y Colón no tuvo más remedio que tragarse su orgullo y cambiar el rumbo atendiendo a la sugerencia de Martín Alonso Pinzón. Sin saberlo, con ello evitó ser arrastrado por la corriente del Golfo, que habría alejado a sus barcos de tierra firme.

El 11 de octubre, a las ocho de la mañana, recogieron del mar una caña, un palillo labrado con hierro y un matojo de hierbas. Entre la tripulación cundió el entusiasmo cuando Colón comunicó el hallazgo. El almirante recordó que los reyes habían prometido diez mil maravedíes al primero que avistara tierra. Dos horas antes de media noche, Colón afirmó haber visto una luz en la lejanía. Así se lo comunicó al contramaestre, Pedro Gutiérrez, que salió corriendo a avisar al veedor, pero cuando éste llegó ya había desaparecido la luz, y no pudo dar fe del acontecimiento.

Fue a la mañana siguiente, es decir, el 12 de octubre, cuando el vigía de la Pinta avistó tierra por primera vez. El vigía era Juan Rodríguez Bermejo, más conocido como Rodrigo de Triana, y la tierra que divisó era una islita a la que los indígenas llamaban Guanahaní, pero que Colón, viendo en ella su salvación, bautizó como San Salvador. Tras desembarcar, Colón tomó posesión de la isla en nombre de Fernando II e Isabel I. Algunos indígenas acudieron a curiosear mientras Rodrigo de Escobedo y Rodrigo Sánchez de Segovia daban fe del acto jurídico; después, todos los que habían desembarcado saludaron a Colón como almirante y virrey de las Indias; a continuación Rodrigo de Escobedo notificó a los indígenas presentes que acababan de convertirse en súbditos de los reyes de Castilla y, como se lo notificó en castellano, los afectados no presentaron ninguna objeción. Los afectados eran lucayos, pero fueron tomados por indios, ya que, según los cálculos de Colón, vivían en las Indias. Ese día, Colón anotó esto en su diario sobre ellos:

Ellos andan todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres, aunque no vide más de una harto moza. Y todos los que yo vide eran todos mancebos, que ninguno vide de edad de más de treinta años: muy bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas caras. Los cabellos gruesos cuasi como sedas de cola de caballo, e cortos. Los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos pocos detrás, que traen largos, que jamás se cortan. Dellos se pintan de prieto y dellos son de la color de los canarios, ni negros ni blancos y dellos se pintan de blanco, dellos de colorado y dellos de lo que hallan y dellos se pintan las caras y dellos todo el cuerpo y dellos sólo los ojos y dellos sólo la nariz. Ellos no traen armas ni las conocen, porque les mostré espadas y las tomaban por el filo y se cortaban por ignorancia. No tienen ningún tipo de hierro. [...] Yo vi algunos que tenían señales de heridas en sus cuerpos y les pregunté por señas qué era aquello, y ellos me mostraron cómo allí venía gente de otras islas que estaban cerca y les querían tomar y se defendían. Y yo creí y creo que aquí vienen de tierra firme a tomarlos por cautivos. Ellos deben ser buenos servidores y de buen ingenio, pues pronto repiten todo lo que se les enseña a decir y creo que fácilmente se harían cristianos, pues me pareció que ninguna secta tenían. Yo, placiendo a Nuestro Señor, llevaré de aquí al tiempo de mi partida seis a Vuestra Alteza para que aprendan a hablar. No vi ninguna clase de animal, salvo papagayos, en esta isla.

El 13 de octubre Colón escribió:

Luego que amaneció vinieron a la playa muchos de estos hombres, todos mancebos como dicho tengo. [...] Ellos vinieron a la nao con almadías [canoas] que son hechas del pie de un árbol, como un barco luengo y todo de un pedazo y labrado muy a maravilla según la tierra, y grandes, pues en algunas de ellas venían cuarenta o cuarenta y cinco hombres, y otras más pequeñas, hasta haber algunas en que venía un solo hombre. Remaban con una pala como de hornero y anda a maravilla y si se les trastorna, luego se echan todos a nadar y la enderezan y vacían con calabazas que traen ellos. Traían ovillos de algodon filado y papagayos y azagayas y otras cositas que sería tardío de escribir y todo daban por cualquier cosa que se les diese. Y yo estaba atento y trabajaba de saber si había oro y vi que algunos de ellos traían un pedazuelo colgado en un agujero que tienen a la nariz, y por señas pude entender que yendo al sur o volviendo la isla por el sur que estaba un gran rey que tenía grandes vasos de ello, y tenía muy mucho. Trabajé que fuesen allá y después vide que no entendían la idea. Determiné de aguardar fasta mañana en la tarde y después partir para el sudeste, que según muchos de ellos me enseñaron decían que había tierra al sur y al sudueste y al norueste, y que estas gentes del norueste les venían a combatir muchas veces, y así ir al sudueste a buscar el oro y las piedras preciosas. [...] Agora como fue noche todos se fueron a tierra con sus almadías.

