HISTORIA











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EL FIN DE LOS TEMPLARIOS

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En 1305 murió el rey Venceslao II de Bohemia y de Polonia, que fue sucedido por su hijo Venceslao III. No obstante, los polacos aprovecharon la ocasión para oponerse a la poderosa burguesía alemana que les había impuesto a Venceslao II y eligieron su propio duque: Ladislao Lokietek, con lo que Venceslao III se encontró con una doble oposición, la de Lokietek en Polonia y la del angevino Carlos Roberto en Hungría. Considerando que eran demasiados enemigos, decidió renunciar a la corona húngara en favor del duque Otón III de la Baja Baviera, pero Venceslao III murió asesinado en 1306. No dejó descendencia. El marqués Enrique de Carintia se proclamó rey de Bohemia, pero finalmente el emperador Alberto I logró que el título pasara a su hijo Rodolfo III, el duque de Austria. Ese mismo año Rodolfo III se casó con Isabel, una hermana de Venceslao II. Por su parte, Otón de Baviera siguió luchando contra Carlos Roberto en Hungría, y Ladislao Lokietek trataba de hacerse reconocer como duque de Polonia por la nobleza polaca, mientras el país se fraccionaba.

Robert Bruce asesinó al regente John Comyn, y en marzo se hizo coronar rey de Escocia (Roberto I). Pronto controló el suroeste del territorio.

El rey de Suecia Birger Magnusson tenía ya veintiséis años, pero el mariscal Torgils Knutsson no había abandonado la regencia. Erik y Valdemaro, los hermanos del rey, se rebelaron contra Torgils y lo hicieron ejecutar. Birger los hizo encerrar en una torre.

El rey Jaime II de Aragón logró que los genoveses liberaran a Berenguer d'Entença. Éste se reunió con el Papa Clemente V para intentar convencerlo de que organizada una cruzada (con la descarada intención de atacar, no a los musulmanes, sino a los bizantinos). El Papa se negó y entonces el catalán vendió todos sus bienes, marchó de nuevo a Oriente y se presentó en Gallípoli al frente de quinientos almogávares. La ciudad seguía bajo el mando de Ramon Muntaner, que en julio resistió el ataque de la flota genovesa, dirigida por Antonio Spinola.

También Ramon Llull, a su regreso de un viaje por Chipre y Armenia, trató de convencer a Clemente V para que llevara adelante su proyecto de una cruzada evangélica, pero tampoco esta vez consiguió nada y volvió a París. En 1307 marchó de nuevo a predicar, esta vez al norte de África, donde fue atropellado por la multitud y encarcelado. Luego fue desterrado, y la nave que lo transportaba naufragó frente a la costa de Pisa. Llegó a tierra abrazado a un madero.

El rey de Bulgaria, Teodoro Svetoslav, aprovechó los estragos que los almogávares estaban haciendo en el Imperio Bizantino para obligar al emperador Andrónico II a cederle varios territorios. Sin embargo, la presión de los almogávares disminuyó considerablemente a raíz de sus disputas internas: Berenguer d'Entença y Bernat de Rocafort protagonizaron una dura lucha por el liderazgo. El conflicto terminó cuando llegó a Gallípoli el infante Fernando de Mallorca, hijo del rey Jaime II de Mallorca, como representante del rey Federico II de Sicilia (muy interesado, como era de esperar, por el éxito arrollador que estaban teniendo sus soldados). Se organizó entonces un ataque a Tracia, pero los partidarios de uno y otro jefe empezaron a pelear entre sí durante la marcha. Acabó produciéndose un enfrentamiento abierto y, antes de que Fernando pudiera imponer su autoridad, Berenguer d'Entença fue asesinado. Entonces Bernat de Rocafort le disputó el mando a Fernando, y consiguió conservar el liderazgo a costa de negar que los almogávares estuvieran al servicio de Federico II. En su lugar, se declaró al servicio de Carlos de Valois, que a la sazón tenía el título de emperador latino de Oriente (título que no tardaría en perder, pues su esposa, la Emperatriz Catalina de Courtenay, murió ese mismo año y la nueva Emperatriz pasó a ser la hija de ambos, Catalina de Valois, de seis años de edad). Ramon Muntaner se había mostrado partidario de Fernando de Mallorca, así que, tras el triunfo de Rocafort consideró prudente volver a Occidente, pero fue apresado por Tibaut de Cepoy, el representante en Oriente de Carlos de Valois. Por su parte, Fernando de Mallorca cayó prisionero de Gualterio de Brienne, el duque de Atenas.

