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ADRIANO

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La mayor prioridad de Adriano fue el bienestar de sus súbditos. Extendió las medidas humanitarias iniciadas por Nerva y Trajano. Hizo aprobar leyes para mejorar el trato a los esclavos, de los que sólo en la ciudad de Roma había unos 400.000 (sobre una población que debía rondar el millón de habitantes). No obstante, su número se iba reduciendo, pues los tiempos en los que Roma importaba enormes cantidades de esclavos como parte de los botines de guerra habían pasado. La agricultura sustituyó gran parte de la mano de obra esclava por arrendatarios libres, pero a menudo los agricultores dejaban su oficio por la milicia, con lo que a los terratenientes les costaba cada vez más encontrar mano de obra. Además, los jornaleros podían cambiar de patrón si otro ofrecía más dinero, por lo que el precio de la mano de obra aumentó (abusivamente, a juicio de los terratenientes). Durante el gobierno de Adriano se dictaron algunas leyes que tendían a impedir la movilidad de los agricultores vinculándolos a las tierras, para evitar así la inflación.

Adriano reorganizó la recaudación, con lo que pudo aumentar los ingresos del estado a la vez que aligeraba los impuestos. Mantuvo la política de respeto al Senado, si bien éste ya no tenía ningún poder legislativo. Por el contrario, el emperador se rodeó de un eficiente equipo de asesores.

En cuanto a su persona, Adriano era un intelectual, y mostró gran interés por la literatura, las antigüedades y las diferentes culturas que integraban el Imperio. Hizo cuanto pudo para que los dominios de Roma formaran no sólo una unidad política, sino también económica e intelectual. Fue el primer emperador que abandonó la costumbre de afeitarse el rostro, extendida en Roma desde hacía unos tres siglos, a imitación de Grecia. Adriano había recibido una educación griega. Amaba la cultura griega y la patrocinó de muchas formas. Entre sus protegidos se encontraba el escritor griego Plutarco. Tenía ya 67 años cuando Adriano se convirtió en emperador. Procedente de una familia acomodada, había estudiado retórica, filosofía y ciencias en Atenas. Viajó a Egipto y a Roma, donde dio conferencias en los círculos literarios. Adriano honró a Grecia nombrándolo procurador (así Grecia tuvo un gobernador nativo). Conservó el cargo hasta su muerte, y fue en este periodo cuando compuso sus principales obras.

La mayor diferencia entre Adriano y su antecesor, Trajano, fue la relativa a la política exterior. Adriano quería un Imperio en paz, y estaba dispuesto a hacer todo lo necesario para lograrlo. Sus primeras medidas en esta línea fueron devolver Mesopotamia a Partia en 120 y convertir de nuevo a Armenia en un reino satélite, en lugar de una provincia. Así el orgullo parto quedó restablecido y, puesto que la situación de Partia no era todavía muy boyante, la nueva frontera —fijada en el Éufrates superior— fue respetada durante mucho tiempo (aunque Cosroes no recuperó su trono de oro).

Es probable que Adriano hubiera abandonado con gusto la provincia de Dacia, pues el Danubio era una frontera más cómoda, pero por aquel entonces ya se habían asentado allí muchos colonos romanos a los que no podía abandonar. Durante el reinado de Adriano Dacia tuvo que ser defendida de numerosas incursiones sármatas.

Por esta época murió Tácito, que no pudo realizar su proyecto de escribir las biografías de Augusto, Nerva y Trajano.

En 121 Adriano inició el primero de una serie de viajes que le llevaron por todo el Imperio, viajes en los que se interesó por los problemas de cada región y trató de remediarlos con las reformas oportunas, a la vez que observaba con interés las culturas locales. Recorrió la Galia y Germania, desde donde pasó a Britania en 122. Allí le disgustó la prolongada guerra contra los nativos del norte, así que ordenó construir la Muralla de Adriano, que recorría la isla de este a oeste en uno de sus puntos más estrechos, que es justo la frontera actual entre Inglaterra y Escocia. Esto supuso un retroceso estratégico de unos 160 kilómetros hacia el sur, pero a cambio pasaba a ser una frontera mucho más segura y fácil de defender. La Muralla de Adriano estaba hecha de piedra, de dos a tres metros de ancho, cinco de alto y ciento veinte kilómetros de largo. Tenía delante un ancho foso, disponía de numerosas torres de observación y estaba reforzada por una línea de dieciséis fuertes.

La muralla cumplió bien su misión. Durante el reinado de Adriano, los ataques de los caledonios cesaron y Britania disfrutó de paz. Sus ciudades crecieron. Londres se había convertido en el puerto principal de la isla y llegó a contar con quince mil habitantes. Desde Londres partían en todas direcciones unos ocho mil kilómetros de caminos romanos y las clases superiores construían villas de estilo italiano (los arqueólogos han encontrado unas quinientas).

En 122 Adriano decidió prescindir de los servicios del que había sido su secretario, Cayo Suetonio Tranquilo. Había estudiado en Roma protegido por Plinio el Joven. A partir de este momento se dedicó a la literatura.