De acuerdo con que había decidido, Colón dejó San Salvador el 14 de octubre. Previamente rodeó la isla, y pudo comprobar que su popularidad iba en aumento:

En amaneciendo mandé aderezar el batel de la nao y las barcas de las carabelas y fui al luengo de la isla, en el camino del nordeste, para ver la otra parte, qué era de la otra parte del este, qué había y también para ver las poblaciones, y vide luego dos o tres y la gente que venían todos a la playa llenándonos y dando gracias a Dios. Los unos nos traían agua, otros cosas que comer; otros, cuando veían que yo no curaba de ir a tierra, se echaban a la mar nadando y venían y entendíamos que nos preguntaban si éramos venidos del cielo. Y vino uno viejo en el batel dentro y otros a voces grandes llamaban todos hombres y mujeres: "Venid a ver a los hombres que vinieron del cielo, traedles de comer y beber". Vinieron muchos y muchas mujeres, cada uno con algo, dando gracias a Dios, echándose al suelo y levantando las manos al cielo y después a voces nos llamaban que fuésemos a tierra.

Desde San Salvador Colón visitó otras dos pequeñas islas, a las que llamó Fernandina e Isabela, en honor a los reyes, y el 28 de octubre encontró una isla de grandes dimensiones a la que llamó Juana, si bien los indígenas la llamaban Cobba, y este nombre, deformado en Cuba, fue el que al final prevaleció. Estaba habitada por tres pueblos: en la parte occidental estaban los guanajatabeys, pueblo primitivo y nómada, en el centro estaban los ciboneys, de cultura neolítica basada en la agricultura y la pesca, y en la parte oriental estaban los taínos, que habían llegado a la isla recientemente.

El 21 de noviembre Martín Alonso Pinzón se separó de las otras dos naves para explorar por su cuenta. A principios de diciembre Colón llegó a otra isla de gran tamaño a la que llamó La Española, aunque los indígenas la llamaban Haití. Al interior de la isla lo llamaban Cibao, de lo que el almirante dedujo que habían llegado a Cipango. Pronto comprendió su error, desilusión compensada por un interesante descubrimiento: allí había oro. Los indígenas eran pacíficos y no era difícil convencerlos para que lo cambiaran por baratijas.

La noche del 24 de diciembre la Santa María encalló en unos arrecifes. Ante la imposibilidad de poner a flote la nao, la tripulación se trasladó a la Niña. Colón, tal vez movido por los celos, acusó a Juan de la Cosa de haber hundido su nave intencionadamente. (De vuelta a Castilla, las acusaciones del almirante no pudieron ser probadas y la corona indemnizó a Juan de la Cosa por la pérdida de su barco.) Con los restos de la Santa María construyeron un fuerte que, por la fecha, recibió el nombre de Fuerte Navidad. El 3 de enero de 1493 Colón dejó treinta y nueve hombres en La Española y se dispuso a regresar a Castilla. Martín Alonso Pinzón debería haberse reunido ya con él y no aparecía. Colón empezó a sospechar que le había traicionado y que había decidido continuar por su cuenta la expedición, pero la Pinta y la Niña se encontraron el 6 de enero y Martín no parecía tener ninguna intención de traicionar a nadie. A pesar de ello, el recelo de Colón enfrió la relación entre ambos. Martín trató de retrasar el regreso para continuar con las exploraciones, pero acató la negativa tajante del genovés.

El rey Carlos VIII de Francia pretendía hacer efectivo su título de rey de Nápoles, que de momento era meramente nominal. Antes de atacar al rey Fernando I, se preocupó de asegurarse el apoyo o, al menos, la neutralidad de las principales potencias europeas. El 19 de enero firmó con el rey Fernando II de Aragón el tratado de Barcelona, por el que devolvía los condados de Rosellón y Cerdaña, que su padre había ocupado durante la guerra civil aragonesa, mientras que Fernando II se comprometía a no hacer ninguna alianza contra Francia salvo a lo sumo con el Papa.