El rey Carlos II de Nápoles había cedido el principado de Morea a Isabel de Villehardouin, pero ahora se retractó y se lo cedió a su cuarto hijo, Felipe de Tarento.

El conde Roberto de Borgoña cumplió los siete años de edad, pero tenía dos hermanas, Juana y Blanca, de dieciséis y once años, que se casaron respectivamente con Felipe y Carlos, hijos del rey Felipe IV de Francia. Éste reconoció a Juana como condesa de Borgoña (Juana I) y así el título pasó a su marido, Felipe, sin que el joven Roberto pudiera hacer nada para defender sus derechos.

Ese año murió el rey Eduardo I de Inglaterra y fue sucedido por su hijo Eduardo II. Carecía del férreo carácter de su padre y dejó el gobierno en manos de favoritos. Esto benefició a los independentistas escoceses: el rey Roberto I ganó a la Iglesia para su causa.

También murió Rodolfo III, el rey de Bohemia y duque de Austria. No dejó descendencia, y esta vez Enrique de Carintia tuvo más éxito y se convirtió en el nuevo rey de Bohemia. El ducado de Austria lo heredó Federico I, hermano de Rodolfo III.

Los mamelucos ejecutaron al rey León IV de Armenia, que fue sucedido por su tío Oshin I.

El rey Dionisio de Portugal fundó la universidad de Coimbra.

El Imperio de Mali pasó al más famoso de sus gobernantes: Congo Musa. Se cuenta que su predecesor, mansa Abucar, insatisfecho con el resultado de la expedición que había enviado a los confines del océano Atlántico, se puso él mismo al frente de una nueva expedición, esta vez con cuatro mil navíos, y que nunca se volvió a saber de él.

Pero el acontecimiento más notable del año lo protagonizó el hombre más poderoso de Europa: el rey Felipe IV de Francia. Aunque sus drásticas medidas fiscales casi habían duplicado los ingresos del estado, el monarca seguía escaso de dinero. No puede acusársele de derrochador. Lo que sucedía era que estaba convirtiendo a Francia en el primer país con un auténtico gobierno central, y eso costaba mucho dinero. El año anterior había expulsado a los judíos para apropiarse de sus riquezas, pero esta medida no bastó para resolver un delicado problema: el monarca debía una importante suma de dinero a los templarios.

Los templarios se habían convertido en la entidad financiera más importante de Europa. Desde que fue creada la Orden, habían recibido tantos donativos que en poco tiempo habían reunido un capital considerable, y no tardaron en encontrar la forma de rentabilizar sus activos. Cuando un hombre acaudalado iba a emprender un viaje, no era prudente que llevara consigo grandes sumas de dinero. En su lugar, entregaba a los templarios la cantidad que deseaba transportar y éstos le entregaban un recibo, que luego podía canjear en cualquiera de las innumerables sedes que la Orden tenía distribuidas de un extremo a otro de Europa (descontando, naturalmente, un porcentaje por el servicio). Aunque la religión católica prohibía la usura, el gran prestigio de que gozaba la Orden del Temple le permitió ejercerla con la máxima eficacia: alguien mínimamente poderoso podía dejar de pagar a un prestamista judío con la excusa de que era un perro judío, pero nadie se atrevía a dejar de cumplir un compromiso con los arrogantes templarios... hasta que el apurado fue Felipe IV.

Ciertamente, ni siquiera el gran Felipe IV, ante cuya majestuosa presencia todos temblaban, podía dejar de pagar su deuda sin más. Había que hacer las cosas a lo grande. Su plan era acabar con el Temple como había acabado con Bonifacio VIII. De hecho, encargó el asunto a Guillaume de Nogaret, el mismo que se había encargado de doblegar al Papa. El gran maestre de los templarios era a la sazón Jacques de Molay, que a sus sesenta y cuatro años se encontraba en Chipre.

