HISTORIA











ANTERIOR


JESÚS DE NAZARET

SIGUIENTE

La vieja religión romana, como en su día le había ocurrido a la griega, estaba prácticamente muerta. En sus inicios, tomada en gran parte de los etruscos, había sido una religión de agricultores, con ritos sencillos destinados a garantizar buenas cosechas y, más en general, a adivinar el futuro para elegir los mejores momentos para cada acción, lo que después adquiriría gran importancia en las cuestiones militares. Después se fundió con la religión griega, lo que le dio una mayor riqueza, atractivo y valor literario, pero no más credibilidad. En tiempos del Imperio eran pocos los romanos para los que Júpiter, Marte, Venus, etc. significaban realmente algo, si bien esto no era óbice para que el escrupuloso cumplimiento de los ritos y el respeto hacia los dioses diera buena imagen y fuera considerado signo de honorabilidad. Esta circunstancia le permitió sobrevivir formalmente, pese a su agonía interna. Además, con la muerte de Augusto se instituyó definitivamente el Culto Imperial, por el que los emperadores recibían honores divinos en vida y eran considerados dioses de pleno derecho tras su muerte. El Culto Imperial fue uno de los soportes de la autoridad del emperador. Por ejemplo, los soldados romanos, en su juramento de lealtad, tenían que reconocer la naturaleza divina del emperador, de modo que cualquier intento de rebelión podía desatar la venganza de los dioses, una posibilidad capaz de inquietar a muchos legionarios rudos, pero supersticiosos. De este modo, el fomento del Culto Imperial iba acompañado necesariamente de un estímulo de las creencias religiosas tradicionales, pues una manifestación pública de ateísmo, o simplemente de falta de devoción, podría confundirse fácilmente con un desacato al mismo emperador.

Augusto trató en vano de conseguir que los romanos creyeran sinceramente en sus dioses, al tiempo que trató de desalentar los cultos extranjeros. Sin embargo, bajo Tiberio éstos últimos volvieron al primer plano, si es que habían dejado de estarlo alguna vez. Las religiones orientales resultaban más atractivas en muchos aspectos. El culto a las diosas Démeter, Cibeles e Isis eran particularmente gratos a las mujeres, pues se las consideraba diosas amorosas y compasivas. La diosa Isis se asociaba especialmente con el amor maternal hacia su hijo Horus. Para los hombres con ideales más viriles estaba Mitra, el dios persa del Sol, al que se le representaba como un hombre joven apuñalando a un toro. Era un guerrero invicto que no envejecía ni perdía vigor. Su culto, con un fondo de mazdeísmo, se convirtió en una religión de soldados, del que las mujeres estaban excluidas. También estaba Serapis, la versión grecolatina de Apis, el toro sagrado egipcio encarnación de Osiris. (Serapis es una deformación de Osiris-Apis). Éstas eran religiones para gentes sencillas. Los más refinados tenían a su disposición las religiones mistéricas griegas, que, envueltas en su aureola esotérica, habían conservado su vigor pese al declive de Grecia. La más famosa era la de los misterios eleusinos. Todas estas religiones tenían un punto en común que las diferenciaba de las creencias tradicionales de griegos y romanos: los dioses "usuales" podían proporcionar protección o buenas cosechas, pero apenas se interesaban por el individuo. Por el contrario, cada cual a su manera, de un modo u otro, las creencias que acabamos de mencionar involucraban alguna forma de salvación tras la muerte, de contacto con lo divino, de consuelo ante las adversidades y, en definitiva, todas daban un sentido a la vida.

Una alternativa a la religión para dar sentido a la vida era la filosofía. Platón y Aristóteles eran demasiado intelectuales para alcanzar mucha popularidad, pero, por el contrario, la filosofía epicúrea (que, muy resumidamente, propugnaba la búsqueda del placer dentro de la moderación) tuvo incontables seguidores entre los griegos cultos y no tardó en contagiar a los romanos. Tanto fue así que "epicúreo" se convirtió casi en sinónimo de griego. En Judea, donde la cultura griega ejercía gran influencia desde la época del dominio seléucida, los judíos conversos eran llamados epicúreos, y aún hoy se les conoce como "apikoros". Otra escuela filosófica en boga (bastante menos popular, pero más admirada), fue el estoicismo, la vieja doctrina fundada por Zenón de Citio unos trescientos cincuenta años atrás, que propugnaba el autodominio y la indiferencia ante el placer y el dolor.