Un nuevo error de cálculo de Colón hizo que la expedición no entrara en la zona de los alisios, que hubiera dificultado el regreso. El 13 de febrero una tempestad separó las dos carabelas. La Pinta fue la primera en llegar a puerto, en Galicia, mientras que la Niña llegó a las Azores con grandes dificultades, el 4 de marzo alcanzó la costa de Portugal y poco después llegó a Lisboa. Mientras la tripulación reparaba la nave, Colón se entrevistó con el rey Juan II, que lo recibió ceremoniosamente y disimuló su disgusto con toda la deportividad de la que supo hacer gala. Tras oír la relación del viaje, el monarca portugués reclamó la posesión de todas las tierras descubiertas en virtud de una interpretación muy generosa del tratado de Alcáçobas, que, desde su punto de vista, asignaba a Portugal el monopolio de la navegación hacia Oriente. En cualquier caso, no era con Colón con quien tenía que discutir eso, y el 13 de marzo la Niña abandonó Lisboa. Llegó al puerto de Palos al día siguiente, el 14 de marzo. Su entrada fue triunfal. Pocos días después llegó a Palos la Pinta. Martín Alonso Pinzón estaba enfermo y no tardó en morir.

A finales de abril, Colón fue recibido por Fernando II e Isabel I en Barcelona, donde les presentó los indios que había traído consigo, los papagayos, el oro, etc. El almirante de la mar océana fue tratado como un rey.

En ese momento se encontraba en Barcelona un navegante italiano llamado Giovanni Caboto. Tenía algo más de cuarenta años. Era genovés de nacimiento, pero desde los once años vivió en Venecia. Luego había realizado viajes por el Mediterráneo oriental y había residido en Sevilla, Lisboa y Valencia. Enterado de la aventura de Colón, decidió imitarlo, si bien para ello tenía que buscar un patrocinador muy alejado de Castilla. Por ello marchó al puerto inglés de Bristol y empezó a relacionarse con los navegantes locales, planteando la idea de navegar hacia el oeste, como Colón.

La entrevista obligada entre los reyes Fernando II de Aragón y Juan II de Portugal no se hizo esperar. Sus posturas eran irreconciliables: Juan II esgrimía que el tratado de Alcáçovas le otorgaba las islas descubiertas por Colón, mientras que Fernando II entendía que dicho tratado sólo concecía a Portugal la exclusividad de la navegación hacia Oriente por la ruta africana. Puesto que Juan II apelaba también a otras bulas papales anteriores, no pudo negarse a aceptar la intercesión de Alejandro VI.

Alonso Fernández de Lugo había logrado la adhesión de uno de los jefes guanches de la isla de Tenerife, el mencey Añaterve, y en mayo atacó la isla, pero la mayoría de la población ofreció resistencia acaudillada por el mencey Bencomo. 

El 3 de mayo el Papa promulgó las bulas Inter caetera y Eximiae deuotionis. En la primera reconocía a Castilla la soberanía de todas las tierras descubiertas por Colón. La segunda tenía esencialmente el mismo contenido, pero estaba expresamente dirigida a Juan II y le hacía ver que estaba siguiendo con Castilla la misma política que el papado había seguido con Portugal en ocasiones anteriores, es decir, la de conceder a cada cual lo que ya tenía de hecho. La bula Inter caetera llegó a Barcelona el 28 de mayo, y el Papa no tardó en conocer la decepción que produjo en ambas partes. En efecto, el gran problema no era a quién correspondían las islas descubiertas recientemente por Colón, sino a qué debía atenerse cada reino en materia de exploraciones. Sin una resolución más precisa, los futuros descubrimientos no tardarían en provocar una guerra entre Castilla y Portugal. Por ello, en junio, Alejandro VI redactó una nueva versión de Inter caetera, a la que puso la misma fecha del 3 de mayo, y en la que estableció la llamada línea de demarcación, una línea imaginaria de polo a polo que pasaba a cien leguas al oeste de las Azores. Estipuló que los territorios descubiertos al oeste de dicha línea pertenecerían a Castilla y los situados al este serían de Portugal.

Esta sentencia era curiosa, tanto en la teoría como en la práctica. En teoría, alguien podría haberse preguntado quién daba derecho al Papa a repartir el mundo (no europeo) entre dos reinos, sin que contara para nada lo que pudieran opinar los habitantes de los territorios repartidos; pero probablemente nadie se lo preguntó, ya que, en esa época, la respuesta era obvia: Dios. En la práctica, el Papa parecía ser el único europeo supuestamente culto que no había caído en la cuenta de que la Tierra es esférica, pues cualquiera que fuera consciente de ello tendría que haber entendido que un meridiano no divide nada: Castilla podía llegar a cualquier punto de la Tierra navegando hacia el oeste y Portugal hacer lo propio navegando hacia el este.