El punto débil de los templarios era que formaban una sociedad secreta. Nadie sabía a ciencia cierta en qué consistían sus ceremonias y rituales, y cuando la gente no sabe algo, está dispuesta a creer lo que le cuenten. Felipe IV pensaba lanzar contra la Orden una campaña de desprestigio similar a la empleada contra Bonifacio VIII, pero no era conveniente hacerlo mientras de Molay estuviera fuera del país, pues entonces tendría la oportunidad de defenderse. Por ello Felipe IV y el Papa Clemente V invitaron a Francia a las principales autoridades del Temple para discutir, supuestamente, la organización de una nueva cruzada. Los caballeros acudieron sin sospechar nada, y el 13 de octubre los funcionarios del rey apresaron por sorpresa a todos los templarios que encontraron, incluido el gran maestre. No hubo resistencia ni huidas. Inmediatamente, la Santa Inquisición inició un proceso contra los detenidos que, debidamente torturados, confesaron toda clase de delitos: practicaban el culto a un ídolo, escupían sobre la cruz en los rituales de admisión, se entregaban obligatoriamente a la sodomía, etc.

De Molay defendió a la Orden del Temple ante el Papa Clemente V, que protestó por la actitud del rey y la irregularidad del proceso, y en noviembre consiguió que le fueran confiados los inculpados, pero Felipe IV reaccionó inmediatamente y logró que la investigación fuera asignada a unas comisiones pontificias controladas por él. Por supuesto, el rey se aseguró de que las confesiones de los caballeros del Temple se difundieran por toda Europa.

En diciembre el rey Jaime II de Aragón ordenaba al inquisidor general y a los obispos de Valencia y Zaragoza que actuaran contra los templarios, y en algunos casos las tropas del rey tuvieron que tomar por la fuerza algunos castillos.

Mientras tanto, Dante recorría el norte de Italia. Por esta época estaba terminando Il convivio (el banquete), un tratado filosófico en el que, glosando tres de sus canciones, expone doctrinas morales, científicas y políticas. Por otra parte, dejó inacabado un opúsculo en latín: De uulgari eloquentia, (sobre el habla vulgar), en el que analiza los distintos dialectos hablados en Italia con el fin de obtener una lengua común más apta para la expresión literaria que pudiera rivalizar con el latín. Evidentemente, su conclusión fue que el dialecto más adecuado a tales fines era el de su tierra natal, el toscano.

Unos amigos de Dante encontraron en un armario un manuscrito que el poeta había olvidado en Florencia cuando fue forzado a abandonar la ciudad, y se apresuraron a enviárselo. Dante pensaba que esos papeles habrían sido destruidos por sus enemigos, y al recibirlos dijo: "Había abandonado ya este proyecto de poema, pero, ya que la fortuna me ha devuelto estas páginas, probaré de recordar la idea que tenía, y acabarlo con ayuda de la Gracia". Y así retomó un trabajo que le iba a ocupar sin descanso durante el resto de su vida. Nunca llegó a ponerle título, pero actualmente se conoce como La Divina Comedia.

En 1308 murió el emperador Alberto I de Habsburgo, asesinado por su sobrino Juan (hijo del difunto duque Rodolfo II de Austria) mientras conducía su ejército en una campaña para someter los tres cantones suizos de Uri, Schwyz y Unterwalden.

También murió Jacobo, el senescal de Escocia, y fue sucedido por su hijo Walter.

Felipe IV de Francia trató de conseguir que su hermano Carlos de Valois fuera elegido emperador, pero Clemente V intentó escapar de las redes del monarca francés y apoyó a un candidato rival: el conde Enrique VII de Luxemburgo, que ahora pasó a ser el emperador Enrique VII. Ese año Felipe IV casó a su hija Isabel (de dieciséis años) con el rey Eduardo II de Inglaterra.

Finalmente, el angevino Carlos Roberto logró hacerse con el gobierno efectivo de Hungría y se convirtió en el rey Carlos I Roberto. Llevó al país las reformas que Felipe IV estaba implantando en Francia: derogó el antiguo sistema de tributación, por el que cada vasallo tributaba al señor que tenía inmediatamente por encima en la pirámide feudal, y en su lugar implantó una tributación directa a la corona; instituyó las monedas de oro acuñadas y garantizadas por el soberano; reformó la justicia; reorganizó el ejército y potenció el desarrollo económico del país fomentando el comercio, las explotaciones mineras y la llegada de colonos.