Sin embargo, el mayor fenómeno religioso de la época estaba a punto de hacer su aparición en Judea o, más precisamente, al norte, en Galilea. Judea era sin duda la zona del Imperio donde se registraban más tensiones, precisamente por motivos religiosos. En 26 Tiberio consideró finalmente que podía confiar a Sejano el gobierno del Imperio y se retiró a la isla de Capri, en la bahía de Nápoles. Los historiadores romanos contaron que allí se dio a toda clase de orgías, pero es difícil creerlo si tenemos en cuenta que el emperador contaba ya con sesenta y ocho años, que toda su vida había estado marcada por la austeridad y que no era la primera vez que los muchos senadores que habían visto menguadas sus prerrogativas trataban de difamarlo. Ese mismo año Sejano nombro procurador de Judea a uno de sus protegidos: Poncio Pilato. Fue el sexto procurador romano en la región desde que Augusto depusiera a Arquelao.

Mientras tanto Galilea seguía gobernada por Herodes Antipas, que se las arreglaba para contener el desagrado que los judíos mostraban ante un rey de origen idumeo. Uno de sus críticos más severos fue un predicador llamado Juan el Bautista. Vivía al este del Jordán y allí instaba a los judíos a retomar su fe con nuevas fuerzas, arrepintiéndose de sus pecados pasados. Como símbolo de este arrepentimiento Juan "lavaba" los pecados de sus seguidores mediante una ablución en las aguas del Jordán. "Bautista" significa en griego "que sumerge en el agua".

Su más famoso discípulo se llamaba Joshua (Yahveh salva) pero es más conocido por la versión latina de su nombre: Jesús de Nazaret. (Nazaret, sin duda su lugar de nacimiento, era una ciudad de Galilea.) Fue uno de los muchos a los que algunos judíos tomaron por el mesías, con la diferencia de que la historia ha hecho que hoy en día medio mundo siga creyéndolo. En un momento dado, Jesús dejó a su maestro y se retiró al desierto por un tiempo, tras lo cual, en 28, empezó a predicar su propia doctrina. El rey nabateo (padre de la esposa que Herodes había repudiado para casarse con Herodías) había declarado la guerra a Herodes. La cosa había quedado en nada gracias al poderío romano, pero Herodes se sintió humillado. Juan el Bautista intensificó sus acusaciones de incesto hacia Herodes (por haberse casado con su sobrina Herodías), y sus palabras fueron especialmente ofensivas para con la reina. En parte por esto y en parte porque Herodes acusó al Bautista de estar pagado por el rey nabateo, el predicador fue encarcelado ese mismo año y ejecutado un tiempo después, a instancias de Herodías.

Volviendo a Jesús, hay que decir que las fuentes históricas sobre su vida son problemáticas. Las principales son los cuatro evangelios que forman parte de la Biblia, textos basados en una tradición que fue transmitida oralmente durante casi cuarenta años. Estos textos contienen mucho material ficticio destinado a "demostrar" que Jesús era realmente el Mesías. Aquí hemos de incluir en particular todos los datos sobre su vida anterior a su carrera como predicador, en especial las circunstancias de su nacimiento. Así, por ejemplo, el evangelio según san Mateo empieza con una supuesta genealogía de Jesús que lo remonta al mismo rey David (pues el Mesías debía ser un descendiente de David). También explica que, pese a que los padres de Jesús vivían en Nazaret, el nacimiento tuvo lugar en Belén (al sur de Jerusalén), que era precisamente el lugar de nacimiento del rey David:

Por aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto mandando empadronar a todo el mundo. Éste fue el primer empadronamiento hecho por Cirino, (que después sería) gobernador de Siria. Y todos iban a empadronarse, cada cual a la ciudad de su estirpe. José, pues, como era de la casa y familia de David, vino desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David, llamada Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, la cual estaba encinta. Y sucedió que, estando allí, le llegó la hora del parto. (Lc II, 1-6)
El relato también pretende (Mt II) que unos magos (o sea, sacerdotes persas) preguntaran al rey Herodes por el Rey de los Judíos, cuyo nacimiento les había sido anunciado por una estrella. Herodes entonces, pensando que su trono peligraba, ordenó matar a todos los niños de menos de dos años nacidos en Belén. Así fue como la fama de infanticida que tenía Herodes por haber matado a algunos de sus hijos se multiplicó desaforadamente.