Alejandro VI casó a su hija Lucrecia con Giovanni Sforza, señor de Pésaro, y nombró cardenal a Alessandro Farnesio, el hermano de su amante, Giulia Farnesio.

Mientras tanto, ajeno a que sus dominios habían sido adjudicados a Castilla, moría Túpac Inca Yupanqui. Había incorporado al imperio a casi todos los pueblos andinos herederos de antiguas culturas, y finalmente había topado con pueblos demasiado primitivos para que pudieran asimilar la sofisticada estructura social incaica. Se dice que un inca decretó que dejasen en su barbarie a aquellas gentes que no quisieran servirle de buen grado, pues más perderían ellas por no tenerle por señor que él por no gobernarlas. Sin embargo, lo cierto es que los incas, cuando un pueblo no se sometía por la buenas, lo conquistaban mediante sangrientas batallas en las que morían miles de hombres. Así que muy bárbaro tenía que ser un pueblo para que el Inca, como la zorra de la fábula, considerara que las uvas estaban verdes. Ése fue el caso de los araucanos, al sur, o los Chirihuanaj, al este, ante quienes los ejércitos incas no pudieron hacer otra cosa que retirarse diezmados. Los incas dividían sus dominios en cuatro partes o suyus correspondientes con los cuatro puntos cardinales: el Chinchasuyu al norte, el Collasuyu al sur, el Antisuyu al este y el Cuntisuyu al oeste. La totalidad del imperio era conocida como el Tahuantinsuyu.

A Túpac Inca Yupanqui se le atribuyen diversas reformas administrativas, como la división decimal de la población: Los purics (hombres en edad de trabajar) estaban distribuidos en grupos de diez, bajo la dirección de un camayoc. A su vez, estos grupos se distribuían en grupos de cien hombres, bajo la dirección de un pachaca-curaca, y cada diez de estos grupos estaban bajo la dirección de un curaca. Por último, una tribu estaba formada por diez mil hombres, bajo la dirección de un hono-curaca. Estas divisiones permitieron la elaboración de un censo fiable y la cuidadosa recaudación de la mita, el impuesto en trabajo que los hombres pagaban al inca. También fue Túpac Inca Yupanqui quien decretó la regulación definitiva del reparto de tierras, ganado y trabajo: la tercera parte de la tierra y del ganado pertenecía al imperio, la tercera parte a los sacerdotes y la tercera parte se distribuía entre las familias. Similarmente, cada puric debía trabajar un tercio del tiempo las tierras imperiales, un tercio las sacerdotales y un tercio las que le habían sido asignadas para su sustento. Y esto al margen de los periodos de tiempo en que era reclamado para colaborar en las obras públicas o para el servicio militar. Además, Túpac Inca Yupanqui instituyó los yanaconas (siervos del imperio) y las acllas (doncellas consagradas al Sol que, en la práctica, eran concubinas legales del soberano).

En los últimos años de su reinado, Túpac Inca Yupanqui se retiró a Cuzco, donde edificó la inmensa fortaleza de Sacsahuamán, destinada a defender la ciudad. Escogió como sucesor a su hijo Titu Cusi Hualpa, que adoptó el nombre de Huayna Cápac. Era menor de edad y hubo dos intentos de derrocarlo, uno por parte de un hermanastro y otro por parte de un regente.

Los porgugueses iniciaron la colonización de las islas de Santo Tomé y Príncipe. Los colonos llevaron esclavos que dedicaron al cultivo de la caña de azúcar.

El 8 de junio Alonso Fernández de Lugo, rechazado por los guanches, tuvo que abandonar Tenerife y regresar a Gran Canaria. Se llevó, no obstante, un buen número de prisioneros que vendió como esclavos.

Las condiciones de rendición del reino de Granada no estaban siendo respetadas. Los nobles musulmanes se vieron hostigados por los nuevos señores cristianos, y muchos no vieron mejor opción que exiliarse. Fue el caso de propio Boabdil, que fue desterrado a Andarax por los reyes y desde aquí decidió marcharse a Marruecos acompañado de numerosas familias. Otras familias nobles prefirieron convertirse al cristianismo para permanecer en sus tierras. Cuenta la tradición que cuando Boabdil dirigió la última mirada a Granada rompió a llorar, y su madre le increpó: "Llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre."

El rey Juan I de Polonia reformó el gobierno del país, que adoptó un sistema parlamentario bicameral. Tras la asamblea de Piotrków, la dieta general estaba formada por un senado (antiguo consejo real) y una cámara de nuncios, formada por diputados de la nobleza y de las ciudades.