El Imperio Bizantino se estaba recuperando de las incursiones de los almogávares y logró incluso que el rey Teodoro Svetoslav de Bulgaria devolviera los territorios ocupados el año anterior.

Los caballeros hospitalarios trasladaron su sede central de Chipre a la isla de Rodas, por lo que desde entonces fueron conocidos también como Caballeros de Rodas.

En Brandeburgo, que había sido uno de los territorios alemanes más dividos, quedaban ya sólo dos margraves: Valdemaro, y Hermann, que murió y fue sucedido por su hijo Juan V. 

Ramon Llull terminó su Ars magna generalis ultima, en el que realizó un gran esfuerzo por exponer su sistema filosófico de la forma más clara posible y defenderlo de sus críticos.

El rey Muhammad III de Granada seguía una política vacilante e hipócrita entre Marruecos y Castilla. Su última jugada fue arrebatar Ceuta a los benimerines, que, enojados, decidieron aliarse con Fernando IV Castilla y Jaime II de Aragón para poner fin a las maquinaciones del nazarí. Ante esta amenaza, una revuelta palatina depuso a Muhammad III y lo sustituyó por su hermano Nasr, que hizo frente como pudo a los aliados. En 1309 un ejército castellanoaragonés, siguiendo una iniciativa de Guzmán el Bueno, tomaba Gibraltar. Luego los castellanos realizaron una incursión en el reino granadino que llegó cerca de su capital, y en la que Guzmán perdió la vida. Los aragoneses pusieron sitio a Almería mientras los castellanos hacían lo propio en Algeciras. Sin embargo, el rey Fernando IV fue traicionado por su tío, el infante Juan, y por su tío segundo, Juan Manuel, que lo abandonaron en pleno asedio. El rey tuvo que renunciar a la campaña y Nasr ofreció Ceuta y Algeciras a los benimerines a cambio de que abandonaran la guerra. En el asedio a Almería participaba Fernando de Mallorca, el hijo del rey Jaime II de Mallorca, que ya había sido liberado de su cautiverio en Atenas. Fernando IV casó a su hermana Beatriz con Alfonso, hijo del rey Dionisio de Portugal.

Por esta época se publicó una nueva versión, realizada por juristas anónimos, de las Siete partidas, el código legal unificado que Alfonso X el Sabio había tratado de imponer en su reino (fue ahora cuando se estructuró en siete libros, y de aquí viene su título), pero no fue presentado como leyes, sino como un texto doctrinal que pretende enseñar la naturaleza y filosofía del derecho, que debía ser respetado por todos.

Cuando el conde Roberto III de Artois cumplió los veintidós años reclamó el condado a su tía Matilde, que seguía ejerciendo de regente, pero Matilde logró el apoyo del rey Felipe IV de Francia, que la reconoció como titular del condado. Quizá Matilde trataba así de compensar a su hijo Roberto, que había perdido el condado de Borgoña cuando Felipe IV se lo concedió a su hermana Juana dos años atrás, pues ahora su hijo se convertía en el heredero de Artois. Igual que ocurrió con su primo, las protestas de Roberto III no sirvieron de nada.

El Papa Clemente V se había opuesto a Felipe IV en dos ocasiones: al apoyar la candidatura del emperador Enrique VII y al oponer resistencia al procesamiento de los templarios. No era eso lo que Felipe IV esperaba de él cuando lo nombró Papa y, de algún modo, se las arregló para hacérselo entender. Ese mismo año Clemente V trasladó su residencia a la ciudad francesa de Aviñón, en el condado de Tolosa, cerca de la frontera italiana.

Un primer grupo de templarios (que se habían negado a confesar sus delitos) fue condenado a la hoguera. Esto ayudó a otros a "sincerarse" ante la Santa Inquisición, entre ellos el propio Jacques de Molay, que finalmente sucumbió a las torturas y reconoció las acusaciones que se le imputaban a él y a su orden. Los inquisidores se apresuraron a comunicar a los otros prisioneros que su gran maestre había confesado, y esto a su vez multiplicó las confesiones.

Todavía vivía un compañero de armas del abuelo de Felipe IV, el rey san Luis. Era Jean de Joinville, antiguo senescal del conde Teobaldo IV de Champaña, que marchó con san Luis en la séptima cruzada, fue capturado con él, y años más tarde le dijo abiertamente que era un tonto por embarcarse en la octava cruzada, a la que se negó a acompañarlo. Ahora tenía ochenta y cinco años y terminaba el Libro de las santas palabras y de los buenos hechos de nuestro rey San Luis, en el que recuerda de forma un tanto vaga, idílica y algo ingenua los años que vivió junto al monarca, y le expresa su más tierna devoción.

