HISTORIA











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LA GUERRA DE LAS GALIAS

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En 58 Julio César marchó a la Galia como procónsul. No parecía estar a la altura del cargo. Tenía ya 44 años y muy poca experiencia militar. Más bien al contrario, era un hombre que gustaba del lujo y los refinamientos, y no parecía posible que se adaptara a la vida militar. Probablemente muchos pensaban que iba a estar cinco años ausente de Roma sin hacer nada relevante o que si, por el contrario, decidía emprender acciones militares, no tardaría en morir o en volver humillado. Sin embargo César era un hombre inteligente en el más amplio sentido de la palabra, y su voluntad era férrea. No tardó en demostrar que podía dirigir un ejército tan competentemente como el más rudo de los generales veteranos.

Los helvecios eran una de las tribus galas más rudas y belicosas. Habían ocupado tierras de la actual Alemania hasta que se unieron a los cimbrios y los teutones en su ataque a la Galia romana, y finalmente se habían instalado en una parte de la actual Suiza. Ahora juzgaban que su territorio era muy estrecho, limitado por el Rin, el lago Lemann, el monte Jura y la provincia romana, así que planearon emigrar hacia el oeste, para lo cual tenían que atravesar el norte de la Galia Narbonense, el territorio de los Alóbrogues, incorporado recientemente a la provincia, y César, que recordaba el historial de los helvecios, no estaba dispuesto a consentirlo. Los helvecios le enviaron una embajada asegurando que sólo iban de paso, pero César les dio largas, fortificó la zona y los rechazó cuando trataron de pasar de todos modos. Entonces emprendieron un camino alternativo a través de territorio eduo. César disponía únicamente de una legión en la Galia Narbonense, pero rápidamente trasladó otras tres que tenía en la Galia Cisalpina más otras dos que reclutó allí. Con ellas cruzó el Ródano, que marcaba la frontera de su provincia e impidió el paso a los Helvecios, poco después los eduos pidieron ayuda a César, y esta petición fue tomada como justificación de su ataque. Los helvecios no tardaron en ser reducidos a su territorio original.

Su muestra de poder sobre los helvecios acalló las voces de los eduos recelosos de la ayuda romana, y así los dirigentes eduos, con Diviciaco al frente, solicitaron a César que les protegiera de los suevos. Le explicaron cómo Ariovisto había exigido la tercera parte de los campos secuanos y ahora exigía una tercera parte más. Estaba continuamente transportando hombres al otro lado del Rin y, a este paso, pronto sería el dueño de toda la Galia. Por alguna extraña razón, el Senado había declarado a Ariovisto el año anterior "amigo del pueblo romano", de modo que César no podía atacar sin más justificación. Le envió un mensaje arrogante y provocativo, con lo que logró que Ariovisto le contestara igualmente en términos desafiantes y despectivos. Esto fue suficiente para que César pudiera justificar su intención de ocupar Vesontio (Besançon), la capital de los secuanos, antes de que lo hiciera Ariovisto.

El plan provocó el pánico entre los soldados, que recordaban las luchas contra los cimbrios y los teutones, pero César dio una muestra más de su increíble retórica. Después de avergonzarlos por su miedo y su actitud improcedente, afirmó que al día siguiente partiría él solo con los que quisieran seguirle, porque estaba seguro de que la décima legión (la que tenía inicialmente) no le fallaría. El resultado fue que los de la décima legión se pusieron inmediatamente a sus órdenes, orgullosos de la gran estima en que César les tenía, mientras que los restantes hicieron lo propio para demostrar que no valían menos. Cuando su ejército se encontró con el de Ariovisto, los dos líderes tuvieron una entrevista sin desmontar de los caballos. Ariovisto reclamó su derecho de guerra sobre la Galia, mientras que César argumentó que Roma podría reclamar el mismo derecho, pero que había decidido que la Galia debía ser libre, y él estaba allí para garantizar la libertad de la Galia. Tras el desencuentro, César obtuvo una victoria aplastante, de modo que Ariovisto tuvo que pasar al otro lado del Rin y en la Galia sólo quedaron pequeños destacamentos germanos.

