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Los historiadores hablan de la crisis del siglo III para referirse a los cambios trascendentales que sufrió la práctica totalidad del mundo civilizado durante este siglo. En efecto, ya hemos visto cómo el Imperio Chino se desmembró en tres reinos, los persas se apoderaron del Imperio Parto y absorbieron al Imperio Kusana, y pronto le tocaría el turno al Imperio Romano. Durante las primeras décadas del siglo, los godos iniciaron un proceso de expansión que empujaría contra Roma a varias tribus germánicas. Se desplazaron hacia el sur y hacia el este. Remontaron el Vístula y descendieron por el Dniéster a través de la actual Polonia. Ocuparon las tierras al norte y el noroeste del mar Negro.

Varios grupos de jinetes procedentes de Corea penetraron en el sur del Japón y se instalaron como amos. Eran arqueros provistos de armaduras de hierro. Se convirtieron en jefes de las comunidades aldeanas y las organizaron en pequeños estados. La nueva aristocracia trajo consigo nuevas creencias y mitos (chamanismo) y organizaron la sociedad en clanes.

En cuanto a Roma, la crisis estalló con el asesinato del emperador Severo Alejandro en 235. Los soldados rebeldes que acabaron con su vida en la Galia estaban dirigidos por un campesino tracio de imponente estatura llamado Cayo Julio Vero Maximino, que se hizo proclamar emperador. El Senado se le opuso, al igual que la población civil de Roma, pero quedó patente algo que ya era una realidad desde hacía algún tiempo: el ejército era la única autoridad en el Imperio, la población civil fue tratada brutalmente. La primera preocupación del nuevo emperador fue contener a los bárbaros en el Main y en el Danubio.

En 238, las legiones de África, apoyadas por el Senado, proclamaron emperador al que hasta entonces había sido procurador en la provincia: Marco Antonio Gordiano Semproniano. Tenía ya ochenta años, se dijo que descendía de Trajano, y a lo largo de su vida se había ganado una fama de honradez y laboriosidad. Probablemente fue elegido como emperador de transición, como lo había sido Nerva. Gordiano trató de declinar la oferta, apelando a sus excesivos años, pero temiendo por su vida terminó aceptando e inmediatamente asoció al Imperio a su hijo y tocayo, que hasta entonces había ejercido de lugarteniente de su padre. Ambos emperadores son conocidos como Gordiano I y Gordiano II. No obstante, no duraron más que unas semanas. Tropas leales a Maximino derrotaron a las dirigidas por Gordiano II, que fue asesinado y su padre se suicidó al saberlo. No obstante, en Italia estalló otra rebelión y Maximino tuvo que volver precipitadamente de Panonia, donde estaba luchando contra los bárbaros. Trató de recuperar el control, pero fue asesinado por un grupo de pretorianos. Los asesinos de Gordiano II trataron de proclamar su propio emperador, pero éste fue inmediatamente asesinado por otros soldados. Finalmente, el Senado pudo imponer su elección, que recayó en el nieto y tocayo de Gordiano I, conocido como Gordiano III, que tan sólo tenía catorce años de edad.

El rey persa Ardacher I aprovechaba los desórdenes en Roma para hacer incursiones por el este. En 241 murió y fue sucedido por su hijo Sapor I, que continuó la política ofensiva de su padre. Ansioso por demostrar su valía, ocupó Siria. Gordiano III no tenía ninguna experiencia militar, pero en ese momento ya se había casado, y su suegro, Cayo Furio Timesiteo, suplió esta carencia y expulsó a los persas de Siria. Sin embargo, Timesiteo enfermó y murió en 243, tras lo cual, el jefe de la guardia pretoriana, Marco Julio Filipo (conocido como Filipio el Árabe), obligó a Gordiano III a compartir con él el poder, si bien el emperador no tardó en ser asesinado por los partidarios de Filipo, que en 244 fue proclamado emperador. Filipo firmó un tratado de paz con Sapor I, por el que reconocía el dominio persa sobre Armenia y Mesopotamia. Por esta época Sapor I pudo al fin desmantelar la fortaleza de Hatra, el último foco de resistencia parta.