En 123 Adriano visitó Hispania y África. En 124 viajó al este, donde se entrevistó con Cosroes para resolver algunas tensiones entre los dos imperios, y en 125 fue a Grecia, sin duda el territorio que más admiraba y más le apetecía visitar. Allí hizo toda suerte de concesiones económicas y políticas, restauró edificios y monumentos, construyó otros nuevos y trató de revivificar las antiguas tradiciones. A diferencia de Nerón, fue admitido en los misterios eleusinos. En Tracia fundó la ciudad de Adrianópolis. Ese mismo año murió Plutarco. Dejó escritas numerosas obras, la más famosa de las cuales son las Vidas paralelas, una serie de biografías agrupadas en parejas de un personaje griego y otro romano de características similares (Teseo y Rómulo, Alejandro y César, etc.) Su intención es esencialmente patriótica y moral.

En 126 murió Suetonio. Dejó escrita la Vida de los doce césares, que recoge las biografías de Julio César y los once emperadores desde Augusto hasta Domiciano, así como otro libro, Hombres ilustres, del que sólo se conservan fragmentos. Su lenguaje es sencillo, pero sus relatos están llenos de chismes y no son nada imparciales, pues defiende el punto de vista de los senadores y denigra a todos los emperadores que se opusieron al Senado.

En 129 visitó Atenas por segunda vez, y luego se dirigió a Egipto y al este.

En 130 murió Epícteto. Él no escribió nada, pero uno de sus principales discípulos, Flavio Arriano, recogió sus enseñanzas en dos libros, de los que sólo sobrevive uno de ellos. Arriano era un militar griego, pero había obtenido la ciudanía romana por su brillante hoja de servicios. La filosofía de Epícteto era bondadosa y humanitaria. Sus consignas eran Vivir y dejar vivir, Soportar y resignarse, etc.

También murió el rey parto Cosroes, y fue teóricamente sucedido por Vologeso II, si bien su poder efectivo fue más bien nulo, ya que le fue disputado por muchos pretendientes al trono, y Partia se vio envuelta de nuevo en guerras civiles.

Ese mismo año Adriano pasó por Judea, y le inquietó comprobar que, aunque Jerusalén había sido destruida hacía más de medio siglo, sus ruinas seguían siendo objeto de veneración para los judíos. Para borrar este recuerdo decidió que se edificara allí una nueva ciudad romana y que donde se había alzado el Templo judío se erigiera un templo a Júpiter. Cuando los judíos conocieron esta decisión se dedicaron a organizar una nueva revuelta. El principal líder religioso fue Aquiba ben Josef, uno de los principales sabios judíos, que tenía más de ochenta años y recordaba cómo era el Templo antes de su destrucción. Parece ser que Aquiba había recorrido Judea buscando apoyos para la revuelta. No obstante, era obvio que él mismo no podía dirigirla, así que presentó como mesías a Simón bar Koziba, al que le cambió el nombre por el de Simón bar Kokhba (hijo de una estrella).

Mientras los judíos confabulaban, Adriano nombró a Arriano gobernador de Capadocia, que fue así el primer griego que condujo un ejército romano. Se enfrentó a los alanos, que realizaban incursiones en Armenia. Redactó un Plan de movilización contra los alanos.

Por fin, en 131 estalló la revuelta judía. Estuvo mejor organizada que la anterior. Las fuerzas romanas, cogidas por sorpresa, tuvieron que abandonar sus campamentos cercanos a Jerusalén. Los judíos rebeldes se apoderaron de las ruinas de la ciudad, restablecieron los antiguos ritos, acuñaron moneda y trataron de establecer un gobierno. Una legión enviada apresuradamente a Judea fue totalmente aniquilada, pero los romanos se reorganizaron rápidamente y el mismo Adriano volvió a Judea. Lentamente, fueron tomando una fortaleza tras otra. En 134 habían recuperado el dominio de prácticamente toda la región. Los judíos fueron expulsados de Jerusalén. Aquiba fue capturado y, según la tradición, fue despellejado vivo. Bar Kokhba se refugió en una ciudadela cercana que fue tomada en 135, tras lo cual fue ejecutado. En estos años de guerra, los romanos arrasaron Judea sin contemplaciones. Al final quedó prácticamente despoblada de judíos. Se les prohibió acercarse a Jerusalén y desde entonces el pueblo judío dejó de existir como estado y subsistió en pequeñas colonias dispersas por el mundo.

Por esta época los romanos ya habían comprendido que el judaísmo y el cristianismo no sólo eran religiones distintas, sino que se odiaban mutuamente. Comprendieron que en realidad los cristianos eran gente tranquila que nunca había hecho nada malo y que los únicos peligrosos eran los judíos, así que los cristianos recibieron un cierto apoyo como un medio para asfixiar a los judíos. El cristianismo siguió creciendo, especialmente en las ciudades. Los campesinos eran más rudos y siguieron aferrados a sus creencias. Tanto es así que la palabra "pagano" significaba propiamente "campesino" y terminó siendo sinónima de "no cristiano (ni judío)".