El rey Jaime II de Mallorca casó a su hijo Sancho con María, hija del rey Carlos II de Nápoles. Carlos II murió poco después y, tal y como estaba estipulado, fue sucedido por su hijo Roberto, que ya llevaba años al frente del reino como vicario general. Se había ganado el sobrenombre de Roberto el Prudente. Heredó también el condado de Provenza y el vacío título de rey de Jerusalén. A su vez, traspasó el ducado de Calabria a su hijo Carlos, de once años. El rey Carlos I Roberto de Hungría protestó por que el reino de Nápoles hubiera pasado a su tío (él era hijo de Carlos Martel, el primogénito del fallecido Carlos II), y mantuvo siempre sus pretensiones al trono, aunque nunca consiguió nada al respecto.

Bernat de Rocafort intercedió por Ramon Muntaner, que fue liberado por Tibaut de Cepoy y llegó a Sicilia, donde Federico II le encargó la pacificación de Gelves, una pequeña isla frente a la costa africana que había arrebatado recientemente a los musulmanes. Mientras tanto Rocafort conducía a los almogávares a tomar Salónica, por encargo del duque de Atenas. Sin embargo, por el camino, los mercenarios se hartaron de Rocafort, se sublevaron y se lo entregaron a Tibaut de Cepoy (a cuyo servicio se suponía que estaban, aunque Rocafort nunca lo había tenido en cuenta para nada). El francés lo envió prisionero a Roberto el Prudente, quien lo dejó morir de hambre en el castillo de Aversa. 

Federico II había hecho llamar a su corte a Arnau de Vilanova para que le interpretara un sueño. El médico visionario había pasado una temporada en Marsella, donde había escrito su Expositio super Apocalypsi, tratado que, entre otras informaciones de interés, revelaba la fecha del fin del mundo, previsto para el año 1368. (Todo apunta a que Dios no leyó el tratado.) Luego fue llamado a Aviñon, donde defendió su doctrina ante la corte pontificia. Ello lo indispuso con el rey Jaime II de Aragón, pues el médico reveló allí un sueño del monarca que a su juicio tenía valor profético.

El emperador Enrique VII de Luxemburgo firmó una carta que confirmaba todos los derechos reclamados por los tres cantones suizos y reconocía la independencia del territorio frente a los Habsburgo.

Los caballeros de la Orden Teutónica gobernaban Prusia con total independencia frente al Sacro Imperio Romano o cualquier otro estado. Ese año trasladaron su capital a Marienburg y aseguraron su contacto con el Imperio arrebatando a Polonia la región de Pomeralia y la ciudad Danzig. Sin embargo, esto suscitó tensiones con la burguesía alemana, pues varias ciudades, entre ellas Danzig, se habían unido a la Hansa, lo que les confería el derecho a administrarse por sí mismas, según los estatutos de Magdeburgo y Lübek, lo que chocaba con las pretensiones de los caballeros teutónicos.

En 1310 los musulmanes del sultanato de Delhi invadieron el sur de la India, y en poco tiempo dominaron los dos tercios de la península.

El rey Nasr de Granada obligó a Jaime II de Aragón a levantar el sitio de Almería, y con ello terminó la campaña de la triple alianza contra el reino granadino. Sus únicos logros fueron la toma de Gibraltar para Castilla y la toma de Ceuta y Algeciras para los benimerines. Sólo Castilla continuó la lucha por su cuenta.

Ese año se convirtió en juez de Tolosa Bernardo Guido, el inquisidor más famoso de Francia. Escribió una guía práctica para inquisidores en la que se encuentran pasajes muy edificantes:

... Si no se consigue nada y el inquisidor y el obispo creen de buena fe que el acusado les oculta la verdad, que lo manden torturar moderadamente y sin derramamiento de sangre... Si por estos medios no se avanza, se tortura al acusado de la forma tradicional, sin buscar nuevos suplicios... Si aun así no confiesa, se le mostrarán los instrumentos de algún nuevo tormento diciéndole que tendrá que padecerlos todos. Si el acusado, sometido a todas las torturas dichas, sigue sin haber confesado, se le dejará libre.