Ahora Roma dominaba (o protegía) la Galia central. Instaló campamentos de invierno para sus legiones y él regresó a la Galia Cisalpina para atender a sus obligaciones de procónsul y, sobre todo, para informarse del estado de cosas en Roma. En su ausencia, los conservadores iban ganando terreno. En 57 Catón volvió de Chipre trayendo una gran cantidad de dinero que había recaudado legalmente y que depositó en el tesoro público sin tomar nada para sí. Los amigos de Cicerón empezaron a maniobrar para que pudiera volver de su exilio y finalmente lo lograron con la ayuda de Pompeyo (que siempre había sido amigo de Cicerón). Uno de los que participó más activamente para que Cicerón pudiera regresar fue el tribuno Tito Annio Milo Papiniano, casado con una hija de Sila. Milo organizó una banda de matones similar a la que tenía Clodio, pero de simpatías conservadoras, con lo que las calles de Roma vieron constantes disputas y venganzas similares a las de los gangsters estadounidenses.

Al norte de la Galia estaban los belgas, que en principio eran galos, pero se habían mezclado con grupos de invasores germanos y eran tan bárbaros como éstos. Los belgas vieron con inquietud la presencia de Roma en la Galia central, y sus diversas tribus formaron una alianza en previsión de un posible avance de los romanos hacia el norte. Únicamente uno de sus pueblos, los remos (de donde deriva el nombre de Reims), decidió que era mejor estar a buenas con Roma y pactaron con César, que no tardó en ocupar su territorio con las cinco legiones del año anterior más otras tres que reclutó para la ocasión. Al principio los belgas optaron por formar un ejército tan numeroso como fuera posible, y fue tan numeroso que a César no le costó nada desbaratarlo. Luego decidieron que cada tribu se defendería a sí misma, y eso permitió que César fuera derrotándolas una a una.

César terminó dominando a los belgas, aunque algunas de sus tribus ofrecieron una rabiosa resistencia, especialmente los nervios, hasta el punto de que las batallas impresionaron tanto a los galos que los que habitaban lo que actualmente es Bretaña enviaron embajadas para entregarse sin resistencia. Incluso algunos pueblos del otro lado del Rin enviaron emisarios para trabar relaciones diplomáticas con César. Ahora Roma dominaba las dos terceras partes de la Galia. Únicamente quedaba libre Aquitania, la zona sur, lindante con los Pirineos. César distribuyó sus legiones por el territorio en campamentos de invierno y nuevamente pasó a la Galia Cisalpina.

Mientras tanto, el rey parto Fraates III fue envenenado por sus hijos, que se repartieron el imperio y reinaron como Mitrídates III y Orodes II, respectivamente.

Durante el invierno se produjeron dos sublevaciones en la Galia, una de menor importancia en los Alpes y otra más grave en el extremo opuesto, en Bretaña, donde una delegación romana enviada para solicitar provisiones fue hecha prisionera. Esta chispa hizo saltar a varias tribus vecinas que se aliaron contra los romanos. Los más destacados fueron los vénetos, un pueblo de navegantes que poblaba la costa sur de Bretaña. También recibieron ayuda de los celtas de Britania (la actual Gran Bretaña).

A principios de 56, César estaba en Lucca, en la Galia Cisalpina y no podía dirigirse inmediatamente a atender la rebelión porque estaba entrevistándose con sus socios Pompeyo y Craso. Ambos veían con envidia y recelo los éxitos militares de César. Especialmente Pompeyo, que era teóricamente el que debía ostentar la gloria militar. El acuerdo al que llegaron fue que Pompeyo y Craso serían cónsules al año siguiente, con lo que ambos podrían conseguir éxitos militares si así lo querían. César conservaría la Galia, Craso podía ir a Siria y Pompeyo a España.

Tan pronto como los cabos quedaron atados, César marchó apresuradamente al norte y decidió combatir a los sublevados por tierra y por mar. Construyó una flota en el Loira con la que libró la primera batalla naval que se conoce en el Atlántico. Las galeras romanas eran impulsadas por remos, mientras que los barcos vénetos tenían velas, más adecuadas para el océano. Los romanos adaptaron un aparato usado en los asedios para destruir los aparejos de los barcos enemigos y privarlos de maniobrabilidad, lo que permitió abordarlos y librar una batalla cuerpo a cuerpo. Tras la rendición, los caudillos vénetos fueron ejecutados, y los demás fueron vendidos como esclavos. Entre tanto Publio Licinio Craso, hijo de Marco, conquistó Aquitania con más diplomacia que fuerza bruta.