Irónicamente, este celo por justificar que Jesús cumplía todos los requisitos para ser el Mesías delata la adulteración de las fuentes, pues también se justificó lo que nunca debió justificarse: Según los evangelios, la madre de Jesús (llamada Miriam, o María en su forma latina) fue siempre virgen, lo que ratificaba así una profecía que en realidad no era tal, sino tan sólo un error de traducción cometido por los redactores griegos de la Biblia de los Setenta.

Los evangelios están saturados de pasajes tan poco fidedignos como éstos. Por ejemplo, a Jesús se le atribuyen numerosos milagros, pero la mayoría de ellos son "remakes" de milagros anteriores, principalmente de Elías y Eliseo:

Vino a la sazón un hombre de Baalsalisa que traía para el varón de Dios panes de primicias, veinte panes de cebada y trigo nuevo en su alforja. Y dijo Eliseo: Dáselo a la gente para que coma. A lo que respondió el criado: ¿Qué es todo eso para ponerlo delante de cien personas? Replicó Eliseo nuevamente: Dáselo a la gente para que coma; porque esto dice el Señor: Comerán y sobrará. Finalmente lo puso delante de la gente, y comieron todos, y sobró, según la palabra del Señor. (Re II, 42-44) Al caer la tarde, sus discípulos se llegaron a él diciendo: El lugar es desierto y la hora es ya pasada. Despacha a esas gentes para que vayan a las poblaciones a comprar que comer. Pero Jesús les dijo: No tienen necesidad de irse: dadles vosotros de comer. A lo que respondieron: No tenemos aquí más de cinco panes y dos peces. Díjoles él: Traédmelos acá. Y habiendo mandado sentar a todos sobre la hierba, tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo los bendijo, y los partió, y dio los panes a los discípulos, y los discípulos los dieron a la gente. Y todos comieron, y se saciaron, y de lo que sobró se recogieron doce canastos llenos de pedazos. El número de los que comieron fue de cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. (Mt XIV, 15-21)

Sin embargo, esto no significa que Jesús no tuviera en vida fama de hacer milagros. Aquí conviene hacer una reflexión general: los evangelios contienen tantos pasajes fantasiosos que algunos historiadores han recelado de su valor documental, llegando incluso a dudar de la existencia misma de Jesús. Sin embargo, sucede que los propios evangelios aportan uno de los argumentos más convincentes en favor de su trasfondo histórico. Aunque los evangelistas no dudaron en añadir cuantos pasajes juzgaron necesarios para presentar la imagen de Jesús tal y como fue concebida tras su muerte por sus seguidores, sin embargo, no se atrevieron a eliminar algunos pasajes que contradecían dicha imagen. La única explicación para la presencia de estos pasajes "embarazosos", para los que posteriormente hubo que encontrar delicadas justificaciones, es que realmente existió un Jesús histórico que no era exactamente lo que luego se dijo que era, y ello quedó reflejado en varias tradiciones tan firmemente arraigadas que sus discípulos no pudieron negarlas, y lo máximo que pudieron hacer fue disimularlas entre otras ficciones acordes con la imagen de Jesús que pretendían transmitir. Ya hemos visto algún ejemplo débil de este fenómeno: si Jesús no hubiera existido, se habría criado sin duda en Belén, y no en Nazaret, de modo que no habría hecho falta recurrir a un empadronamiento para que su nacimiento se hubiera producido en Belén.

Otro ejemplo, del que podemos deducir que, en efecto, Jesús tuvo fama de sanador y taumaturgo, es que los evangelios reconocen que cuando trató de predicar en Nazaret, donde le conocían de niño, apenas fue tomado en serio:

¿No es éste aquel artesano, hijo de María, hermano de Santiago, y de José, y de Judas, y de Simón?, ¿y sus hermanas no moran aquí entre nosotros? Y estaban escandalizados de él. Mas Jesús les decía: Cierto que ningún profeta está sin honor sino en su patria, en su casa y en su parentela. Por lo cual no podía obrar milagro alguno; curó solamente algunos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. (Mc. VI, 3-5)
(La interpretación oficial dice que los "hermanos" de Jesús citados aquí eran en realidad "primos hermanos", pues pretender que María tuvo otros hijos sin dejar de ser virgen era ya excesivo.) En aquellos tiempos, al igual que hoy en día, un curandero no podía "curar" a los escépticos. Más en general, Jesús se muestra incapaz de hacer milagros siempre que le son requeridos como prueba de su calidad de profeta. Si Jesús no hubiera existido, habría protagonizado numerosos pasajes como éste, más propios de la tradición judía:
De nuevo dijo Elías al pueblo: He quedado yo solo de los profetas del Señor; cuando los profetas de Baal son en número de cuatrocientas cincuenta personas. Se nos den dos bueyes, de los cuales escojan ellos uno y, haciéndolo pedazos, pónganlo sobre la leña, sin aplicarle fuego, que yo sacrificaré el otro buey, lo pondré sobre la leña y tampoco le aplicaré fuego. Invocad vosotros el nombre de vuestros dioses, y yo invocaré el nombre de mi Señor; y aquel dios que mostrare oír enviando el fuego, ése sea tenido por el verdadero Dios. Respondió todo el pueblo a una voz, diciendo: Excelente proposición. [Los profetas intentan el milagro infructuosamente ante las mofas de Elías, en cambio Elías dispuso su altar, incluso hizo mojar la leña, e invocó a Yahveh:] Óyeme, oh Señor, escúchame a fin de que sepa este pueblo que tú eres el Señor Dios, y que tú has convertido de nuevo sus corazones. De repente bajó fuego del cielo, y devoró el holocausto, y la leña, y las piedras, y aun el polvo, consumiendo el agua que había en la reguera. Visto lo cual por el pueblo, se postraron todos sobre sus rostros, diciendo: El Señor es el Dios, el Señor es el Dios. Entonces les dijo Elías: Prended a los profetas de Baal, y que no se escape ninguno de ellos. Presos que fueron, los mandó llevar Elías al arroyo de Cisón, y allí les hizo quitar la vida. (1 Re XVIII, 22-40)
Jesús eligió doce discípulos, que fueron sus principales seguidores. Sus nombres eran Simón, Juan, Santiago el Mayor, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago el Menor, Simón el Zelote, Judas Tadeo y Judas Iscariote. De entre ellos Simón fue el más allegado a Jesús. Éste le puso el sobrenombre de Cefas, "piedra" o "roca", al parecer como símbolo de que iba a ser su principal apoyo o fundamento. La palabra "cefas" es masculina en arameo, pero femenina en latín (petra), de modo que el nuevo nombre de Simón pasó a ser Petrus en latín, es decir, Pedro. Respecto al último discípulo, el apelativo "Iscariote", añadido probablemente para distinguirlo del otro Judas, no significa nada en Arameo ni en Hebreo, pero parece ser una deformación de "Sicario". Jesús tuvo la prudencia de no meterse con Herodes, al contrario que Juan el Bautista, así es que pudo predicar en paz y poco a poco fue ganándose la confianza y la admiración de muchos galileos. En ello debió de influir, sin duda, su gran personalidad, pero no menos la doctrina que predicaba. Es probable que una muestra representativa de ella sea el sermón de la montaña:
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los que tienen puro su corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia [por ser justos], porque de ellos es el Reino de los Cielos. [...]

No penséis que yo he venido a destruir la Ley ni los profetas. No he venido a destruirla, sino a darle cumplimiento. Que con toda verdad os digo que antes faltarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse perfectamente cuanto contiene la Ley, hasta un solo ápice de ella. Y así, el que violare uno de estos mandamientos, por mínimos que parezcan, y enseñare a los hombres a hacer lo mismo, será tenido por el más pequeño en el Reino de los Cielos; pero el que los guardare y enseñare, ese será tenido por grande en el Reino de los Cielos.