Sapor I protegió a los sabios griegos, pero sólo a título personal. Oficialmente desalentó el helenismo, potenció el mazdeísmo y persiguió a otras religiones, como a los judíos que vivían en Mesopotamia. Durante su reinado se compiló un libro sagrado de escritos y salmos mazdeístas, conocido como el Avesta. Protegió a un sacerdote llamado Mani, o Manes, que desarrolló su propia versión del mazdeísmo. Decía haber tenido revelaciones de ángeles. Su doctrina se centraba en el dualismo de Zoroastro, en los ejércitos del bien y del mal. Afirmaba que había habido muchos profetas, entre los que contaba no sólo a Zoroastro, sino también a Buda y a Jesucristo (y a sí mismo, claro). Con Mani el mazdeísmo incorporó ideas budistas y cristianas. El resultado fue que se hizo tan impopular entre los sacerdotes mazdeístas tradicionales como Jesús se había hecho odiar por los sacerdotes judíos. Pero contaba con la protección del rey. A diferencia de Jesús, tuvo la precaución de poner por escrito su doctrina.

En 247 se estableció en Roma Plotino, uno de los más famosos filósofos neoplatónicos, donde entabló buenas relaciones con los senadores y fundó una escuela que tuvo gran éxito en la ciudad. En su compleja doctrina destaca que el hombre, mediante una moral de pureza, puede distanciarse de su cuerpo y elevar su alma hacia el Uno.

Durante el reinado de Filipo el Árabe Roma celebró con elaborados festejos el año 1000 a. u. c. (o sea, el año 248). Ya se habían celebrado los años 800 y 900 a.u.c. bajo Claudio y Antonino Pío, respectivamente. La conmemoración del milésimo aniversario de Roma fue la más fastuosa de todas, y también la última. En realidad no había mucho que celebrar: por todas partes había tropas en rebelión. Los godos habían atravesado el Danubio y arrasaban Mesia y Tracia. Filipo envió contra ellos a Cayo Mesio Quinto Decio, pero sus victorias frente a los godos lo hicieron tan popular entre sus soldados que lo proclamaron emperador. Parece ser que Decio no aspiraba al poder, pero contrariar a unos legionarios eufóricos era impensable, así que no tuvo más remedio que ponerse al frente de los rebeldes y marchar sobre Roma. Se enfrentó a Filipo en Verona en 249 y salió victorioso.

La facilidad con la que sus antecesores habían sido derrocados ponía de manifiesto la pérdida de prestigio que había sufrido la figura del emperador. Ello se debía en gran parte a que las legiones estaban formadas por ciudadanos de las clases sociales más bajas, incluso por una gran cantidad de bárbaros mercenarios, que no tenían más vocación que la de ganarse la vida con las armas, sin ninguna vinculación hacia una patria o unos ideales particulares. Decio trató de poner fin a esta situación con medidas encaminadas a fomentar el respeto al emperador. Se ganó al Senado devolviéndole las competencias en la administración civil, trató de justificar su legitimidad adoptando el sobrenombre de Trajano, pero su apuesta más importante fue su intento de revitalizar el culto imperial.

En 250 Decio decretó que todo ciudadano del Imperio debía ser titular de un documento que se obtenía mediante un simple ritual consistente en dejar caer una pizca de incienso mientras se pronunciaba un juramento en el que se reconocía la divinidad del emperador y se le juraba lealtad. La alternativa era la pena de muerte. Muchos cristianos prefirieron esta alternativa antes que caer en la idolatría. El decreto de Decio dio lugar a numerosas persecuciones y martirios. Una de las primeras víctimas fue san Fabián, que a la sazón era obispo de Roma.

Otro afectado por las persecuciones fue Orígenes. Unos años antes había sido acusado de herejía y se vio obligado a abandonar Alejandría. Se refugió en Cesarea de Palestina, donde reconstruyó su escuela, y fue allí donde a sus sesenta y cinco años sufrió torturas por negarse a prestar el juramento exigido. No fue asesinado, pero murió pocos años después por las secuelas.

El obispo de Cartago era desde el año anterior Tascio Cecilio Cipriano. Había sido bautizado tan sólo cuatro años atrás, pero había sido retórico y pronto se convirtió en una figura del cristianismo. Las persecuciones de Decio le obligaron a abandonar la ciudad.

Mientras tanto, los godos habían vuelto a invadir la Dacia. Por otra parte, los blemios, un pueblo árabe que vivía al oeste del mar Rojo y que llevaba un siglo atacando el comercio egipcio, invadieron el Alto Egipto. Estos contratiempos obligaron a Decio a poner fin a las persecuciones en 251. Unos meses después, Decio murió combatiendo a los galos, y los soldados eligieron emperador a Cayo Vibio Treboniano Galo, del que se dijo que había traicionado a Decio para hacerse con el poder. Se libró de los galos pagándoles una razonable suma.

En 252 murió Sun Quan, el fundador del reino de Wu.  Al principio de su historia había sido débil, y sólo las fronteras naturales lo salvaron de ser absorbido por el norte, pero posteriormente experimentó un crecimiento demográfico que le permitió crear un sólido ejército. Tras la muerte del rey se produjeron conflictos a causa de la sucesión y que repartieron el poder entre distintos clanes de señores feudales.