Ese año se publicó De rerum natura (sobre la naturaleza de las cosas), un largo poema compuesto por Tito Lucrecio Caro, en el que plasma el atomismo de Leucipo en una concepción racional, materialista y casi atea del Universo. De todos los escritos antiguos que se conservan, la obra de Lucrecio es la que más se acerca al punto de vista de la ciencia moderna.

Antígono Matatías, el hijo del rey macabeo Aristóbulo II, depuesto por Pompeyo, y que estaba prisionero en Roma con su padre y su hermano mayor, logró escapar e inició un penoso camino hacia el este.

En 55 Pompeyo y Craso fueron elegidos cónsules tal y como tenían previsto. En la Galia unas tribus germanas cruzaron el Rin, y César se dispuso a rechazarlas. Fue a su encuentro y concertó una entrevista en territorio belga, capturó a sus jefes y luego atacó por sorpresa a sus hombres, que confiaban en que estaban en tregua mientras durara la entrevista.

César quería dejar claro a los germanos que el Rin debía ser su límite natural, así que después de haber aniquilado a los que lo habían traspasado, construyó en diez días un sólido puente de madera sobre el río, una soberbia obra de ingeniería, y cruzó el Rin, pero los germanos que habitaban la otra orilla huyeron al territorio de los ubios, que habían sellado una alianza con César, así que los romanos se limitaron a saquear las tierras abandonadas y volvieron atrás. César no tenía ningún interés de ocupar territorios más allá del Rin, sólo quiso hacer una demostración de poderío. Similarmente, a finales del verano hizo una pequeña incursión en el sur de Inglaterra para disuadir a sus habitantes de volver a enviar fuerzas a la Galia. Aunque no fue gran cosa, el desembarco en una isla desconocida causó sensación en Roma.

Cuando llegaron a Roma las noticias de cómo César había traicionado a los germanos, Catón se levantó para denunciarlo, y afirmó que el honor de Roma no quedaría lavado mientras César no fuera entregado a los germanos. Pero no era la primera vez que Roma empleaba esos medios y a nadie más le importó mucho.

A partir de este año Cicerón dedicó la mayor parte de su tiempo a escribir tratados de retórica y política. Este año publicó De oratore, y empezó a trabajar en De re publica, que le llevaría cuatro años. La prosa de Cicerón, tanto la de sus tratados como la de sus discursos, se considera el modelo del latín clásico y la cumbre de la literatura latina.

Mientras tanto, el rey parto Mitrídates III fue depuesto por los nobles, tuvo que huir y se hizo fuerte en Mesopotamia, pero su territorio pasó a ser gobernado por su hermano Orodes II, con lo que el Imperio Parto volvió a estar unido. El rey convirtió a Ctesifonte en la capital parta. También murió el rey Tigranes I de Armenia.

Finalmente, Ptolomeo XII pudo convencer a los senadores de que si Roma le restituía el trono de Egipto podría proporcionarles grandes riquezas, saqueando los numerosos templos de su país y matando de hambre a sus súbditos. Fue enviado a Egipto acompañado de un ejército con el que pudo recuperar el gobierno y condenar a muerte a su hija y usurpadora Berenice. Su marido Arquelao siguió reinando en Capadocia. Roma dejó en Egipto una guardia de corps para Ptolomeo XII.

En 54 se unió al ejército de César un oficial de veintinueve años llamado Marco Antonio. Su padre adoptivo formó parte de los ejecutados por Cicerón a raíz de la conjuración de Catilina, así que Marco Antonio odiaba a Cicerón. Pronto se convirtió en uno de los más leales seguidores de César. Ese año César llevó otra expedición a Britania con la excusa de la ayuda que los britanos habían prestado a los vénetos dos años antes. Construyó una flota en el Loira capaz de transportar cinco legiones y dos mil jinetes. Los jinetes eran en su mayoría rehenes galos que César tomó para evitar rebeliones en su ausencia. Dumnórix, el hermano de Diviciaco, encabezaba la facción de los eduos contraria a los romanos y se negó a aportar los rehenes exigidos. Esto lo enfrentó a César y murió en el combate. El incidente no sólo no aplacó, sino que avivó las corrientes contrarias a Roma entre los galos, sobre todo en el norte. Pese a ello, César desembarcó en Britania y se abrió paso hasta el Támesis combatiendo a los nativos, que estaban dirigidos por Casivelauno, pero fueron derrotados y se comprometieron a pagar anualmente un tributo. No obstante César nunca volvió a Britania, y el tributo nunca fue pagado. Ahora bien, los britanos no volvieron a ponerse en contacto con la Galia, suspendiendo incluso las relaciones comerciales.