El emperador Enrique VII cedió a su hijo Juan, de catorce años, el condado de Luxemburgo, luego lo casó con Isabel, hermana del difunto rey Venceslao II de Bohemia, tras lo cual depuso a Enrique de Carintia y le concedió a Juan la corona de Bohemia. Después se dirigió a Italia para reafirmar en el país la autoridad del Sacro Imperio Romano, que se había reducido prácticamente a la nada. Tenía la intención de acabar con las disputas entre güelfos y gibelinos, y entre güelfos blancos y negros. El proyecto llenó de euforia a Dante, que de güelfo blanco había pasado a gibelino y soñaba con un Imperio Romano universal; sin embargo, los güelfos llamaron en su defensa al rey de Nápoles, Roberto el Prudente, que, erigido en defensor de los intereses temporales del papado, hizo frente al emperador. En 1311 los gibelinos, dirigidos por Matteo Visconti, se adueñaron de Milán y expulsaron a los Della Torre. Enrique VII declaró la amnistía para los gibelinos y güelfos blancos que habían sido exiliados de Florencia, aunque Dante fue exceptuado. Trató de tomar medidas para acabar con las acérrimas rivalidades entre las distintas ciudades italianas, pero cuando estas medidas no dieron todos los resultados que esperaba, castigó con excesiva (e inoportuna) severidad a las ciudades que obstaculizaron sus intenciones.

Ese año murió el rey Jaime II de Mallorca, que fue sucedido por su segundo hijo, Sancho I (su primogénito se había hecho franciscano y renunció al trono).

También murió el médico Arnau de Vilanova. Como médico no fue innovador. Su doctrina era esencialmente la de Galeno en la versión transmitida y elaborada por los árabes, pero sus éxitos le valieron la fama y la confianza de reyes y papas, hasta el punto de que se le toleraron unas ideas que en cualquier otro habrían sido tachadas de herejías.

El infante Pedro, hermano del rey Fernando IV de León y Castilla, se casó con María, hija del rey Jaime II de Aragón.

Los almogávares habían cumplido el encargo de tomar Salónica para el duque de Atenas, pero luego Gualterio de Brienne trató de deshacerse de ellos sin pagarles lo convenido, por lo que se volvieron contra él y lo mataron en la batalla del Cefiso. Así se apoderaron del ducado de Atenas. Como se habían quedado sin dirección, pidieron al rey Federico II de Sicilia que les diera uno de sus hijos como señor, y éste eligió a su segundo hijo, Manfredo, que era menor de edad, así que, en su nombre, los almogávares fueron dirigidos por Berenguer Estanyol. 

En octubre el Papa Clemente V presidió un concilio en Vienne (la capital del Delfinado, fuera del territorio francés) en el que anuló todas las decisiones de Bonifacio VIII contra Felipe IV, incluyendo las bulas Clericis laicos y Unam sanctam. Incluso levantó la excomunión a Guillaume de Nogaret. El senador Sciarra Colonna fue nombrado cardenal.

También se condenó la teoría de Pierre Olieu sobre la pluralidad de formas del alma (el franciscano espiritual había muerto hacía más de una década).

Ramon Llull acudió con su plan para la reconquista de Tierra Santa y la creación de una serie de colegios de misioneros. Sus propuestas tuvieron buena acogida entre los obispos, pero terminaron en el olvido.

El concilio se prolongó hasta 1312 y en él no se reconoció la culpabilidad de los templarios, pero, a pesar de ello, el Papa disolvió la orden el 3 de abril mediante la bula Vox in excelso. En Francia, la corona se quedó con los bienes mobiliarios de la orden (ése había sido el móvil de todo el proceso), mientras que los inmobiliarios fueron adjudicados a los hospitalarios.

Luego Clemente V marchó a Roma, donde coronó emperador a Enrique VII. No pudo coronarlo en San Pedro, porque estaba en manos de las tropas del "defensor de sus intereses", el rey Roberto el Prudente de Nápoles. La coronación tuvo lugar en San Juan de Letrán.

El rey Carlos I Roberto de Hungría sofocó una revuelta de la nobleza. En Inglaterra, el rey Eduardo II se vio en un aprieto similar, pero no consiguió dominar la situación tan rápidamente.