El 20 de septiembre Cristóbal Colón zarpó de Cádiz con rumbo a las Indias al frente de una flota de diecisiete barcos tripulados por unos mil quinientos hombres. Su misión era la evangelización de los indios, pero en la comitiva figuraban unos doscientos nobles más interesados en el oro que en redimir almas. Una de las carabelas fue capitaneada por Alonso de Ojeda, que había conocido a Colón cuando servía al duque de Medinaceli. Ojeda convenció al almirante para que admitiera en la expedición a Juan de la Cosa en calidad de cartógrafo.

A mediados de octubre dejaron atrás las Canarias y llegaron a su destino en menos tiempo que en el viaje anterior. Tocaron tierra en una isla que Colón bautizó como Dominica, y desde allí avanzaron hacia el noroeste recorriendo un arco de islas a las que el almirante fue bautizando: María Galante, Guadalupe, etc.

El archipiélago que estaba explorando Colón es el que hoy se conoce como las Antillas, aunque este nombre no se lo puso Colón, sino que les fue aplicado por los geógrafos unos años más tarde. El nombre deriva de Antilia, una de las islas legendarias que poblaban el océano atlántico según la tradición medieval.

Los primeros habitantes debieron de llegar al archipiélago, procedentes del norte, unos tres mil quinientos años atras, y sus descendientes debían de ser los primitivos ciboneys que Colón había encontrado en Cuba. A principios de la era cristiana llegó desde el sur un pueblo más avanzado, los arawak, que conocía la agricultura, pero no la metalurgia. Pronto se dividió en varias etnias: los iñeri ocuparon las islas meridionales, los taíno las septentrionales y los lucayos habían pasado al archipiélago de las Bahamas, situado más al norte (al cual pertenece la isla de San Salvador, la primera que encontró Colón en su primer viaje). Los ciboneys quedaron dispersos en pequeños grupos aislados. Todos estos pueblos eran, por lo general, pacíficos, pero las cosas cambiaron a principios de siglo, cuando irrumpió un nuevo pueblo muy belicoso, también procedente del sur: los caribes, que ocuparon algunas de las islas desplazando a los arawaks. Desde sus dominios hacían frecuentes incursiones a las islas vecinas, si bien nunca habían llegado a imponer ninguna clase de autoridad a los arawak.

De este modo, en su segundo viaje Colón trabó contacto por primera vez con los caribes, que no lo consideraron un enviado del cielo, sino un enemigo, y se produjeron enfrentamientos. El 19 de noviembre llegaron a una isla de mayores dimensiones que los indígenas llamaban Borinquen, y que Colón cambió a San Juan Bautista. Luego llegaron a Fuerte Navidad, en La Española, o a lo que quedaba de él, pues había sido arrasado y sus pobladores estaban todos muertos. En su lugar Colón erigió una ciudad a la que llamó La Isabela, regida por un consejo de gobierno nombrado por el virrey, es decir, por él mismo. Desde allí envió doce barcos a Castilla cargados con oro, falsas especias, pájaros exóticos y veintiséis indios.

Como ya había advertido en su primer viaje, en el centro de la isla, en la sierra de Cibao, había vetas de oro. Colón construyó allí el fuerte de Santo Tomás y comenzó a explotarlas. Naturalmente, "construyó" es una forma de hablar, porque el trabajo pesado lo hacían los indios, quisieran o no. Los recién llegados no tuvieron dificultades en reducirlos a la esclavitud, en parte gracias a las armas de fuego y a su experiencia militar, aunque también ayudaron bastante las creencias peregrinas de los indígenas, que tendían a divinizar a sus opresores. A pesar de todo, los trabajos de naturaleza más técnica no podían ser confiados a los indios, y muchos colonos no digirieron bien el tener que trabajar con un clima y alimentación tropicales, a los que no estaban acostumbrados. Pronto surgió el malestar entre ellos.

Por otra parte, los colonos eran hombres, y entre los indígenas había aproximadamente un cincuenta por ciento de mujeres. Este par de observaciones tiene una consecuencia obvia y otra no tan obvia: la segunda fue que las mujeres indígenas hicieron un regalo inesperado a los advenedizos al transmitirles la sífilis, una enfermedad desconocida en Europa que entre los indígenas no era especialmente grave, pero que entre los occidentales empezó a causar estragos (y que no tardó en cruzar el océano con ellos). Claro que, compitiendo en cortesía, los colonos correspondieron con un presente similar: transmitieron a los indios la viruela, enfermedad para la que ocurría lo contrario: a los europeos les afectaba poco, pero entre los indios era una plaga. Además, la viruela se contagia mucho más fácilmente que la sífilis.

La conquista de Granada
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