Durante las persecuciones de Decio, los cristianos de Roma encontraron refugio en las catacumbas, antiguos cementerios subterráneos abandonados, de origen etrusco, que se convirtieron en iglesias y lugares secretos de reunión. Con el cese de las persecuciones los cristianos pudieron reorganizarse. Cipriano volvió a Cartago y en Roma volvió a haber disputas sobre la sucesión de san Fabián, que había quedado en suspenso durante un año. Nuevamente hubo dos obispos en Roma: Cornelio y Novaciano. La principal disputa entre ambos era la postura a adoptar ante los lapsi, es decir, los "caídos" o apóstatas que habían renegado del cristianismo o, simplemente, habían prestado el juramento exigido para salvar su vida. La costumbre había sido siempre muy severa con los apóstatas, pero, teniendo en cuenta las circunstancias, Cornelio era partidario de la indulgencia, mientras que Novaciano propugnaba el rigor más extremo. Se abría así una polémica que perduraría durante varios siglos. De Roma se extendió a Hispania, Asia Menor, Grecia y Egipto. Cipriano se puso de parte de Cornelio y las disputas en Roma entre los seguidores de uno y otro obispo debieron causar disturbios, porque ambos fueron desterrados en 253. Lo mismo le sucedió al nuevo obispo, Lucio, pero pudo volver a Roma y se mostró partidario de las tesis de Cornelio.

Ese año los galos olvidaron su compromiso con Treboniano y reemprendieron la ofensiva. Fueron rechazados por el gobernador de Mesia, Marco Emilio Emiliano. Como de costumbre, sus soldados lo proclamaron emperador. Marchó sobre Roma y venció a Treboniano, pero al morir éste, sus tropas nombraron emperador a Publio Licinio Valeriano. Emiliano fue asesinado por sus propios soldados y Valeriano fue reconocido por el Senado (de hecho, era de familia senatorial). Inmediatamente asoció al Imperio a su hijo Publio Licinio Galieno. Entre los dos hicieron lo que pudieron para reconstruir el Imperio.

Mientras tanto Sapor I expulsaba de Armenia al rey Tirídates II, protegido por Roma, que resultó ser el último representante de la dinastía arsácida.

En 254 murió san Lucio, el obispo de Roma y fue sustituido por Esteban, que, al contrario que san Lucio, entró en controversia con Cipriano en la cuestión de los lapsi. Más aún, en 255 se planteó la cuestión del bautismo conferido por herejes. Los obispos de África negaron su validez, mientras que Esteban la reconocía.

Volviendo a los emperadores, la situación exterior era muy difícil: los germanos ya no eran tribus desorganizadas que luchaban entre ellas más que contra los romanos. En el este, los godos habían formado dos reinos poderosos, en los que una aristocracia goda había sometido a una masa de campesinos eslavos. Uno de estos reinos estaba situado al norte del mar Negro, y sus dirigentes se llamaban a sí mismos ostrogodos. El otro estaba situado al oeste del mar Negro, y sus ocupantes eran los visigodos. Parece ser que "ostrogodos" significa "godos espléndidos", mientras que "visigodos" significa "godos nobles". Es probable que la palabra "godo" signifique "bueno". Indudablemente, los godos se tenían en muy buen concepto.

La amenaza goda llevó a reforzar el Danubio inferior a costa de debilitar el Rin y el Danubio superior, lo cual pronto fue advertido y aprovechado por otras tribus germánicas. En 256 una nueva coalición atravesó el Rin, cruzó la Galia y penetró en España. Una parte llegó incluso hasta África. Se trataba de los francos, que tal vez signifique "hombres libres" o "lanzas" o "valientes". Los emperadores lograron algunos resultados contra los godos y los francos, pero entonces una nueva coalición germana invadió la propia Italia. Eran los alamanes, que significa "todos los hombres". En realidad la coalición no era nueva, sino que ya había sido fundada tiempo atrás por los marcomanos, pero ahora se había vuelto mucho más firme y poderosa.

Las ciudades del Imperio no tardaron en comprender que ya no había ningún gobierno poderoso capaz de protegerlas de los bárbaros, así que empezaron a construir murallas y se dispusieron a resistir asedios. Era frecuente que los numerosos legionarios de origen germánico se unieran a los enemigos contra los que se suponía que debían luchar.