A lo largo de este siglo se fue generalizando entre los cristianos la costumbre de llamar Dies Dominica (día del Señor) al que los romanos llamaban Dies Solis (día del Sol). Según la tradición era el día de la semana en que Jesucristo había resucitado. Durante el siglo anterior los cristianos más afines a los judíos habían mantenido la festividad del Sábado (el equivalente al Dies Saturni de los romanos), mientras que otros la trasladaron al día de la resurrección. Tras la ruptura entre las dos religiones el domingo se convirtió definitivamente en el día santo cristiano.

El cristianismo había empezado nutriéndose del proletariado urbano, especialmente de las mujeres, los esclavos y las clases pobres en general, pues para ellos una vida eterna colmada de dichas resultaba todo un consuelo. Sin embargo, ya hacía algún tiempo que el cristianismo prosperaba también entre las clases cultas, pues san Pablo había sembrado una semilla de pensamiento lo suficientemente sutil para interesar a los filósofos, y paulatinamente habían surgido figuras que combinaban el pensamiento griego tradicional con la nueva religión. Esto fue dando fuerza a la nueva religión, en el sentido de que cada vez había más cristianos en posiciones influyentes, pero a la vez la debilitó, porque mezclar a los intelectuales en algo supone inevitablemente crear facciones divergentes. La combinación más descarada entre filosofía griega y cristianismo fue el gnosticismo, que —como ya hemos visto— demonizaba a Yahveh y santificaba a Platón, pero frente a él hubo siempre otras teologías más convencionales que consideraban igualmente divinos a Yahveh (el Dios Padre), a Jesucristo (el Hijo) y también al Espíritu Santo.

Entre los primeros cristianos filósofos tenemos a Justino, que había nacido en Judea a principios de siglo, pero era hijo de padres paganos y había recibido una educación griega. Pronto conoció la Sagrada Escritura y se convirtió al cristianismo. Marchó a Roma donde abrió una escuela y donde enseñaba la doctrina cristiana y afirmaba que toda la filosofía pagana estaba inspirada, consciente o inconscientemente, en la religión mosaica. Parece ser que sus escritos impresionaron favorablemente a Adriano, lo que confirmó su política de tolerancia hacia el cristianismo.

Otro pensador cristiano destacaba en Alejandría. Era Basílides, según el cual el Dios supremo cuya encarnación era Jesucristo había creado 365 cielos, de los cuales el nuestro estaba regido por un demiurgo subalterno, Yahveh. Evidentemente, Basílides era gnóstico. Su moral era austera y aconsejaba abstenerse del matrimonio. Tuvo muchos discípulos tanto en Egipto como en Europa.

En 136 Adriano adoptó como sucesor a Lucio Cejonio Cómodo Elio Vero, lo que causó un gran malestar, porque al parecer sus costumbres eran muy licenciosas, pero murió en 138, así que el emperador adoptó inmediatamente a Tito Aurelio Fulvio Antonino, que había sido cónsul y procónsul en la provincia de Asia. Le obligó a adoptar a su vez a Marco Elio Aurelio Antonino (sobrino de la esposa de Adriano, que tenía entonces diecisiete años) y a Lucio Elio Aurelio Cejonio Cómodo Vero (el hijo de seis años del difunto heredero).

Ese mismo año se terminó una de las construcciones más famosas realizadas durante el reinado de Adriano: la Villa Adriana, en Tibur (Tívoli), a unos 25 kilómetros de Roma. Se trataba de un complejo arquitectónico que incluía, además de una villa de descanso propiamente dicha, un templo a Serapis, un estadio, termas, etc. La construcción se había iniciado veinte años atrás y, aunque Adriano ya había pasado muchas temporadas en ella, apenas pudo verla terminada, pues murió antes de que acabara el año.

Poco antes de morir, el emperador había compuesto una famosa oda a su alma, testimonio de su afición a la poesía en la que insinúa su escepticismo respecto a la inmortalidad del alma:

Animula uagula blandula,
Hospes comesque corporis,
Quae nunc abibis in loca?
Pallidula, frigida, nudula,
Nec, ut soles, dabis ioca.
Amable, huidiza, pequeña alma,
huésped y compañera de mi cuerpo,
¿Adónde irás ahora?,
Pálida, fría y desnuda,
y sin inspirar alegrías, como ahora.

Adriano fue enterrado (al igual que su pretendido sucesor, Lucio Elio Vero) en un mausoleo que había ordenado construir en Roma a la orilla del Tíber, si bien no estuvo completamente terminado hasta el año siguiente de su muerte. Fue conocido como el Mausoleo de Adriano, pero en la actualidad es el Castillo de Sant'Angelo.

Si bien Adriano había sido muy popular en las provincias a causa de sus viajes, parece ser que sus largas ausencias de Roma no fueron bien vistas en la capital, hasta el punto de que el Senado pretendió no otorgarle tras su muerte los acostumbrados honores divinos. El nuevo emperador tuvo que intervenir vigorosamente en una de las sesiones antes de que el Senado accediera a cumplir la tradición. Esta intervención se interpretó como una muestra de amor filial del emperador hacia su padre adoptivo, y desde entonces fue conocido como Antonino Pío (el piadoso, o devoto).

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