Mientras tanto Craso se dispuso a partir hacia Siria, pues el año anterior, durante su consulado, se había hecho asignar el territorio tal y como había acordado con César y Pompeyo. El Senado trató de evitar a toda costa su partida. Con la excusa de la Guerra de las Galias, César tenía cada vez más legiones a su mando y cada vez era más querido y admirado por sus soldados. Su regreso a Roma podía ser como el de Sila y si esto ya era bastante motivo de preocupación para los senadores, ahora Craso pretendía marchar a oriente para convertirse en un nuevo Pompeyo o un nuevo César. En realidad no había ningún conflicto en oriente, pero estaba claro que Craso lo iba a provocar. Hasta ahora, su único mérito era haber aplastado una rebelión de esclavos, lo cual no lucía mucho. Su objetivo eran los partos. También había temores supersticiosos que desaconsejaban la partida de Craso: hasta entonces Roma nunca había atacado a nadie sin tener un motivo, por pequeño que fuera. Por primera vez Craso salía descaradamente con afanes de conquista sin ningún motivo que lo legitimara. Los dioses podían negarle su apoyo.

Cuando llegó a Siria, el punto más débil del Imperio Parto era Mesopotamia. Allí se había hecho fuerte el derrocado rey Mitrídates III y acababa de ser capturado y ejecutado. Craso realizó varias incursiones por la región y encontró poca resistencia. Al contrario, muchas ciudades griegas le dieron la bienvenida. Dejó destacamentos y volvió a Siria a pasar el invierno y preparar una expedición mayor para el año siguiente hacia la capital parta. Los partos enviaron una embajada para negociar un acuerdo de paz razonable (a fin de cuentas, no habían hecho nada y no tenían ningún interés en enfrentarse a Roma), pero Craso despidió altaneramente a los enviados.

A Pompeyo se le había asignado una provincia española, también según lo previsto, pero no fue personalmente. Decidió que, con sus socios tan alejados, era su oportunidad para hacerse fuerte en la capital. Por estas fechas murió de parto Julia, la hija de César y esposa de Pompeyo, con lo que se rompió el vínculo más fuerte que unía a los dos generales. También murió el poeta Cátulo.

Ese año, la cosecha en la Galia fue mala, y César tuvo que diseminar sus tropas en muchos campamentos pequeños para pasar el invierno. Por precaución, él mismo pasó el invierno en el país. Los galos consideraron que era una ocasión inmejorable para rebelarse. Los eburones hicieron salir mediante engaños a una legión y media de su campamento y luego las exterminaron en una emboscada. Inmediatamente se rebelaron los nervios, en cuya región estaba destacada una legión al mando de Quinto Tulio Cicerón, hermano de Marco. Fue rodeado por nervios y eburones. César reunió apresuradamente varias legiones y le envió un mensajero que cruzó las líneas enemigas con el mensaje: "¡Ten ánimo! Salgo en tu ayuda", y logró levantar el cerco. En muchas tribus galas, los partidarios de los romanos fueron destituidos o asesinados.

Ya entrados en 53, las revueltas continuaban. César alistó dos legiones más y Pompeyo le envió una tercera, con lo que tenía bajo su mando a diez legiones (unos 60.000 hombres), con las que César pudo sofocar poco a poco las revueltas. Fue clemente con todos excepto con los eburones (que habían asesinado a más de una legión). Su territorio fue peinado sistemáticamente por las legiones, que asesinaron o apresaron a sus habitantes, y luego hizo repoblar la zona con otras tribus para borrar el nombre "del pueblo culpable de un crimen tan horrendo." Luego César convocó una asamblea de todas las tribus galas en la capital de los remos, donde juzgó a los cabecillas de las revueltas.

Mientras tanto Craso emprendió su campaña contra los partos. El ejército parto era uno de los más poderosos del mundo. Su fuerza principal era la caballería. Los caballos partos eran los más grandes y más fuertes que existían, y sus jinetes tenían una increíble capacidad de maniobra. Su especialidad era atacar por sorpresa y retirarse rápidamente. Además, en la huida los jinetes eran capaces de girar sobre sus caballos y lanzar una andanada de flechas que cogía desprevenidos a sus perseguidores. Con el tiempo se hizo proverbial la expresión "flecha de parto" para referirse figuradamente a cualquier golpe inesperado en el último momento. También se extendió la locución "traidor como una flecha de parto".