En unos tiempos en los que los soldados eran tan necesarios, los cristianos se negaban a formar parte del ejército (no por objeciones pacifistas, sino porque ello implicaba aceptar el culto imperial). No es extraño que fueran tenidos por traidores, por lo que los emperadores promulgaron un decreto contra ellos en 257, año en el que murió san Esteban (tal vez en el martirio) y otro en 258, a consecuencia del cual fue decapitado san Cipriano. Así terminaron las disputas entre ambos.

Ese año los soldados proclamaron emperador al gobernador de Panonia, Décimo Lelio Ingenuo, pero fue derrotado por Manio Acilio Aureolo y asesinado por sus propios soldados.

Sapor I volvió a invadir Siria y el propio Valeriano condujo un ejército para reconquistarla. Sin embargo, muchos de sus hombres fueron presa de una enfermedad, por lo que en 259 Valeriano inició negociaciones. En el transcurso de éstas fue capturado por traición y no se supo más de él. Era la primera vez que un emperador romano caía prisionero del enemigo. En unos colosales bajorrelieves persas, Valeriano está representado de rodillas ante Sapor I. El rey persa utilizó numerosos prisioneros romanos en la construcción de puentes y diques para el riego en la Baja Mesopotamia.

El hecho de que un emperador romano fuera capturado por el enemigo provocó una enorme conmoción en el Imperio. Ahora Galieno gobernaba en solitario, pero hubo hasta dieciocho generales que se rebelaron de forma independiente y trataron de convertirse en emperadores. Galieno tuvo que maniobrar con suma habilidad para conservar su cargo y su vida. Su primera acción se llevó a cabo en la Galia, donde se había rebelado Marco Casiano Latino Póstumo. En 260 Galieno fue herido y murió su hijo Salonino. Póstumo se erigió en emperador del Imperio Romano de las Galias. Logró dominar no sólo las Galias, sino también la Germania romana, Britania e Hispania. La versión oficial fue que Galieno le había confiado la defensa de la parte occidental del Imperio, pero la realidad era que se había formado un imperio independiente de Roma.

Galieno tuvo que aceptar la autoridad de Póstumo porque los alamanes estaban penetrando en Italia. En 261 logró derrotarlos en Milán.

Ante tantas dificultades, Galieno dejó en paz a los cristianos. Las grandes calamidades que estaba sufriendo la población aumentaron el interés por la vida eterna que prometía el cristianismo, así que la religión fue prosperando. A medida que aumentaban los nuevos adeptos, también aumentaban las confusiones y discrepancias en materias de fe, pero al mismo tiempo se había ido forjando la idea de la unidad de la Iglesia. Se reafirmó la autoridad de los obispos en cuestiones teológicas y, para conciliar las discrepancias entre distintos obispos se empezaron a celebrar sínodos (reuniones) cuyos acuerdos debían ser acatados por todos los obispos. Los sínodos fueron más necesarios en Occidente, pues en Oriente prácticamente nadie cuestionaba la autoridad de los obispos de Antioquía y Alejandría, y cualquiera que la desafiara era considerado hereje por el grueso de los cristianos. (Recordemos que Antioquía puede considerarse la cuna del cristianismo, pues allí fue donde san Pablo desarrolló su doctrina. Por su parte, Alejandría era la capital cultural del Mundo Antiguo, y en particular la cuna de la sofisticada teología cristiana, heredera de la filosofía griega.) En 262, tras trece años de destierro, el obispado de Alejandría fue ocupado de nuevo por el que sería recordado como Dionisio el Grande, un discípulo de Orígenes que tomó parte muy activa en las controversias contra los herejes.

En Occidente, en cambio, los cristianos eran menos numerosos y no había ninguna autoridad destacada especialmente erudita. Los fieles incluso tenían cada vez más dificultades para leer las Sagradas Escrituras, que estaban en griego. Desde hacía tres años era obispo de Roma otro Dionisio, que convocó un sínodo que condenó el subordinacionismo, una nueva herejía según la cual Jesucristo era de naturaleza divina, pero no idéntica a la del Padre, sino subordinada a ella.

Mientras tanto Sapor I se estaba adueñando de toda Asia Menor, pero se encontró con un problema inesperado. El estado de Palmira estaba gobernado entonces por Septimio Odenat. Su padre, del mismo nombre, había sido nombrado senador por Severo Alejandro, que visitó la ciudad en su campaña contra los persas, en los últimos años de su reinado. Odenat consideró preferible una alianza con la distante y decadente Roma que una sumisión a los persas, así que atacó a Persia y obtuvo varias victorias y en 263 amenazaba la propia Ctesifonte, la capital persa, que estaba bastante desprotegida porque el grueso del ejército persa estaba mucho más al oeste. Los persas tuvieron que retroceder precipitadamente, y esto salvó a Roma. Galieno colmó de títulos a Odenat y lo nombró gobernador de las provincias orientales del Imperio.