En noviembre, la comisión encargada del proceso a los templarios decretó la pena de cadena perpetua para sus dirigentes principales.

Ese año murieron el duque Teobaldo II de Lorena, sucedido por Federico IV, así como los duques Arturo II de Bretaña y Juan II de Brabante, sucedidos por sus hijos respectivos, ambos conocidos por Juan III.

Ya hacía tiempo que en Castilla se había fundado la Hermandad de Colmeneros o Hermandad de Toledo, encargada de cuidad las colmenas y los ganados, pero desde principios de siglo se le había autorizado a perseguir delincuentes, y ahora recibía el beneplácito del Papa, por lo que fue también conocida como Santa Hermandad. Tenía tres alcaldes o jueces, a cuyas órdenes iban los cuadrilleros o guardas, cuyo nombre deriva de los cuadrillos o flechas con las que ejecutaban a los delincuentes que apresaban en el campo, a los que posteriormente juzgaban.

Castilla seguía en guerra contra Granada. El rey Fernando IV estaba asediando Alcaudete, cuando se sintió enfermo y fue trasladado a Jaén, donde murió de tuberculosis a los veintisiete años. Esta muerte prematura dio pie a que el difunto se convirtiera en protagonista de un "remake" de una antigua historia, según la cual, Fernando IV había acusado a dos nobles hermanos del asesinato del mayordomo real Juan de Benavides, y los había condenado a ser arrojados por un barranco. Antes de que se cumpliera la sentencia, los hermanos se volvieron hacia el rey y le dijeron: "Como somos inocentes, te emplazamos par que en el plazo de treinta días comparezcas con nosotros ante Dios para que te juzgue por esta injusticia que haces a dos de tus fieles súbditos, a los que condenas sin pruebas ni juicio". De acuerdo con la leyenda, un bacilo de Koch que pasaba por allí debió de conmoverse con las últimas palabras de los hermanos, y se encargó de hacerles justicia acabando con el rey en treinta días exactos. Lo cierto es que el rey es recordado como Fernando IV el Emplazado.

Lo realmente grave fue que el Emplazado dejó sólo una hija de cinco años y un hijo de un año, que se convirtió entonces en Alfonso XI. Su abuela, María de Molina, se vio de nuevo en la tesitura de proteger al rey y al país de las intrigas de la nobleza. Esta vez contaba con el apoyo de su segundo hijo, el infante Pedro, que fue quien proclamó rey a su sobrino Alfonso. Tratando de buscar el consenso, se establecieron cuatro tutores para el monarca: la propia María de Molina, su nuera y madre del rey, Constanza de Portugal, el infante Pedro y el infante Juan, tío de Fernando IV. Sin embargo, pronto surgieron desavenencias entre ellos y se dividieron en dos bandos: María de Molina y su hijo Pedro por un lado, y Constanza de Portugal y el infante Juan por otro. Tras la muerte prematura de Constanza, en 1313, María y Pedro trataron de excluir a Juan de la regencia, lo que originó un conflicto que no pudieron resolver las cortes convocadas en Palencia. Los infantes de la Cerda volvieron a reclamar su derecho a la corona, si bien ya no tuvieron los mismos apoyos con los que contaron durante la minoría de edad de Fernando IV.

Por su parte, el infante Juan Manuel se conformó con el cargo de mayordomo mayor y se ocupó de la guerra contra el reino de Granada. El rey Nasr fue acusado de connivencia con los cristianos y fue derrocado por Ismaíl I, su primo segundo. Entonces se retiró a Guadix, ciudad que se le concedió con plena soberanía. Desde allí pidio ayuda al infante Pedro de Castilla.

Ese año murió el conde Poncio V de Ampurias, que fue sucedido por su hijo Poncio VI.

El primogénito de Carlos de Valois, Felipe, se casó con Juana, hermana del duque Hugo V de Borgoña. Su hermana Catalina, hija de Carlos de Valois y de su segunda esposa, Catalina de Courtenay, titular del Imperio Latino de Oriente, se casó con Felipe de Tarento, el príncipe de Morea, hermano del rey de Nápoles Roberto el Prudente, que ahora pasaba a ser el emperador Felipe II, por poco que esto significara.