Además de la caballería ligera, los partos disponían de una caballería pesada, en la que los jinetes y a veces también los caballos estaban protegidos por pesadas armaduras. Unos atacaban con pesadas lanzas, como una especie de falange ecuestre, y otros atacaban con flechas al tiempo que sus corazas los hacían inmunes a las flechas enemigas. La caballería pesada era lenta, pero la combinación de ambas era un ejército temible muy diferente de todo lo que los romanos se habían encontrado anteriormente.

Craso quería llegar rápidamente a la capital parta, y encontró un guía árabe que se prestó a llevarle a través de Mesopotamia a un punto en el que podría coger por sorpresa al ejército parto. El árabe lo llevó ciertamente al ejército parto, pero resultó estar al servicio de los partos, que lo estaban esperando. La mayor parte del ejército estaba oculta, y Craso se lanzó confiado contra la pequeña parte que encontró, aparentemente en un ataque sorpresa. Pero cuando trabaron combate los "sorprendidos" jinetes arrojaron sus capas y bajo ellas relucieron armaduras. Los jinetes acorazados empezaron a hacer estragos. Craso ordenó a su hijo Publio que atacara con la caballería. Los partos se dieron a la fuga, lanzando flechas por encima de los hombros. Cuando la caballería romana les estaba dando alcance, descubrieron que habían sido conducidos a donde estaba oculta la caballería ligera parta, mucho más numerosa que la romana y mucho más hábil en el combate cuerpo a cuerpo. Murieron casi todos los jinetes romanos, entre ellos Publio Craso. Los partos le cortaron la cabeza y la clavaron en la punta de una lanza. La caballería parta rehízo filas y volvió hacia el cuerpo principal del ejército romano, enarbolando la cabeza de Publio. Al verla, la moral del ejército se derrumbó, aunque Craso no dejó de gritar "¡No os desaniméis!, ¡la pérdida es mía, no vuestra!". Los romanos huyeron precipitadamente y los partos les siguieron acosándolos, hasta que el mismo Craso fue asesinado en unas negociaciones unos meses después. Sólo la cuarta parte de los hombres pudo regresar, maltrecha, a Siria. Al mando estaba Cayo Casio Longino, que logró rechazar a los partos cuando éstos trataron de invadir Siria. Las tropas partas habían estado brillantemente dirigidas por el general Surena, pero Orodes II receló de él y su premio fue el asesinato.

La derrota de Craso produjo una gran crisis política en Roma, que se tradujo en un incremento en las luchas callejeras entre las bandas de Milo y Clodio. Las elecciones al consulado tuvieron que ser suspendidas, y el Senado decretó que en 52 Pompeyo sería cónsul único. Los senadores vieron en Pompeyo un buen medio para contrarrestar el poder de César. Pompeyo volvió a casarse, ahora con Cornelia, de la familia de los Escipiones, lo que suponía un nuevo vínculo entre Pompeyo y los conservadores.

Un enfrentamiento entre las bandas de Milo y Clodio terminó con la muerte del segundo. Milo fue llevado a juicio y Cicerón lo defendió, pero una muchedumbre enfurecida lo redujo a la afonía, y apenas pudo pronunciar su discurso. Milo fue condenado al exilio. Con todo, la situación para los conservadores había mejorado. En unos meses, Pompeyo logró pacificar la ciudad.

César trató de intervenir en todos estos acontecimientos, pero apenas partió hacia Italia cuando estalló una nueva rebelión en la Galia que le obligó a partir precipitadamente, pero dejó en Roma a Marco Antonio.