Mientras Póstumo y Odenat se ocupaban del resto del Imperio, Galieno trató de fortalecer su posición en Italia. Su esfera de influencia estaba limitada a la propia Italia, Iliria, Grecia y África. Prescindió de los senadores en favor de los caballeros, especialmente en el ejército. Creó la guardia imperial de los protectores, dedicados específicamente a garantizar la seguridad del emperador. Potenció la caballería, creando una unidad de dálmatas y otra de mauritanos. Fortificó las principales ciudades italianas. También se preocupó de la cultura y las artes. Él mismo siguió los cursos de Plotino, y trató de hacer de su neoplatonismo la filosofía del Imperio.

Mientras tanto, en China, el estado septentrional de Wei conquistaba el estado de Shu Han. En 265 una nueva dinastía tomó el poder de Wei. Fue conocida como dinastía Jin. Su primer rey fue Sima Yan, perteneciente al clan Sima, que había ido ganando poder hasta imponerse sobre la familia del fundador del reino, Cao Pi. (Éste había muerto hacía casi cuarenta años). Por esta época vivió el matemático Liu Hui,  autor de un libro clásico dirigido a arquitectos, ingenieros, administradores y comerciantes. Contiene fórmulas de áreas y volúmenes, la aritmética de las fracciones, porcentajes, extracción de raíces cuadradas y cúbicas, resolución de sistemas de ecuaciones lineales y el teorema de Pitágoras, con numerosas aplicaciones. Utiliza para pi el valor de 3,14.

Las incursiones de los godos al sur del Danubio eran cada vez más dañinas. En 267 Galieno logró una victoria que los contuvo durante algún tiempo. Mientras tanto, Odenat fue asesinado juntamente con su hijo mayor. El poder fue asumido por su esposa Zenobia, que reclamó todos los títulos de su marido para su hijo Vaballath. Inició un proceso de expansión que pronto le llevó a dominar toda Siria.

Un general de Póstumo llamado Lelio se sublevó y se hizo proclamar emperador. En 268 Póstumo lo asedió en Maguncia y logró tomar la ciudad, pero fue asesinado por sus propios soldados. El Imperio Galo quedó en manos de Marco Pavonio Victorino Augusto, que había sido coemperador con Póstumo los últimos años, pero no tardó en morir víctima de una sedición y la Galia quedó sumida en la anarquía.

Mientras tanto Aureolo se había rebelado también contra Galieno proclamándose emperador. Galieno lo había acorralado en Milán, pero entonces fue asesinado por unos oficiales ilirios. Los soldados eligieron emperador a Marco Aurelio Claudio. El Senado lo reconoció como tal y le otorgó el sobrenombre de Augusto. Había sido gobernador de Iliria en los tiempos de Valeriano, donde había contenido a los godos durante diez años. Es conocido como Claudio II para distinguirlo del primer emperador Claudio. Logró derrotar definitivamente a Aureolo en Milán, el cual fue asesinado por sus propios soldados, siguiendo la costumbre.

Claudio II realizó progresos notables. Derrotó a los alamanes y los rechazó al otro lado de los Alpes. Luego marchó a Mesia, donde derrotó a los godos en varias ocasiones. Por esta época los godos habían construido una flota con la que se adentraron en el mar Negro y atacaron Asia Menor. Incluso atravesaron el Bósforo y penetraron en Grecia por sus costas. Incendiaron el templo de Éfeso y saquearon Atenas. También llegaron a las islas de Creta y Rodas. En 269 Claudio II consiguió importantes victorias contra ellos. Tras destruir un importante ejército godo adoptó el sobrenombre de Claudio Gótico. Logró recuperar el dominio de Hispania y la Galia Narbonense, pero no pudo hacerse con el resto de la Galia. En ella se habían rebelado los Bagaudas, una palabra celta que se aplicaba a ciertos campesinos galos (esclavos y hombres libres sumidos en la pobreza, a los que a veces se unían bárbaros y soldados desertores) que periódicamente se habían alzado contra los terratenientes y contra el poder imperial. La primera rebelión tuvo lugar bajo Cómodo, y hubo otra bajo Septimio Severo. La actual se extendió por Aquitania y el sur de los Pirineos.

En 270, mientras se preparaba a enfrentarse nuevamente con los bárbaros en el Danubio, Claudio II murió víctima de la peste. También fue el año en que murió Plotino.

El fin de la dinastía Han
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