El emperador Enrique VII de Luxemburgo murió en el transcurso de una expedición contra Roberto el Prudente. Éste "aconsejó" al Papa, Clemente V, que en lo sucesivo mantuviera vacante el título imperial, para no dar alas a los gibelinos. Téngase presente que Roberto era un Capeto, por lo que un consejo suyo al Papa era casi una orden de Felipe IV. El rey francés debió de hablar con Clemente V para asegurarse de que siguiera este consejo, pues, ya de paso, le hizo canonizar a san Pedro Celestino, (el Papa Celestino V, al que Felipe IV presentaba como mártir, víctima de Bonifacio VIII). Roberto el Prudente fue nombrado senador romano.

La sucesión de Enrique VII se la disputaron el duque Luis IV de la Alta Baviera y el duque Federico I de Austria, hijo del emperador anterior, Alberto I de Habsburgo. A partir de 1314 ambos adoptaron los títulos de rey de Alemania y rey de Romanos (como Luis IV y Federico III, respectivamente) y Alemania se vio sumida una vez más en una guerra civil. La muerte de Enrique VII había frustrado las esperanzas que Dante había puesto en él, y el poeta reemprendió su vida errante. Por esta época terminaba su Monarchia, tratado en latín en el que explica su conversión a las tesis gibelinas, y su convencimiento de que la salvación de Italia requería la instauración de un Imperio independiente de la autoridad papal.

Ladislao Lokieteck logró finalmente ser coronado como duque de Polonia con el apoyo del Papa Clemente V.

En febrero, Fernando de Mallorca, el hermano del rey Sancho de Mallorca, se casó con Isabel de Sabran, nieta del príncipe Guillermo II de Morea, y poco después desembarcó en el principado dispuesto a apropiarse de él en nombre de su esposa.

Ese año estalló un escándalo en la corte de Felipe IV de Francia, cuando sus nueras, Margarita de Borgoña, casada con el rey Luis I de Navarra, y Blanca, prima de la anterior, casada con Carlos, hermano de Luis I, fueron acusadas de haber mantenido relaciones adúlteras con dos nobles normandos, Felipe y Gualterio de Aulnay. Felipe IV montó en cólera, pues consideraba, no sin razón, que era crucial para Francia que la legitimidad de los herederos al trono jamás pudiera ser puesta en cuestión. Hay que apuntar aquí que, aunque las infidelidades conyugales (en hombres, por supuesto) eran algo corriente y aceptado en las más prestigiosas monarquías europeas (el emperador Alberto I, por ejemplo, tuvo una única esposa, pero dejó veintiún hijos), no era esto lo habitual en la dinastía capeta, por lo que, en esta ocasión, Felipe IV pudo ocuparse del problema sin necesidad del cinismo o la hipocresía que no había dudado en usar siempre que le había convenido. Lejos de avenirse a echar tierra sobre el asunto, ordenó que se abriera un proceso.

Por otra parte, Felipe IV consideró que los templarios que permanecían prisioneros eran una amenaza contra Francia. De hecho, su prisión era ya algo excepcional, pues la costumbre de la Santa Inquisición era liberar a los pecadores que confesaban su culpa y se arrepentían. Sin embargo, el rey decidió ir más allá y acusó a los templarios supervivientes de relapsos, (que era como la Iglesia llamaba a los herejes que, después de abjurar de su doctrina, volvían a caer en ella), y los hizo quemar en la hoguera. Cuando el gran maestre Jacques de Molay comprendió las intenciones de Felipe IV, se retractó de todas sus confesiones, denunció que habían sido obtenidas bajo tortura y acusó al rey y al Papa de los crímenes que habían cometido contra él y su orden. Esto terminó de despejarle el camino a la hoguera. El 19 de marzo fue quemado vivo delante de Notre Dame. El 20 de abril murió Clemente V y el 20 de octubre murió Felipe IV. La proximidad de estas muertes dio pie a la inevitable leyenda de que de Molay, en la hoguera, emplazó al rey y al Papa a comparecer con él ante el tribunal del Cielo antes de que acabara el año.

El proceso a los templarios, sólidamente respaldado por la monarquía francesa por una mera cuestión económica, contribuyó a legitimar las técnicas de tortura de la Santa Inquisición y difundió la creencia entre el populacho de la necesidad de quemar a los herejes en la hoguera como protección contra la brujería y el diablo.

La caída del papado
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