La insurrección surgió en la Galia central, pero a ella se sumó rápidamente el arveno Vercingétorix, que fue proclamado rey y pronto se le sumaron muchas tribus vecinas, con las que planeó atacar la Galia Narbonense. César fortificó la provincia y luego se abrió camino arriesgadamente a través de los territorios insurrectos hasta unirse con sus legiones, que estaban al norte. Vercingétorix obtuvo algunas victorias que finalmente decidieron a los eduos (hasta entonces prorromanos) a unirse a la rebelión. Se celebró una asamblea en la que se ratificó el liderazgo de Vercingétorix, que finalmente se dispuso a llevar a cabo su plan de invadir la provincia. César reclutó hombres entre los germanos para contrarrestar la caballería gala. Cuando los ejércitos se encontraron, los galos lanzaron un ataque de caballería por el frente y los lados simultáneamente y crearon confusión en las filas romanas. (En este combate, César perdió su espada corta, que luego fue exhibida con orgullo en un templo arveno. César visitó el templo y cuando alguien de su séquito quiso cogerla sonrió y se lo impidió diciendo "déjala, que ya no es mía, sino de los dioses".) Pero la mayor capacidad de las legiones era su capacidad de reorganizarse, y cuando César lanzó a la caballería germana, el ataque galo quedó pulverizado. Vercingétorix tuvo que retirarse a toda prisa a la fortaleza de Alesia. César se dispuso a rodearla, y Vercingétorix tuvo el tiempo justo para hacer salir a su caballería con orden de recorrer la Galia en busca de ayuda.

César rodeó la ciudad con un anillo de fortificaciones de 16 kilómetros de perímetro. A lo largo de esta primera línea puso puestos avanzados, y distribuyó estratégicamente sus campamentos un poco más atrás para que sus hombres pudieran acudir rápidamente a cualquier punto del anillo donde fueran requeridos. Luego creo un segundo anillo de 21 kilómetros de perímetro para protegerse de ataques exteriores. Dispuso torres a intervalos regulares, protegió especialmente los puntos más propicios para un ataque, cavó fosos y los llenó de agua cuando fue posible y llenó el contorno de trampas, cepos y espinos.

Los habitantes de la ciudad empezaron a sentir el hambre, y Vercingétorix expulsó a todos aquellos que no pudieran empuñar un arma, principalmente mujeres, ancianos y niños. Los romanos no cedieron a sus súplicas, y perecieron de hambre a mitad de camino entre la ciudad y las fortificaciones.

Luego llegó el ejército que habían enviado a buscar. El primer encuentro fue favorable a los romanos, gracias en gran parte a la caballería germana. Al día siguiente reinó la calma, mientras los galos se preparaban para un nuevo ataque. Por la noche atacaron simultáneamente desde el exterior y el interior. Intentaron sorprender a los romanos, pero pudieron con ellos las trampas interpuestas por César. El combate se prolongó desde la media noche hasta bien entrada la mañana, y los galos tuvieron que retirarse sin haber logrado nada. Al otro día, se produjo otro ataque conjunto en el que César llegó a la cumbre de su estrategia que le permitía conducir a cada hombre donde más falta hacía en cada momento. Los galos del exterior sufrieron numerosas pérdidas y se dispersaron, y al día siguiente capituló Vercingétorix, que fue hecho prisionero, mientras sus hombres fueron esclavizados.

En 51 César acabó con las últimas resistencias aisladas y la Galia quedó definitivamente pacificada. Ese mismo año murió Ptolomeo XII, que legó su reino a sus hijos Ptolomeo XIII, de diez años y Cleopatra, de diecisiete. Además encomendó la tutela de su hijo al Senado romano y éste a su vez encomendó la tutela a Pompeyo. Cicerón pasó el año en Cilicia, como procónsul.

A principios de 50 César convirtió la Galia en provincia romana. Estableció los tributos de cada tribu según la jerarquía habitual en función de la lealtad o resistencia que había mostrado hacia Roma. El sometimiento fue absoluto, de modo que ya no volvieron a producirse disturbios y la provincia fue rápidamente romanizada. Se calcula que la tercera parte de la población murió en la guerra y otra tercera parte fue esclavizada. Los botines de guerra enriquecieron hasta a los soldados rasos y César obtuvo dinero suficiente para saldar las deudas que había contraído durante su consulado. Además ahora contaba con el mejor ejército de Roma y su fama superaba con creces a la de Pompeyo. Para asegurarse de que así fuera, César puso por escrito todos los detalles de la campaña en sus Comentarios a la Guerra de las Galias, que lo revelaron además como el más afamado autor de la literatura latina, a la par con Cicerón.

La esposa de Milo fue sorprendida en adulterio con un seguidor de Clodio llamado Cayo Salustio Crispo. Provenía de una rica familia plebeya y era senador, pero a raíz de este incidente fue expulsado del Senado.

Por esta época el gobierno de China sobre Corea pasó a ser meramente nominal. Corea se dividió en tres reinos que no tardaron en enzarzarse en eternas disputas fronterizas: Koguryo (al norte), Paikche (al suroeste) y Silla (al sureste).

La conjuración de Catilina
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