Porque yo os digo, que si vuestra justicia no es más plena y mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos. Habéis oído que se dijo a vuestros mayores: no matarás, y que quien matare, será condenado a muerte en juicio. Yo os digo más: quien quiera que tome ojeriza con su hermano, merecerá que el juez le condene. [...] Por tanto, si al tiempo de presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja allí mismo tu ofrenda delante del altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y después volverás a presentar tu ofrenda. [...] Habéis oído que se dijo a vuestros mayores: no cometerás adulterio. Yo os digo más: cualquiera que mirare a una mujer con mal deseo, ya adulteró en su corazón. Que si tu ojo derecho es para ti una ocasión de pecar, sácalo y arrójalo fuera de ti; pues mejor te está el perder uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. [...] También habéis oído que se dijo a vuestros mayores: No jurarás en falso, antes bien cumplirás los juramentos hechos al Señor. Yo os digo más: que de ningún modo juréis, ni por el cielo, pues es el trono de Dios, ni por la tierra, pues es la peana de sus pies, ni por Jerusalén, pues es la ciudad del gran rey, ni tampoco juraréis por vuestra cabeza, pues no está en vuestra mano el hacer blanco o negro un solo cabello. [...] Habéis oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente. Yo empero os digo que no hagáis resistencia al agravio; antes si alguno te hiriere en la mejilla derecha, vuélvele también la otra, y al que quiere armarte pleito para quitarte la túnica, alárgale también la capa, y a quien te forzare a andar cargado mil pasos, acompáñale otros dos mil. Al que te pide, dale, y no tuerzas el rostro al que pretende de ti algún préstamo. Habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Yo os digo más: amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os persiguen y calumnian, para que seáis hijos de vuestro Padre Celestial, el cual hace nacer su sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos y pecadores. Que si no amáis sino a los que os aman, ¿qué premio habéis de tener?, ¿no lo hacen así aun los publicanos? Y si no saludáis sino a vuestros hermanos, ¿qué tiene eso de particular?, ¿por ventura no hacen también esto los paganos? Sed, pues, vosotros perfectos, así como vuestro Padre Celestial es perfecto.

Guardaos bien de hacer vuestras obras buenas en presencia de los hombres con el fin de que os vean; de otra manera no recibiréis su galardón de vuestro Padre, que está en los cielos. Y así, cuando das limosna, no quieras publicarla a son de trompeta, como hacen los hipócritas en las sinagogas, y en las calles o plazas, a fin de ser honrados de los hombres. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Mas tú cuando des limosna, haz que tu mano izquierda no perciba lo que hace tu derecha, para que tu limosna quede oculta, y tu Padre, que ve lo oculto, te recompensará. [...]

No amontonéis tesoros en la tierra, donde el orín y la polilla los consumen, y donde los ladrones los desentierran y roban. Atesorad más bien para vuestros tesoros en el Cielo, donde no hay orín ni polilla que los consuma, ni tampoco ladrones que los desentierren y roben. [...] Ninguno puede servir a dos señores, porque o tendrá aversión al uno y amor al otro o, si se sujeta al primero, mirará con desdén al segundo. No podéis servir a Dios y a las riquezas. En razón de esto os digo: no os acongojéis por el cuidado de hallar qué comer para sustentar vuestra vida, o de dónde sacaréis vestidos para cubrir vuestro cuerpo. ¿Que no vale más la vida que el alimento y el cuerpo que el vestido? Mirad las aves del cielo, cómo no siembran, ni siegan, ni tienen graneros; y vuestro Padre Celestial las alimenta. ¿Pues no valéis vosotros mucho más, sin comparación, que ellas? [...] Y acerca del vestido, ¿a qué propósito inquietaros? Contemplad los lirios del campo, cómo crecen y florecen. Ellos no labran, ni tampoco hilan. Sin embargo, yo os digo que ni Salomón en medio de toda su gloria se vistió como uno de estos lirios. Pues si una hierba del campo, que hoy está y mañana se echa en el horno, Dios así la viste, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe? Así que no vayáis diciendo acongojados ¿dónde hallaremos qué comer y beber?  ¿Dónde hallaremos con qué vestirnos?, como hacen los paganos, los cuales andan ansiosos tras todas estas cosas, que bien sabe vuestro Padre la necesidad que de ellas tenéis. Así que buscad primero el Reino de Dios y su justicia, que todo lo demás se os dará por añadidura. No andéis, pues, acongojados por el día de mañana, que el día de mañana harto cuidado traerá por sí; bástale a cada día su propio afán. [...] (Mt V-VI)

