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Al inicio del siglo II, tres de los cuatro grandes imperios civilizados gozaban de prosperidad política, económica y cultural. China había logrado que los bárbaros del norte asimilaran su cultura y le sirvieran de pantalla contra otros pueblos. Su influencia se extendía por extensos territorios asiáticos, la ruta de la seda proporcionaba buenos ingresos y el bienestar social favoreció un considerable desarrollo cultural.

El imperio Kusana estaba en su apogeo bajo el emperador Kaniska, al que los budistas recuerdan como uno de sus más ilustres protectores. El imperio se extendía por el actual Afganistán hasta casi toda la India. En este periodo floreció el comercio en Asia Central y muchas regiones se urbanizaron. La cultura Kusana combinaba el budismo con la cultura griega de la antigua Bactriana.

El Imperio Parto era la excepción. Tenía una estructura feudal, con príncipes locales muy poderosos que desde hacía varias décadas se enzarzaban con frecuencia en guerras civiles, principalmente por el trono.

Más al oeste estaba el Imperio Romano, cuyos últimos emperadores habían sabido compensar la incompetencia de Nerón. Las arcas públicas estaban algo escasas de fondos, pero el nuevo emperador, Trajano, se encontró con las mejores condiciones imaginables para iniciar su gobierno. Pero antes de entrar en la política romana hemos de detenernos en la evolución del cristianismo. Desde la destrucción de Jerusalén, los judíos dejaron de considerar a los cristianos como una de sus sectas para tenerlos por gentiles. El beneficio para éstos fue incalculable, pues en aquellos tiempos los judíos tenían fama de fanáticos agresivos, y a nadie civilizado se le pasaría por la cabeza convertirse al judaísmo. En cambio, una religión de la que los judíos abjuraban interesó especialmente a sus más enconados enemigos: los griegos. En Alejandría, el cristianismo cuajó entre la comunidad griega, que pronto diseñó la versión del cristianismo que resultaba más ofensiva para sus odiados conciudadanos. Se conoce como gnosticismo, que es una curiosa mezcla entre la doctrina cristiana y la filosofía platónica.

Platón había afirmado que el mundo verdadero es el mundo de las ideas, la más excelsa de las cuales es el Bien, en el más amplio sentido de la palabra. El mundo que nos muestran los sentidos, el mundo de la materia, es un pálido e imperfecto reflejo del mundo de las ideas, obra de un demiurgo (artesano), una especie de dios menor que había hecho lo que había podido, que no era mucho. Para los gnósticos, el dios de los judíos, el dios descrito en el Antiguo Testamento, era ese demiurgo, ese dios torpe y de segunda categoría. Para algunos de ellos era incluso un demonio. Por contraposición, Jesucristo era la encarnación perfecta del Bien. La salvación del hombre se basaba en el rechazo a la materia, identificada con el mal, y el conocimiento superior (gnosis) de las cosas divinas. Los primeros teólogos gnósticos (Menandro, Cerinto) habían surgido en los últimos años del siglo I, pero la doctrina empezó a tomar su forma definitiva en el nuevo siglo. Carpócrates  enseñaba en Alejandría que el mundo había sido creado por ángeles privados de su pureza primitiva. La creación es mala y para librarse de ella hay que alcanzar la gnosis, como lo habían hecho Pitágoras, Platón y Aristóteles.

Esta teoría sobre los ángeles y otras ideas gnósticas son duramente combatidas en la que en la Biblia aparece como segunda epístola de san Pedro, así como en las epístolas de Juan, Judas y Santiago, que obviamente no pudieron ser escritas por los discípulos de Jesús. Tal vez para negar esta evidencia los antiguos cristianos trataron de remontar el gnosticismo a Simón el Mago, un personaje citado en los hechos de los apóstoles que, al parecer, trató de comprarles la gracia del Espíritu Santo (y por eso se llama "simonía" a la compraventa de bienes espirituales).

Durante el siglo precedente la ciudad de Aksum, en Etiopía, se convirtió en la capital de un reino independiente, al que los árabes llamaron Abisinia, nombre derivado de la tribu de los Habasa, una de las tribus que formaban la aristocracia semita que dominaba a la población nativa. Su gobernante había adoptado el título de Nigu sa Nagast, (rey de reyes) y pronto se convertiría en rival del reino sabeo.

En Teotihuacán se construye por primera vez una ciudad de estructura planificada: Una nueva pirámide, llamada Pirámide de la Luna, da a una plaza rodeada de plataformas y templos, entre los cuales está el gran palacio de Quetzalpapalotl. En el lado opuesto a la pirámide se inicia una majestuosa avenida de 2 km de largo que pasa junto a la Pirámide del Sol. Esta avenida, con orientación norte-sur, se cruza con otra perpendicular, y en el cruce se alza una ciudadela con numerosas plazas y plataformas para ceremonias en cuyo interior se halla el templo de Tlaloc-Quetzalcóaltl, las dos divinidades principales de la ciudad: el dios del agua y la serpiente emplumada, cuyas cabezas monstruosas decoran sus muros talladas en piedra y empotradas en ellos. En esta zona hay también un mercado, palacios para los sacerdotes, centros administrativos, etc. A su alrededor se disponen las viviendas de los servidores de los templos, los artesanos y los agricultores.

Teotihuacán fue una verdadera ciudad-estado. Su riqueza se basó en el comercio con pueblos lejanos, por lo que su cultura influyó en un amplio territorio, en especial sobre los zapotecas y los mayas.

Volviendo a Trajano, el nuevo emperador opinaba que Roma se estaba ablandando por falta de buenos enemigos. Desde la derrota de Varo en Germania, la política exterior romana había sido esencialmente defensiva, y las pequeñas expansiones del Imperio se habían hecho a costa de pueblos considerados poco peligrosos, como los britanos. Trajano estaba dispuesto a cambiar la situación, y su primer objetivo era obligado: Roma seguía pagando el vergonzoso tributo al rey dacio Decébalo según lo dispuesto por Domiciano. Trajano dejó de pagarlo y Decébalo reanudó sus incursiones al sur del Danubio. En 101 el emperador condujo personalmente sus legiones a la misma Dacia. En 102 Decébalo tuvo que rendirse y admitir que Roma dejara guarniciones en su propio territorio. A continuación Trajano se dedicó a fortificar la frontera del Danubio y la de África como había hecho con la del Rin antes de ser nombrado emperador.

En 105 Decébalo se rebeló de nuevo y esta vez los dacios fueron aplastados con mayor dureza, hasta el punto que Decébalo optó por el suicidio. Trajano convirtió a Dacia en una provincia romana, estimuló la emigración de colonos romanos y la región se romanizó muy rápidamente. La capital indígena se convirtió en la ciudad de Ulpia Trajana, y siguió siendo la más importante de la región. En realidad, la costa Dacia del mar Negro no llegó a ser ocupada, pues en ella había numerosas ciudades de origen griego que aceptaron de buen grado el protectorado romano. Dacia se corresponde aproximadamente con la actual Rumanía, y la tradición dice que los rumanos descienden de los colonos romanos llegados en tiempos de Trajano.

Para conmemorar su victoria en Dacia, Trajano erigió en Roma una columna de 33 metros de altura que aún sigue en pie. En ella se representa la historia de la campaña en un bajorrelieve en espiral que contiene más de 2.500 figuras humanas. El botín de guerra fue cuantioso, pues al parecer Decébalo había acumulado grandes riquezas, pero además Trajano estimuló la producción minera de la nueva provincia.

Mientras Trajano combatía en Dacia, uno de sus generales, Cornelio Palma, conquistaba el reino Nabateo, al sur de Judea, que se convirtió en la provincia de Arabia, y su frontera se protegió con numerosas fortificaciones. La conquista arruinó a Petra, la capital nabatea, que perdió su papel de intermediaria en el comercio con Oriente. Esto benefició enormemente a la ciudad de Palmira. Estaba situada en un oasis entre Damasco y el Éufrates y su existencia está documentada desde fines del tercer milenio antes de Cristo. Los judíos decían que la había fundado el rey Salomón. Su nombre original era Tadmor (la ciudad de las palmas), y fueron los griegos los que le dieron el nombre de Palmira. Perdida en el desierto, Palmira siguió siendo la capital de un pequeño estado aliado de Roma incluso después de que ésta se anexionara Siria. Pronto adoptó las instituciones y el derecho romano. La ciudad empezó a enriquecerse con el comercio con la India. Sus habitantes recogían mercancías en la desembocadura del Tigris y las llevaban a Damasco o a Emesa (otra importante ciudad siria).

La expansión también mejoró la economía romana. Trajano pudo bajar los impuestos, y a la vez se preocupó de organizar funcionarios que evitaran irregularidades en la recaudación. Siguiendo la línea de Nerva, protegió a los huérfanos y a las familias numerosas. En definitiva, estimuló la natalidad. (Se especula con la posibilidad de que el uso de cañerías de plomo en las ciudades produjo un lento envenenamiento en la población que disminuyó la fertilidad, y un descenso de la tasa de natalidad era un problema grave para el Imperio, pues podía llegar el día en que no hubiera suficientes soldados.) Trajano creó dos nuevas legiones y una nueva guardia imperial, los equites singulares.

A lo largo de su mandato, Trajano realizó numerosas obras públicas: edificó el foro de Trajano en Roma, construyó bibliotecas, las termas de Esquilino, amplió el puerto de Ostia, construyó la vía trajana, de Benevento a Bríndisi, restauró la vía apia, etc.

Alrededor de 106 Trajano eligió como sucesor a Publio Elio Adriano. Era hijo de un primo suyo, nacido también en Hispania y educado en Roma bajo su protección. Había destacado en las guerras contra los dacios y se casó con una sobrina nieta del emperador.