Así pues, el núcleo de la predicación de Jesús era la inminente llegada del Reino de los Cielos, que era concebida según la tradición farisea de origen persa sobre el Juicio Final, en el que los muertos resucitarían y un enviado de Dios, identificado con el Mesías, juzgaría a vivos y muertos:
... Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre, a cuya vista todos los pueblos de la Tierra prorrumpirán en llantos; y verán al Hijo del Hombre sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad. [...] Os aseguro que no se acabará esta generación hasta que suceda todo esto. (Mt. XXIV, 30-34)
La misión de Jesús era prevenir a los judíos para que, llegado ese día, fuesen dignos de la salvación. Para ello los conmina a respetar el espíritu de la ley mosaica y no sólo su forma, como hacen los fariseos. Aquí hay que entender que Jesús era fariseo en cuanto a sus creencias, pero él usa el término en el sentido en que hoy diríamos "puritanos" o "beatos". Al igual que logró la admiración de las gentes humildes a las que ofrecía consuelo, no tardó en ganarse la hostilidad de los judíos "respetables" a los que ponía en evidencia:
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, porque sois semejantes a los sepulcros blanqueados, los cuales por fuera parecen hermosos a los hombres, mas por dentro están llenos de huesos de muertos, y de todo género de podredumbre. (Mt. XXIII, 27)
La doctrina de regeneración moral que propone Jesús sigue la línea de los antiguos profetas, pero va mucho más allá en exigencia. De hecho propugna una actitud similar a la de los filósofos cínicos: renunciar a toda posesión y vivir de la naturaleza ejercitándose en la virtud. No es imprescindible, pero sí conveniente:
Acercósele entonces un hombre joven que le dijo: Buen maestro, ¿qué buenas obras debo hacer para conseguir la vida eterna? El cual respondió: ¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. Por lo demás, si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos. Le dijo él: ¿qué mandamientos? Respondió Jesús: No matarás, no cometerás adulterio, no hurtarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre y ama a tu prójimo como a ti mismo. Le dice el joven: Todos esos los he guardado desde mi juventud, ¿qué más me falta? Le respondió Jesús: Si quieres ser perfecto anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Ven después y sígueme. Habiendo oído el joven estas palabras, se retiró entristecido, y era que tenía muchas posesiones. Jesús dijo entonces a sus discípulos: En verdad os digo que difícilmente un rico entrará en el Reino de los Cielos. (Mt. XIX, 16-23)
Los seguidores de Jesús pretendieron que su mensaje de salvación iba destinado a toda la humanidad, pero uno de los pasajes más "molestos" de los evangelios lo desmiente:
Cuando he aquí que una mujer cananea venida de aquel territorio empezó a dar voces, diciendo: Señor, hijo de David, ten lástima de mí. Mi hija es cruelmente atormentada del demonio. Jesús no le respondió palabra. Y sus discípulos, acercándose, intercedían diciéndole: Concédele lo que pide a fin de que se vaya, porque viene gritando tras nosotros. A lo que Jesús, respondiendo, dijo: Yo no soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. No obstante ella se llegó y lo adoró diciendo: Señor, socórreme. El cual le dio por respuesta: No es justo tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros. Mas ella dijo: Es verdad, Señor, pero los cachorros comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. Entonces Jesús, respondiendo, le dice ¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase conforme tú lo deseas. Y en la misma hora su hija quedó curada. (Mt. XV, 22-28)
"Perros" era una expresión habitual que los judíos usaban para referirse a los gentiles (los no judíos). Así pues, Jesús tenía por "perros" a los gentiles y declara abiertamente que no ha sido enviado para ellos. Es cierto que termina atendiendo a la cananea, pero lo hace sorprendido y como una excepción. Los discípulos tampoco encuentran mejor motivo para atenderla que lograr que se vaya de una vez. Tal y como hemos comentado antes, si algo de los evangelios es auténtico, este pasaje tiene que serlo, porque si no, no estaría ahí. Es razonable inferir entonces que toda la doctrina de mansedumbre y de amar a los enemigos se refería a las relaciones de los judíos con los judíos (sin duda, Jesús no amaba a los cananeos).

En este pasaje, la cananea llama a Jesús hijo de David. Así pues, lo reconoce como el Mesías, al igual que hizo mucha gente. En los evangelios, Jesús afirma una y otra vez que es el Mesías, pero es poco creíble que hiciera tales declaraciones. Es muy probable que se tuviera realmente por un enviado de Dios, e incluso que anunciara la inminente llegada del Mesías, pero el Mesías del que él mismo hablaba era un juez poderoso que iba a ensalzar a los justos y condenar a los pecadores, exactamente como los judíos esperaban que fuera, y, ciertamente, un débil predicador no estaba a la altura del papel. Más tarde, sus seguidores afirmaron que Jesús era el Mesías en otro sentido, pero Jesús nunca trató de explicar que la concepción judía del Mesías fuera errónea. Más bien la confirmó. Un argumento de más peso es que si, con el revuelo que suscitaba, se hubiera declarado el Mesías, rey de los judíos, ya habría sido prendido y ejecutado mucho tiempo antes, acusado de traición.