En 109 las guerras civiles partas terminaron con el advenimiento de Cosroes. Mientras tanto Trajano estaba tratando de combatir un cierto grado de corrupción en los gobiernos locales, causada en parte por las largas ausencias del emperador en el transcurso de sus campañas. Así, en 111 Plinio el Joven fue enviado a Bitinia. En la correspondencia de Plinio figura una carta al emperador donde le consulta sobre el trato que debía dar a los cristianos. Al parecer eran castigados por el mero hecho de serlo (probablemente porque se los consideraba tan peligrosos como a los judíos, pero más numerosos). Plinio opinaba que si lograba persuadir a los cristianos de que se retractaran, se les debía perdonar, y tampoco consideraba correcto actuar ante denuncias anónimas. También constató que el cristianismo se estaba difundiendo muy rápidamente y que la represión no tenía efectos apreciables.

La respuesta de Trajano fue breve. Aprobó la política de Plinio de perdonar a los cristianos que se retractaban, prohibió atender denuncias anónimas e incluso ordenó a Plinio que no buscara cristianos. Si alguno era denunciado legalmente y declarado culpable de serlo en un juicio, debía ser condenado, pero no había motivos para investigar en busca de cristianos.

En 113 Cosroes cometió la necedad de imponer un gobernante parto en Armenia. La reacción de Trajano no se hizo esperar. Avanzó rápidamente hacia el este y Cosroes debió de comprender su error, pues trató de aplacar al emperador, pero Trajano no quiso oír nada. En 114 (año de la muerte de Plinio el Joven) se apoderó fácilmente de Armenia y la convirtió en provincia romana. Luego tomó la capital parta, Ctesifonte, donde se apoderó del trono de oro de Cosroes, símbolo de la monarquía. Desde allí avanzó por Mesopotamia hasta el golfo Pérsico. Se cuenta que Trajano miró al mar, hacia Persia y la India, y exclamó, ¡Si yo fuera más joven! En 116 Mesopotamia y Asiria fueron convertidas en provincias romanas, y la frontera oriental del Imperio quedó fijada en el río Tigris. Trajano había impuesto un gobernante sobre la propia Partia, pero Cosroes logró dominar los territorios al este de Mesopotamia, sin que el emperador hiciera nada por impedirlo.

Trajano tenía que atender un asunto más urgente: Tras la destrucción de Jerusalén y la matanza de judíos en Alejandría, la comunidad judía más próspera estaba en Cirene, al oeste de Egipto. Tal vez acrecentados por unos rumores de que Trajano había muerto en el este, tal vez siguiendo a algún mesías, se rebelaron y mataron a todos los gentiles que cayeron en sus manos. En 117 Adriano fue nombrado gobernador de Siria, pero no ocupó el cargo mucho tiempo, ya que en agosto murió el emperador mientras regresaba de Mesopotamia apresuradamente para atender la rebelión judía. Al parecer, la viuda de Trajano declaró que había adoptado a Adriano en su lecho de muerte, lo que facilitó que la sucesión se llevara a cabo sin contratiempos. (También ayudó una apropiada gratificación a los soldados.) En aquel momento la rebelión de Cirene ya había sido sofocada y los romanos superaron a los judíos en la profesión de la carnicería. Así desapareció la última colonia judía importante. Por esta época publicó Tácito sus Anales, obra histórica que abarca el periodo entre la muerte de Augusto y la caída de Nerón.  Previamente había escrito unas Historias que comprendían el periodo siguiente, desde la caída de Nerón hasta Nerva. También fue el año de la muerte de Dión Crisóstomo.

A la muerte de Trajano el Imperio Romano había alcanzado su máxima extensión. En esta época tenemos los primeros datos sobre la presencia de algunos pueblos exteriores al mundo "civilizado". Entre los germanos situados más al norte se encontraban los lombardos (situados alrededor de la desembocadura del Elba) y más al este seguían los godos. Al sureste nos encontramos con los primeros indicios de pueblos eslavos, pueblos indoeuropeos que habitaban al norte de los Cárpatos, entre el Vístula y el Dnieper. Estaban separados del mar por los baltos, pueblos que ocupaban la costa oriental del mar Báltico, cuya lengua era cercana a la de los eslavos. Eran pueblos sedentarios, pero no agrícolas, vivían de la caza, la pesca y la recolección, aunque también conocían la ganadería. Durante mucho tiempo se mantuvieron alejados de las rutas comerciales, viviendo en zonas pantanosas poco frecuentadas. Tenían un culto animista y su sistema jurídico se limitaba a la ley del talión.

Más al norte, en Escandinavia, estaban los escandinavos, que formaban pequeñas comunidades guerreras. En las costas del norte estaban los lapones, a los que algunos antropólogos consideran descendientes de un tronco común a las razas blanca y amarilla. Estaban emparentados con los fineses, que habitaban la actual Finlandia. Por último, las estepas que se extienden entre Europa y Asia seguían en manos de los sármatas, entre ellos los roxolanos y los alanos.

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