En efecto, los sacerdotes judíos estaban buscando desesperadamente motivos para arrestar a Jesús. La situación en Jerusalén era tensa. Pilato había tomado posesión de su cargo con arrogancia y había introducido tropas romanas en la capital. Las tropas llevaban imágenes de Tiberio, y los judíos consideraron la presencia de tales imágenes como idolatría. Ello ocasionó revueltas, hasta el punto de que Pilato fue finalmente convencido para eliminar las imágenes. No obstante los sacerdotes sabían que Pilato estaba ansioso por tener una excusa para actuar, y no querían dársela. Un brote de mesianismo era lo último que deseaban en ese momento, pero los únicos cargos que podían presentar contra Jesús eran no lavarse las manos antes de comer, no respetar el ayuno, y cosas parecidas. Nada que pudiera preocupar a Pilato. Que la gente lo tuviera por el Mesías no era suficiente si él mismo no lo reconocía. Los evangelios recogen un intento de acusar a Jesús de un delito grave:

Entre tanto, los fariseos se retiraron para tratar entre sí cómo podrían sorprenderle en lo que hablase. Y le enviaron sus discípulos con algunos herodianos, que le dijeron: Maestro, sabemos que eres veraz, y que enseñas el camino de Dios conforme a la pura verdad, sin respeto a nadie, porque no miras la calidad de las personas. Esto supuesto, dinos qué te parece de esto: ¿es o no es lícito pagar tributo a César? A lo cual, Jesús, conociendo su malicia, respondió: ¿por qué me tentáis, hipócritas? Enseñadme la moneda con que se paga el tributo. Y ellos le mostraron un denario. ¿De quién es esta imagen y esta inscripción? Le respondieron: De César. Entonces les replicó: Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Con cuya respuesta quedaron admirados y, dejándole, se fueron. (Mt. XXII, 15-22)

No es razonable pensar que los fariseos estuvieran dando palos de ciego. Todo el preámbulo estaba dispuesto para poner en evidencia a Jesús si se desdecía públicamente de lo que, con gran probabilidad, había afirmado en otras ocasiones en ausencia de testigos fiables que los fariseos pudieran emplear en su contra. Así lo reconoce Jesús en su respuesta: si realmente considerara correcto pagar tributos a Roma, la pregunta no habría sido una tentación. Pero Jesús hizo gala de una astucia viperina, y logró que su respuesta pudiera entenderse bien como que le parecía correcto pagar los impuestos, bien como que no reconocía la legitimidad del dinero romano.

Finalmente Jesús cometió un error. Se decidió a entrar en Jerusalén, y allí su fama le precedía: la multitud lo aclamó como el Mesías. El suceso fue lo suficientemente destacado como para que los sacerdotes se atrevieran a prenderlo y llevarlo a Pilato acusado de erigirse en Mesías, rey de los judíos y traidor a Roma. El castigo que correspondía a tal delito era la crucifixión, y así la solicitaron los sacerdotes. Al parecer, se encontraron algunos testigos falsos que declararon contra él. Los evangelios dicen que Jesús reconoció ser el Mesías ante Pilato, pero, una vez más, esto no es plausible, pues en tal caso habría sido condenado sin más trámite, mientras que la narración bíblica afirma que Pilato no consideró razonable tal castigo, y en su lugar lo hizo azotar y lo presentó al pueblo sugiriendo su indulto. En efecto, era costumbre que el procurador indultara a un preso cada año por la festividad de la Pascua, a petición del pueblo. Es probable que Pilato mandara azotar a Jesús para presentarlo en un estado lastimoso y lograr así que el pueblo se apiadase de él, pero el efecto fue el contrario: los judíos que unos días antes habían recibido eufóricos a Jesús como el Mesías se sintieron defraudados ante un Mesías que, en vez de acabar con todos sus problemas, se dejaba capturar por los romanos y reducir a tan lamentable estado. La conclusión obvia fue que ése no era el Mesías, sino un estafador que les había engañado, por lo que insistieron en que fuera crucificado ante el sorprendido Pilato. Así sucedió. Jesús fue crucificado al día siguiente, que según los evangelios era el viernes 7 de abril de 30, el año en que la festividad de la Pascua cayó en jueves. Nadie podía imaginar entonces las consecuencias que iba a tener esta crucifixión.


Tiberio
Índice El cristianismo